ANIBAL MALVAR 29/11/2025
Periodista
Es cruel el mundo de la fama. Un día estás en lo más alto y al siguiente
solo eres una mano de Carrie intentando resurgir desde el barro sepulcral. En
muchos periódicos existe una sección no confesa, pero casi cotidiana, bajo el
título ¿Qué fue de…?. Suelen ser pequeñas piezas de vocación
iliteraria y morbosa que escarban en las miserias de aquellos que fueron
populares hace tiempo y hoy han caído en el olvido, en la ruina o en el
descrédito, o en las tres desgracias a la vez. Si los han encontrado tiesos y
anónimos en un portal suburbial de innegable mala muerte, incluso podrán
disfrutar de 15 minutos de gloria póstuma, con los magazines matutinos
retransmitiendo el solitario funeral bajo el orballo.
El ¿Qué fue de…? es un género periodístico triste y
desesperanzador, como tantos otros. Un memento mori salido
de los labios sádicos del couché. Una golondrina mortífera de Ramón Gómez de la
Serna o de Bécquer, pero con verso y prosa de saldo.
En dos siglos de profesión había conseguido no escribir jamás un ¿Qué fue de...? Pero la rabiosa actualidad me
obliga a romper mi impecable trayectoria y redactar este ¿Qué fue de Cristóbal Montoro? Porque con tan
ilustre caballero se está cometiendo muy grave injusticia.
Mientras Santos Cerdán, José Luis Ábalos, Koldo García, Álvaro García
Ortiz, Alberto Loveayuso, Begoña Gómez y David
Sánchez acaparan focos, nombradías y portadas, Montoro permanece ignorado entre
la omertà y el ostracismo de medios y debates
políticos. Es incomprensible, después de tantos merecimientos. Montoro es un
Sinatra y los demás no pasan de bisbales, según
mi modesto entender. Algunos hasta parecen inocentes, delincuentes impostados,
honrados suplantadores. Qué fiasco de estrellas del mainstream judicial.
Ahora que en los juzgados de Gotham compiten PSOE y PP, Batman y Joker, en
su incansable, conjunta y heroica lucha por salvaguardar la corruptibilidad
endémica del bipartidismo español, es imperdonable arrumbar a un personaje tan
sofisticado como Cristóbal Montoro en las cunetas de la indiferencia mediática
y popular.
Conocemos nacionalidad e intimidades de las mujeres a las que explotaban
sexualmente Ábalos y Koldo; que los tenorios de Chamberí necesitan un dúplex
para mejorar el salto del tigre; las tallas de ropa que compró la mujer del
presidente en Woman Secret junto a su
amiga y asistente oficial; en el colmo del reality-show,
hemos contemplado a Koldo García doblando sus calzoncillos en presencia de
Eduardo Inda. El salvaje contenido homoerótico no fue óbice para que la escena
se emitiera en horario infantil.
Si me dan a elegir entre Montoro y estos planchadores de calzoncillos de
escaso charme, yo me quedo con Montoro. Él nunca expondría su
ropa interior ante el huelebraguetas de Inda, y menos si la muda fuera limpia.
Montoro no es un simple ministro (presuntamente) corrupto, como el pepero vulgaris. Es también un (presunto) corruptor de
gobiernos enteros. Ser corruptible y corruptor al mismo tiempo abre un gran
abanico de ventajas tanto operativas como reputacionales, como ya han
demostrado eruditos doctos en la materia, cual el muy ilustre emérito Juan
Carlos de Borbón.
Quien fue ministro de Hacienda en los gobiernos de José María Aznar y
Mariano Rajoy, vendía decisiones gubernamentales a multinacionales privadas.
Según el auto judicial, empresas de la Asociación de Fabricantes de Gases
Industriales y Medicinales pagaban al bufete de Montoro para que el Consejo de
ministros aprobara rebajas fiscales a la carta. Comprar a todo un consejo de
ministros y que no parezca un soborno: eso sí que es poesía. Y sin doblar
calzoncillos, manifiesta vulgaridad.
El ninguneo mediático a Montoro no es un caso aislado. El también ex
ministro Jorge Fernández Díaz sufre el mismo desdén informativo. Y eso que
tiene pendientes 15 años de cárcel por liderar un complot gubernamental para
difamar a candidatos y mancillar la pureza de las elecciones. Diseñó una
maquinaria golpista tan refinada que sedujo la complicidad de jueces, policías
y periodistas. Pero tan bello atentado contra la democracia tampoco ha obtenido
la exaltación periodística, judicial, tertuliana y literaria que se merece. Yo
no sé si será la envidia española. O si existe un contubernio judeomasónico
para ocultarnos las hazañas de dos de los más eximios héroes de nuestra
modélica corrupción. Más Montoro y menos Koldo, que todavía hay clases. Y que
el ángel Marcelo proteja nuestra democracia aconfesional.
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