El presidente del Gobierno sale vivo del interrogatorio sobre el caso Koldo por incompetencia y torpeza de los senadores de la derecha
José Antequera 31/10/2025
La comparecencia de Pedro Sánchez en
la comisión de investigación del Senado, para
responder por el caso Koldo, ha dado aire al
presidente del Gobierno. PP y Vox creyeron que el premier socialista saldría prácticamente muerto de
la sala, como un toro tras el descabello y arrastrado por las mulillas, pero
nada más lejos. Salvo algunos momentos de apuros, Sánchez se defendió bien,
contraatacó con argumentos sólidos que hicieron mucho daño a los diputados que
trataban de fiscalizarlo y hasta se permitió tirar de humor y sarcasmo para
regocijo de su parroquia, que quedó satisfecha. Lejos de darle la puntilla, la
derecha extrema y la extrema derecha, por torpeza y por exceso de odio
antisanchista, no hizo otra cosa que revivir al moribundo.
En todo momento la comisión despidió un fuerte tufo a caza de brujas
macartista y en ese escenario Sánchez se desenvuelve como pez en el agua. Para
empezar, utilizar la mayoría que la derecha tiene en el Senado para convertir
esta institución en una especie de segundo congresillo de los diputados, no
contribuía precisamente a trasladar una imagen de imparcialidad, rigurosidad y
ecuanimidad en busca de la verdad. Las comisiones de investigación deben
organizarse en el Congreso de los Diputados, pero como la derecha no tiene
mayoría decidió adulterar todo el sistema bicameral y montar su propia comisión
a su medida. Así que por ahí ya empezamos mal. Ese vicio, ese error de origen,
fue perfectamente aprovechado por Sánchez, un tipo astuto, inteligente y rápido
en el zasca que sabe lo que tiene que hacer y decir en todo momento. Cada vez
que el presidente de la comisión, Eloy Suárez,
permitía el juego sucio de las derechas o cortaba una intervención interesante
de algún senador de la izquierda, el líder socialista, entre muecas
sarcásticas, le colocaba algún chiste demoledor como “agradezco su
imparcialidad, señoría”. La ironía terminó por sacar de sus casillas al
moderador poco moderado, a quien, en algún momento de la comparecencia, todo
hay que decirlo, se le vio enfadado, fuera de sí y a punto de perder los
papeles.
El escenario no era el más apropiado para darle un aire de solemnidad y
seriedad al acto, esa pátina de organismo transparente e independiente que debe
impregnar toda institución democrática, pero es que los personajes
elegidos para interrogar al supuesto testigo del caso Koldo tampoco
contribuyeron demasiado a generar esa sensación de veracidad. Tanto PP como Vox colocaron a dos inquisidores en lugar
de a dos profesionales del Derecho avezados y expertos en interrogatorios y así
les fue. La estrategia consistente en elegir a hooligans para
destrozar al rojo-bolivariano-masón no surtió el efecto esperado, sino más bien
al contrario. El que tenía que entrar como culpable salió como víctima y los
senadores quedaron como lo que son: dos mamporreros algo burdos, dos personajes
de Tarantino algo torpes y desmañados a la hora de
acabar con su víctima.
Alejo Miranda de Larra, por el PP, dio la
sensación de ser ese matarife demasiado ansioso y atolondrado que no sabe cómo
descuartizar limpiamente a una presa. Sánchez lo llevó al borde, al límite, y
finalmente quedó en evidencia. Tampoco ayudaba que el tal Alejo vaya a pasar a
la historia como el responsable de la construcción del Hospital Zendal, un centro sanitario sin quirófanos
cuyo sobrecoste triplicó lo presupuestado. ¿A quién se le ocurrió la infeliz
idea de que este era el abogado/orador limpio, virgen e ideal para afearle la
corrupción a otro? No producía demasiada sensación de credibilidad, por mucho
que, por momentos, se pusiese el traje del fiero agente de la Gestapo capaz de echarle el humo del cigarro en la
cara al detenido. Pero es que además al señor Alejo se le fue la mano al
aplicar su ricino antisanchista y convirtió en mártir al ajusticiado. Es lo que
suele ocurrir cuando se pone a un inquisidor al frente de un acto tan
importante para la democracia como una comisión de investigación. A cada
insinuación sobre el máster de la mujer del presidente, sobre la plaza a dedo
para el hermano del presidente y sobre los negocios de los amigos del
presidente, este respondía con el siempre eficaz “y tú más”, o sea los
sobresueldos de Bárcenas, la caja B del PP, la sede
de Génova comprada con dinero negro y la financiación
ilegal de los populares en tiempos de Mariano Rajoy.
Lamentable ese momento en que se le espetó al interrogado aquello de que
mientras unos estaban “robando” (o sea la banda de Koldo y su gente), otros
morían por covid. Enseguida, todas las cabezas medianamente informadas pensaron
en cómo en el PP liquidaron a Pablo Casado por
denunciar el trapicheo con las mascarillas del hermano de Ayuso. Demoledor.
Conclusión: Miranda de Larra terminó desquiciado, sin saber por dónde salir
y soltando mítines sobre la Venezuela de Maduro y otras historias que no venían a cuento.
No extraña que en el Partido Popular haya alguno que otro que crea que la
sesión de tortura y tercer grado al presidente (alguien que no está imputado en
nada hasta la fecha, y no por falta de ganas del sector reaccionario de la
Justicia) fue más bien contraproducente, por mucho que toda Europa haya visto a
un Sánchez forzado a hablar de corrupción.
En la misma línea de mediocridad se mostraron los demás senadores de la
derechona, incapaces de ponerle el cascabel al gato. Del senador de Vox para
qué hablar. Estos van a lo que van, a convertir las Cortes en un establo
maloliente para desprestigio de la democracia, así que mejor no comentar. Para
la historia quedará ese momento en que María del Mar Caballero
Martínez, la portavoz de UPN, le preguntó a Sánchez cuántos “de la
banda del Peugeot” cabían en el viejo coche
en el que Sánchez visitó cada casa del pueblo de España para recuperar la
Secretaría General del PSOE. “De verdad, señoría… Pues depende del día”,
respondió con desparpajo el presidente del Gobierno. Pase de pecho, faena de
aliño y a otra cosa.
En resumen, todo lo que ocurrió en el Senado el jueves acabó convirtiéndose
en sainete, esperpento y vodevil. O sea, un circo. Sirvió para poco a la hora
de aclarar si Sánchez estaba al corriente de las presuntas corruptelas de Ábalos, Santos Cerdán y
Koldo. Eso sí, descubrimos las gafas Dior Monsieur vintage
de 250 pavos que usa el inquilino de Moncloa y que
ha enervado a las masas fascistas de las redes sociales convencidas de que un
rojo no puede usar una montura de marca. A falta de pruebas concluyentes sobre
las chistorras, las lechugas y los soles, la caverna está sacándole punta a la
tontería de la “presbicia como herramienta de control” político, tal como ironiza Óscar Puente en uno de sus imprescindibles tuits.
Qué pérdida de tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario