Comentario:
Con lo fácil que
sería que los del PSOE se abstuvieran en la investidura de la Sra. Guardiola y
dejaran a VOX con el culo al aire. Además, la Sra. Guardiola tiene, si mal no
recuerdo, 29 diputados, y le saca a los “machirulos” 18 diputados, suficiente
mayoría para mandarlos a la mierda. Y el PSOE, tras el desastre acaecido,
debería recapacitar en lugar de enervarse sin motivo o en las próximas se
repetirá la hecatombe.
Tan pronto se anuncia un pacto de investidura de María Guardiola en Extremadura como se desmiente. Trumpismo en estado puro
La negociación en Extremadura avanza y retrocede según el manual de la
ciclotimia trumpista. Hoy sí, mañana no; hoy blanco, mañana negro. Hoy hay
acuerdo, mañana no. No cabe duda, Abascal le está tomando el pelo a Feijóo.
El líder de Vox ha dicho de todo, que les pregunten por el programa
político, no por los sillones; que no le interesa el “reparto de cargos”; que
tres regiones españolas esperan “urgentemente un cambio de rumbo y lo van a
tener”. Sin embargo, Extremadura, Aragón y Castilla
y León siguen sin gobierno. Vox lo ha paralizado todo, el
trumpismo era esto. Tira y afloja, marear la perdiz hasta destruir las
instituciones democráticas, la técnica del palo y la zanahoria. Y cada día que
pasa aumenta la sensación de que es Abascal quien marca el ritmo mientras
Alberto Núñez Feijóo intenta mantener el equilibrio entre su discurso moderado
y la dependencia parlamentaria de la extrema derecha.
La reunión con Miguel Tellado monitorizando las
negociaciones terminó con versiones contradictorias. Mientras Vox insinuaba avances
y culpaba a Génova de obstaculizar el acuerdo, el PP aseguraba que muchas de
las exigencias de los ultras ni siquiera se habían tratado. Esta divergencia no
es anecdótica; forma parte de un patrón en el que Vox utiliza la negociación
territorial para proyectar fuerza nacional, mientras el PP intenta evitar que
cada pacto autonómico se convierta en un examen de su liderazgo.
Desde la perspectiva de quienes interpretan la situación como una
humillación política para Feijóo, el problema no es solo la negociación en
Extremadura, sino la estrategia general. Vox ha aprendido que su poder no
reside únicamente en los escaños que aporta, sino en la capacidad de tensionar
al PP en público. Cada declaración altisonante, cada acusación
de “traición” o “falta de valentía”, cada insinuación de que el PP se mueve por
miedo a la izquierda, forma parte de un guion que busca situar a Feijóo a la
defensiva.
En este contexto, Vox funciona como un dardo calculado. Sugiere que el PP
actúa con doblez, que dice una cosa en privado y otra en público, y que carece
de la determinación necesaria para gobernar con claridad ideológica. Es
evidente que Abascal está tomando la delantera, este tipo
de mensajes no solo desgastan al PP, sino que refuerzan la imagen de Vox como
un partido que no se deja domesticar.
Feijóo, por su parte, intenta mantener una línea discursiva que combine
moderación con firmeza. Su objetivo declarado es ampliar el espacio del
centro-derecha y atraer a votantes desencantados con el sanchismo sin perder a
quienes, en los últimos años, se han desplazado hacia Vox. Pero esa estrategia
tiene un coste: cada vez que el PP intenta marcar distancia, Vox lo acusa de tibieza; cada vez que intenta acercarse, se expone
a críticas internas y externas por ceder ante la extrema derecha.
La negociación en Extremadura es un ejemplo perfecto de esta trampa. Tan
pronto se anuncia un acuerdo como se desmiente. María Guardiola está el borde
del Lexatín mientras el tiempo pasa y la sombra de la repetición electoral se
acrecienta. Vox sabe que el PP necesita sus votos para gobernar, y utiliza esa
necesidad para imponer condiciones que van más allá del ámbito
autonómico. No se trata solo de consejerías o programas
regionales; se trata de demostrar que Vox puede obligar al PP a moverse, a
rectificar, a justificarse. Para quienes interpretan la situación
como una burla política, Abascal está aprovechando cada oportunidad para
exhibir que Feijóo no controla la relación entre ambos partidos.
Además, la estrategia de Vox tiene un componente comunicativo muy eficaz.
Cada vez que el PP intenta rebajar el tono o negar tensiones, Vox responde con
declaraciones que reavivan el conflicto. La narrativa es simple: “Nosotros
somos claros; el PP es ambiguo”. Esta simplicidad funciona bien en un
ecosistema mediático donde los mensajes contundentes tienen más impacto que las
matizaciones. Y mientras el PP intenta explicar que las negociaciones son
complejas y requieren discreción, Vox se limita a lanzar titulares que ocupan
portadas.
Cada gesto de Vox que contradice o ridiculiza al PP alimenta la idea de que
Abascal está imponiendo su agenda. Y aunque Feijóo insiste en que su proyecto
es autónomo y que no aceptará imposiciones, la realidad parlamentaria le obliga
a convivir con un partido que no tiene incentivos para facilitarle la vida. La
situación en Extremadura es solo un anticipo, un entrante del menú indigesto
que está por venir en Aragón y Castilla y León.
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