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Es un negocio y, por tanto, sólo puede proporcionar los servicios
sanitarios que le proporcionen rentabilidad |
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Soy consciente de que el titular de este artículo es
duro y quiero advertir de entrada de dos cosas importantes. En primer lugar,
sé perfectamente que en la sanidad privada hay facultativos y todo tipo de
personal empeñado en salvar vidas y que las salvan haciendo lo mejor que
pueden su trabajo. Pero mi análisis no evalúa su desempeño particular, sino
el del sistema sanitario de propiedad privada en general, que actúa como un
negocio más en el ámbito de la salud. En segundo lugar, quiero señalar que la afirmación
que hago en el título no es una opinión subjetiva, sino la conclusión a la
que han llegado estudios científicos que han evaluado el rendimiento y los
efectos de los sistemas sanitarios en todo tipo de países. Se puede decir taxativamente que la privatización de
los sistemas sanitarios mata por razones de diverso tipo, aunque todas tienen
que ver con una fundamental: la sanidad privada es un negocio y, por tanto,
sólo puede proporcionar los servicios sanitarios que le proporcionen
rentabilidad. No puede ser de otro modo porque, en caso contrario,
desparecería como tal. En consecuencia, deja que enfermen o incluso que
mueran sin darles atención las personas que no dispongan del dinero
suficiente para pagar los servicios que pudieran necesitar. No hay otra
posibilidad. Ningún negocio privado vende algo a quien no le pague por ello.
Sabiendo que esto último es un hecho innegable,
quienes defienden la sanidad privada argumentan que tal problema se soluciona
por medio de las pólizas de seguros privados que la población suscriba para
que, llegado el momento, sus respectivas compañías se hagan cargo de las
facturas correspondientes a los tratamientos que necesitaran. Sin embargo, quien responde de esta manera se olvida
de algo igualmente esencial: los seguros son también un negocio privado. Un
negocio que quebraría sin remedio si asegurase a personas que le supusieran
un gasto sanitario mayor que la cuota que pagaran por él. Recurren a estudios
de probabilidades para hacer que su negocio resulte, en promedio,
beneficioso, pero no pueden sobrepasar un determinado umbral de riesgo a la
hora de proporcionar las coberturas particulares. O se las cobran muy caras,
o dejan directamente fuera a las personas con patologías que necesiten
tratamientos muy costosos. En ambos casos, excluyen a una parte importante de
la población que termina enfermando o muriendo sin atención. Si se quiere
tener pruebas de ello y ver cómo funciona el negocio de los seguros de salud
privados, recomiendo ver aquí la película documental Sicko, de Michael Moore. Hay que decirlo claro y conviene que nadie se deje
engañar: el objetivo del sistema de sanidad privada, de sus empresas
sanitarias, no es curar o prevenir enfermedades, sino maximizar su beneficio
económico. Es legítimo. No lo critico, simplemente expreso un hecho. Si no lo
hicieran así, como he dicho, tendrían que cerrar y perder el dinero que sus
propietarios han invertido. Eso significa que, para obtener beneficios y
maximizarlos, un sistema sanitario privado no puede tener como objetivo
reducir el número de enfermos, sino tener clientes recurrentes. Lo cual
lleva, como está ampliamente demostrado, a incentivar la sobreprescripción de
tratamientos rentables y, como he dicho, a descuidar o no atender a los menos
lucrativos (los que necesitan prevención, atención o salud mental o cuidados
crónicos). Esto es lo que produce daños médicos y mortalidad por mala praxis
o por ausencia de seguimiento adecuado que son perfectamente evitables, tal y
como confirman investigaciones de cuyos resultados doy cuenta resumida más
abajo. Puesto que un sistema sanitario privatizado no
atiende a quien no tiene dinero o seguros, copagos o ayudas para
medicamentos, la consecuencia inevitable es la desatención, el retraso de la
consulta o sencillamente la renuncia al tratamiento. Eso agrava dolencias que
serían perfectamente curables y multiplica muertes evitables por cáncer,
diabetes, hipertensión o infecciones, por ejemplo. Un estudio de hace diez
años mostró que, en Estados Unidos, un aumento de 10 dólares en los copagos mensuales
por consultas médicas y medicamentos recetados provocaba una reducción del
8,6% en el gasto por esos servicios. Puesto que la sanidad privada sólo puede funcionar
bien allí donde hay dinero, produce además un agrandamiento de las brechas de
salud. Los recursos (personal, tecnología, camas UCI) se concentran donde son
más rentables, no donde hay más necesidad, y las zonas rurales o empobrecidas
quedan desatendidas. El resultado también es el aumento de las tasas de
mortalidad evitable y el descenso de la esperanza de vida en los grupos de
población con menores ingresos. Cuando la sanidad pública se privatiza se producen
más enfermedades y muertes por otra razón adicional: los servicios sanitarios
públicos, de cobertura universal actúan como una infraestructura de
prevención, y cuando se privatiza se pierden capacidades de vigilancia
epidemiológica, de vacunación masiva o de respuesta ante pandemias. Sin
olvidar, además, que cuando eso sucede la información sanitaria se fragmenta
y los datos clínicos se tratan como propiedad privada, por no decir que como
una mercancía más con la que se puede ganar dinero adicional. Por otro lado, está ampliamente demostrado que el
personal sanitario, facultativos, personal de enfermería, auxiliares, etc.
está sometido a mucha mayor presión para aumentar su productividad en los
centros sanitarios de propiedad privada. Es lógico que ocurra eso pues, como
he dicho, allí hay que recuperar la inversión realizada y obtener el mayor
beneficio posible. La consecuencia es el menor tiempo dedicado a los
pacientes, contratos precarios y una presión constante que aumenta los
errores y el agotamiento, lo que empeora la atención y termina produciendo
más muertes evitables. Hay otra razón más que hace que los sistemas
sanitarios privados produzcan muertes. Aunque pueda parecer mentira, la
lógica del mercado es la de curar cuando ya hay enfermedad (en eso justamente
consiste el negocio) y no evitar que la haya (pues entonces no lo hay). Dicho
muy claramente: la prevención de la enfermedad no es negocio y, por tanto, no
es lo que puede ponerse como objetivo la sanidad privada. Y, sin embargo, es
bien sabido que la prevención es la mejor vía para evitar muchas enfermedades
y millones de muertes. Este hecho es el que provoca que los programas de
vacunación, educación nutricional, detección temprana o salud comunitaria,
sin los cuales se producen más muertes evitables, sean más débiles y mucho
menos efectivos en países, como Estados Unidos, en donde la sanidad privada
está generalizada. A todo lo anterior hay que añadir que el negocio
sanitario es muy poderoso y que las grandes empresas hospitalarias y
farmacéuticas tiene capacidad suficiente para actuar como grupos de presión
que imponen precios inflados y políticas que le sean favorables, normas que
permitan tratamientos marginalmente eficaces pero carísimos y el abandono de
los baratos y efectivos. Lo cual afecta también a la salud y llega a producir
la muerte de muchas personas. Una de las consecuencias de esto último son las
trabas de todo tipo que se ponen a la realización de estudios científicos que
permitan mostrar mucho más ampliamente que, como se dijo en la revista The
Lancet, «la privatización de la atención sanitaria casi nunca ha tenido un
efecto positivo en la calidad de la atención» y que «el respaldo científico
para una mayor privatización de los servicios sanitarios es débil». Los
escándalos que rodean la actuación del Grupo Quirón en Madrid son buena
prueba de ellos, aunque no la única ni la más onerosa para las arcas públicas. Por último, hay una razón más por la que se puede
afirmar que privatizar la salud mata. El negocio sanitario privado obtiene
beneficios (de carácter extraordinario generalmente, al no haber perfecta
competencia en ese mercado) no sólo como exclusivo resultado de poner en
valor los capitales y recursos que proporcionan sus propietarios. Se nutre
muy ventajosamente del valor producido durante decenios por el capital
público (investigación básica, infraestructuras, formación del personal…) por
el que no paga, puesto que no se cuantifica en sus balances contables.
Además, obliga a que el Estado tenga que asumir el coste derivado de sus
déficits de gestión a los que he hecho referencia. Y, por si todo esto fuese
poco, se nutre de una constante aportación privilegiada de fondos procedentes
del sector público. Dicho de otro modo: el sector sanitario privado, al menos
en países como España no podría ser rentable sin recibir fondos
multimillonarios del Estado o sin excluir de sus servicios a la mayor parte de
la población. Su negocio es parasitario y oportunista: gana dinero con los
servicios sanitarios rentables y deja los que no lo son al Estado. Eso mina
los recursos públicos y, al final, el servicio público se deteriora e incluso
allí aumenta el número de muertes evitables. Como dije al principio, las afirmaciones que acabo
de hacer no son opiniones subjetivas, sino que está avaladas por
investigaciones y estudios empíricos realizados en los centros científicos
más prestigiosos del mundo. Afirmar, por tanto, que la privatización de la
sanidad mata es sostener un hecho objetivo y cierto que la experiencia real
demuestra día a día. Expongo a continuación sólo algunos datos que lo
demuestran: – En Estados Unidos, la falta de seguro sanitario se
asocia con 45.000 muertes anuales y un 40% más de riesgo de morir respecto a
personas aseguradas, en general, e incluso con un 50% mayor que los
asegurados en algunos grupos de población de menor ingreso. – En Inglaterra, el aumento del gasto externalizado
a proveedores privados entre 2013 y 2020 (lo que viene ocurriendo en muchas
comunidades autónomas españolas desde hace tiempo) se asoció con incrementos
significativos de muertes que no deberían ocurrir con atención oportuna y
eficaz. – La OCDE ha mostrado que la “mortalidad evitable”
(suma de la que se puede evitar con salud pública y primaria fuertes y con la
evitable con asistencia clínica eficaz y a tiempo) aumenta donde se debilitan
la prevención y la atención primaria por lógicas de mercado. Por el
contrario, señala que fortalecer la atención primaria, la salud pública y el
acceso universal reduce esas muertes. – Los estudios comparativos internacionales muestran
que los sistemas sanitarios con mayor fragmentación y peso privado tienen
peores resultados. Según un estudio comparativo entre diez países de 70
indicadores de desempeño del sistema de salud relativos al acceso a la
atención sanitaria, proceso de atención, eficiencia administrativa, equidad y
resultados de salud, Estados Unidos destaca «por el bajo rendimiento de su
sistema de salud». Y, sobre todo, por no «mantener a su población sana». – Estados Unidos es el país que más gasta en sanidad
(más del doble que los de la OCDE de media) pero al ser privatizada, obtiene
peores resultados que los demás: tiene menos camas hospitalarias por 1.000
habitantes, menos esperanza de vida, mucha más mortalidad evitable,
mortalidad infantil y materna, menos vacunación infantil y mayor extensión de
las epidemias… El exceso de mortalidad acumulado durante la pandemia de la
Covid-19 fue sustancialmente mayor en Estados Unidos que en los demás países
de la OCDE. Estados Unidos es la primera potencia económica
mundial, la que más gasta en salud, pero la que en mayor medida lo hace en un
sistema de salud y seguros privados. La consecuencia es que ocupa el lugar 54
en el ranking que ordena a todos los países por eficiencia del gasto
sanitario atendiendo a todos sus resultados, y -como acabo de decir- es el
último de entre todos los más adelantados atendiendo al acceso, eficiencia,
equidad, resultados y atención preventiva. – Tras analizar casi 700.000 hospitalizaciones en
Estados Unidos se descubrió que las llevadas a cabo en centros adquiridos por
fondos de inversión de capital privado registraban un 24 % más de infecciones
provocadas en el hospital que en el resto, y son más costosas para la
sociedad. – Las tasas de mortalidad de pacientes atendidos en
los servicios de emergencia de los hospitales de Estados Unidos aumentaron
con posterioridad a sus adquisiciones por empresas privadas. Estas son las razones y los hechos que permiten
afirmar sin duda ninguna que privatizar los servicios sanitarios y alejarse
del modelo de asistencia universal garantizada es una forma más de matar a la
gente. Ningún político va a reconocer nunca que está dando
ese paso. Como no lo hace el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel
Moreno, que acaba de decir que su partido, el PP, es «que más hace por los
servicios públicos en esta comunidad», cuando el 26% de las camas y el 53% de
los hospitales en Andalucía ya son de propiedad privada y el 51,7% de los
hospitales públicos tiene conciertos con el privado. Esos porcentajes, en aumento constante, no son
cifras frías. No tenga ninguna duda quien lea estas páginas: se están
traduciendo ya, y esto irá en aumento, en desatención y en muertes evitables.
La forma más inhumana y cruel de hacer que se muera la gente inocente. La que
van a tener docenas de miles de personas, quizá millones, en Andalucía en donde
vivo, en España y en todo el mundo, si siguen votando y dejando hacer a los
políticos y partidos que actúan, por muy callada y vergonzantemente que lo
hagan, al servicio del capital sanitario privado que hace negocio con la
salud y la vida de la gente. 1- Me ahorro calificar a los responsables políticos
y dirigentes sociales, económicos, empresariales o mediáticos que, sabiendo
perfectamente lo que supone privatizar la sanidad para la vida de la gran
mayoría de la gente, siguen privatizándola con el único objetivo de ganar más
dinero. |
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