Superado por Ayuso y entregado al
conspiracionismo judicial más abyecto, el gallego líder del PP languidece entre
la nada y la intrascendencia
José Antequera
22/11/2025
Feijóo tiene un problema en su propio
partido. La sentencia fake contra el
fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz,
ha sido rápidamente aprovechada por Isabel Díaz Ayuso para
hacer quedar a su amado novio, el defraudador confeso, como un héroe, y de paso
erigirse ella como la presidenta in pectore de la nación. Su mensaje en inglés
(“hoy el mundo sabe lo que está pasando en España”, comparando al Gobierno
de Sánchez con un régimen autoritario o dictatorial)
es un patético intento por presentarse a sí misma como la heroína que se
enfrenta al tirano sanchista; la musa de la libertad que planta cara al malvado
dictador.
A fuerza de repetir la bobada de que España es un Estado totalitario, Ayuso
ha terminado por creerse su papel, el de la María Corina Machado española
enfrentada al Nicolás Maduro de la Europa
del sur. Estamos sin duda ante un inmenso montaje, una distopía enloquecida,
una monstruosa chifladura que se ha ido de las manos y que solo puede salir de
la mente maquiavélica del asesor de la lideresa, Miguel Ángel Rodríguez. Pero mucha gente incauta se ha
tragado ya el cebo y la patraña de que Sánchez es un dictador aún peor
que Franco, como soltó ayer una ridícula senadora del PP.
Mientras Feijóo ve cómo su delfina se consolida como gran diva del PP
gracias a Superproducciones MAR, su figura política crepuscular languidece
entre la intrascendencia y la nada. La operación Ayuso, instigada por Aznar y Aguirre, entre otros, está en marcha. Y el
reloj corre en contra del dirigente de Génova 13. O es presidente ya, o no lo
será nunca. De ahí su ansiedad y de ahí que se esté metiendo en todo tipo de
conjura propia de los espadones del siglo XIX. La gestión del gallego como jefe
de la oposición está siendo decepcionante, frustrante, deplorable. Llegó
de Galicia como el moderado que iba a arrasar en las
urnas, pero pasan los años y Sánchez sigue resistiendo en Moncloa. Llegó diciendo que no estaba de acuerdo con
los postulados de la extrema derecha y miren ustedes cómo ha terminado:
bajándose los pantalones ante Santiago Abascal.
Por no tener, no ha tenido ni agallas para cargarse a Mazón cuando había que cargárselo por su nefasta
gestión de la riada de Valencia (al
exhonorable no lo echa el jefe, lo echan el pueblo valenciano y la jueza de Catarroja). En cuanto al programa de reformas
para el país, cero patatero. Feijóo se ha pasado largos años pidiendo
elecciones como un disco rayado, como el loro del rey emérito, saltándose a la
torera el artículo de la Constitución que
ordena una oposición constructiva y por el bien del país. Se está ganando a
pulso el título de prescindible, indolente y cobarde. Hace solo unas horas,
envió a su mamporrero oficial, Miguel Tellado, a
acosar a Silvia Intxaurrondo, una profesional del periodismo
íntegra y valiente que no se arredra cuando tiene que hacer las preguntas
incómodas caiga quien caiga.
Últimamente, el líder del PP (por llamarlo de alguna manera, ya decimos que
es un pelele en manos del ayusismo) anda obsesionado con los casos de
corrupción del PSOE. Cree que tiene la clave, la
receta mágica, la panacea para liquidar, ahora sí, por fin, a Pedro Sánchez. A
falta de programa para España, se agarra a lo peor del trumpismo
demagógico/populista, como cuando le preguntó al presidente del Gobierno
aquella infamia para la historia: “¿Pero de qué prostíbulos ha vivido usted?”
Feijóo se ve muy cerca de Moncloa solo porque un informe de la UCO ha encontrado la tarjeta de crédito de Servinabar y las compras compulsivas de La Paqui
en el Corte Inglés, pero está por ver que el votante del PSOE
deje de apostar por Sánchez tras las trapacerías del trío calavera Ábalos/Santos Cerdán/Koldo. En los últimos días, la
izquierda se está movilizando y rearmando moralmente. El miedo al franquismo
que arrecia con fuerza es razón más que suficiente para votar socialista con la
nariz tapada. Lo que se ha vivido estos días en el Tribunal Supremo, la caza de brujas contra el fiscal
general del Estado, provoca miedo y asco. Si se puede condenar a un ciudadano
sin pruebas, es que ya todo está perdido.
Hoy la víctima es Álvaro García Ortiz, mañana los purgados pueden ser los
periodistas que cumplen con su función de informar y después cualquiera de
nosotros puede terminar en un proceso kafkiano con tintes de inquisitorial. En
eso consiste el golpe blando judicial perpetrado por los jueces al servicio de
PP y Vox (en el que Feijóo está implicado hasta las cachas): en terminar de
arrinconar al sector progresista minoritario de la Justicia, en tratar de
acallar a la prensa libre y crítica, en fulminar la libertad de expresión. La
sentencia contra el fiscal general del Estado es el mensaje de la mafia a todo
aquel que se atreva a ir contra los privilegios de la casta franquista. Cuando
ya no quede ni un solo juez de izquierdas, podrán seguir robando como siempre
lo hicieron (ya se habla de la posible anulación del juicio por graves delitos
fiscales contra el novio de Ayuso); podrán seguir tiñendo sus rancias
sentencias de un machirulismo hediondo; podrán acabar sin oposición con el
aborto y con la Sanidad pública y podrán mantener, a golpe de auto y
providencia, los privilegios de las élites financieras y bancarias obsesionadas
con bajar los impuestos a las grandes fortunas y con implantar el mercado
laboral según el modelo esclavista Trump. Desde la Justicia es más fácil
desmontar el mecano del Estado de derecho, pieza a pieza, que asaltando
el Congreso de los Diputados con un tricornio y
pistola en mano.
Mientras la democracia fenece lentamente, Felipe VI entrega
la insigne orden del Toisón de Oro a
los padres de la Constitución por aquella supuesta transición de la concordia
que no fue más que miedo al ruido de sables, al golpismo fascista y a la guerra
civil. Querer vivir de los éxitos del pasado mientras bandadas de nazis con
antorchas desfilan por las calles de Madrid y un ultra con la bandera del pollo
le toca los pechos a una activista de Femen, impunemente y
sin que pase nada, se antoja un ejercicio de nostalgia estéril. Sencillamente
porque el hechizo del cuento de reyes y hadas hace tiempo que se desvaneció
como un sueño que pudo ser y no fue.
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