Vicente Mateos Sainz de Medrano
La movilización social surgida a raíz del caso Maricarmen, desmiente a quienes pensaban
que los sectores sociales progresistas habían tirado la toalla, ante la
ocupación de la calle por los españolistas y ultra derechistas durante toda la
legislatura para denunciar, para insultar, al presidente Pedro Sánchez por las
políticas puestas en marcha en defensa del estado del bienestar, los derechos
de las minorías desfavorecidas, para combatir el feminicidio y reducir la
desigualdad, para mantener el poder adquisitivo de trabajadores y pensionistas,
o para devolver la dignidad a los inmigrantes y las miles de familias
represaliadas durante el franquismo, levantando cunetas donde tiraron cuerpos
sin nombre de sus familiares o sacando el cadáver del dictador del valle de Cuelgamuros.
Medidas que unidas a una política económica que ha colocado a España a la
cabeza del crecimiento del PIB por encima de las grandes economías
occidentales, incluido los EEUU de Trump, han desquiciado a la derecha que no ha
encontrado mejor argumento para confrontarlas que un discurso agresivo basado
en una visión negativa e hiperbólica de la realidad, la mentira sin tiento y el
insulto zafio y vulgar. Todo ello acompañado de llamamientos constantes a
manifestaciones y concentraciones callejeras contra el Gobierno, que han ido
perdiendo fuerza, convertidas en un aquelarre de insultos y de vuelta del
nacional catolicismo con lecturas de la biblia y recitados del rosario ante la
fachada de la iglesia que está en las inmediaciones de la sede del PSOE en
Ferraz.
Desquicie que ha subido de grado por la sorpresa que ha supuesto comprobar
que el sector progresista de la sociedad no estaba dormido, sino aletargado,
que ha decidido ponerse en movimiento ante la inhumanidad que expande el
capitalismo salvaje en su afán, sin fin, de convertir en negocio los derechos
que asisten a las personas: vivienda y salarios dignos. La espoleta: las
imágenes de una anciana combativa animando a seguir en la lucha cuando la sacaban
en camilla de su casa de toda la vida—a la que no volverá nunca— por el ansia
de un fondo buitre, Urbagestión, de hacer dinero con su derecho.
Punto de inflexión que ha llevado a la sociedad civil a decir, ¡basta ya!,
y a movilizarse a instancias del Sindicato de Inquilinas surgido de la
iniciativa ciudadana, de la calle, para defender el derecho a no ser expulsado
de tu casa, aun cumpliendo con los pagos correspondientes para vivir en ella,
por no poder afrontar las desorbitadas subidas del alquiler que les exigen los
fondos buitre, o no poder asumir la subida de la hipoteca
durante unos meses. Iniciativa sin dirigismo de ninguna formación política ni
sindical, que ha generado un movimiento social que se ha extendido, como pasó
con el 15M, a un buen número de países europeos. Movimiento que, con el paso de
los días y semanas, ha ido aglutinando a otras organizaciones sociales, hartas
de un orden social donde el negocio y el beneficio se sitúa por encima de las
personas pisoteando, sin ninguna humanidad, sus derechos y su vida.
Movilizaciones que han hecho sonar las alarmas en la derecha extrema y
extrema derecha, que han reaccionado de la única manera que saben: con la
provocación e insultos agresivos, y con mentiras y bulos que crean y
distribuyen en las redes sociales. Mensajes que azuzan a actuar a los matones
fascistas de Núcleo Nacional, Falange Española, Alianza Nacional, y jóvenes
enfervorizados del PP y Vox, cuyo principal adalid es el rey de la provocación
Vito Quiles, dedicado a girar por los campus de las universidades
públicas—quien la financia— sin los permisos necesarios para organizar sus
mítines cuyo fin es provocar donde sabe que encontrará respuesta y
enfrentamiento que es lo que busca. Personaje que parece gozar de bula policial
para provocar, porque nunca le reprimen y, sin embargo, le amparan cuando se ve
desbordado por la respuesta a su provocación.
Otra vez vuelve el mantra de los equidistantes que equiparan al provocador
con la reacción del provocado, tomando como referencia las innecesarias y
brutales cargas policiales contra los que protestan en defensa de los derechos
a la vivienda, a la educación o la sanidad públicas, para significar que la
provocación viene de ambas partes. No se puede ser equidistante cuando los
provocadores acuden, por ejemplo, a la Puerta del Sol a provocar a los allí
concentrados desde hace semanas sin haber generado un solo conflicto público.
Replicar a la provocación del otro no es la mejor opción; pero, cuando la
provocación y el insulto es constante la policía debería cargar, si es
necesario, contra las dos partes y no hacerlo siempre sobre los provocados,
agredidos e insultados.
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