Comentario: Al Tribunal Supremo le pasa como al Real Madrid con las sentencias rebuscadas para cargarse a la izquierda de este país porque no pueden aguantar que mande nadie que no sean sus esbirros de la derechona de Franco. Y así tenemos sentencias que como los partidos del Real Madrid (el equipo de la Judicatura, por cierto) dan cada día el do de pecho. Como ayer en el campo del Elche, donde consiguieron un empate, al parecer, gracias a dos goles que no debieron subir al marcador. Pero, qué más da, si así llevan desde que empezó la Liga, ganando los partidos arbitrariamente a base de penaltis que no son y goles que tampoco deberían ser. Da la impresión de que la Justicia, como el Real Madrid, está litigando, ligeramente, adulterada o, si les gusta más, canteada a la derecha sin importarles lo que diga la ley. Evidentemente, “Su Ley”.
Pedro Sánchez ofrece resistencia contra el fascismo mientras los salarios siguen siendo precarios, los precios suben y la vivienda es una quimera para miles de jóvenes
José Antequera
24/11/2025
Pedro Sánchez confía en que la sentencia “injusta”
contra el fiscal general del Estado termine movilizando a la izquierda
desmoralizada, desafecta, desnortada. La resolución del Tribunal Supremo era justo lo que el presidente
del Gobierno necesitaba en medio del vendaval por los casos Koldo, Begoña Gómez y
el que afecta a su hermano. Con la UCO investigándole
hasta las compras del Corte Inglés a
la mujer de Santos Cerdán y con la
Fiscalía pidiéndole la perpetua al exministro Ábalos (que ya
reconoce en público su miedo a entrar en prisión), nada mejor que denunciar una
conjura del Supremo y de los poderes fácticos para destruir la democracia.
Solo el tiempo dirá si le sale bien la jugada.
El casi siempre atinado analista José Enrique Monrosi cree
que el escándalo
Cerdán es “un boquete en la línea de flotación del Gobierno”.
Es decir, que el barco está seriamente tocado con una vía de agua letal
que ha hecho saltar la luz roja de alarma. El buque zozobra y es preciso tomar
medidas urgentes para reflotarlo, en eso piensa Sánchez, obsesivamente y día y
noche. En esa encrucijada, solo un rearme ideológico podrá evitar el naufragio
del socialismo español. De ahí que en Moncloa hayan pasado ya al plan B que
gira en torno a la idea de que nos encontramos en medio de un golpe blando,
golpe de togas o guerra sucia judicial (lawfare). Ese es,
probablemente, el último flotador que le queda ya al líder socialista. Es
cierto que los números de la macroeconomía van bien, pero con las cifras
del PIB no come una familia española de clase media o
baja. Los salarios siguen siendo bajos (el precariado está muy lejos de ser erradicado),
los precios suben como la espuma y la vivienda es una quimera con la que muy
pocos jóvenes pueden soñar en la España de hoy.
En ese contexto (casos de corrupción y malestar popular por la mala marcha
de la economía doméstica), a Sánchez solo le queda tratar de movilizar al
electorado progresista al viejo grito de “qué viene el lobo”. O sea, agitar el
espantajo del fascismo. En otra situación tendríamos que decirle al señor
presidente que, a otro perro con ese hueso, que el cuento ya no cuela, que no
nos vale el truco de agitar el fantasma de Franco cada vez
que el PSOE se encuentra en apuros. Sin embargo, hay razones de peso para
concluir que el panorama es bastante parecido a como lo pinta el premier. La amenaza ultra es real. Lo que se vivió en este
país la pasada semana con la sentencia del fiscal general del Estado dio que
pensar al ciudadano de bien. Y produjo miedo, mucho miedo. Que un grupo de
magistrados del Supremo se haya echado al monte hasta condenar sin pruebas
concluyentes a un funcionario público del más alto rango del Estado es algo que
no se había vivido en cincuenta años de democracia. Fue un antes y un después,
un Rubicón que los Marchena, Martínez Arrieta y otros decidieron cruzar a
sabiendas de que el fallo iba a causar escándalo y polémica, revuelo y estupor,
en la opinión pública española. Sabían que la sentencia basada en indicios
indirectos estaba cogida por los pelos, que ningún tribunal europeo la
admitirá y que es pura dinamita para hacer saltar por los aires los
pilares básicos del Estado de derecho. Aun así, cumplieron con la orden
de Aznar: el tristemente famoso “el que pueda hacer que
haga” para consumar el golpe.
Desde que se filtró la noticia del veredicto de culpabilidad (y no deja de
resultar irónico que un tribunal que juzga a un reo por revelación de datos
termine revelando un documento tan secreto y confidencial como una sentencia),
la izquierda española está en estado de tensión y movilización permanente. Ha
calado la idea de la conspiración contra la democracia, alimentada por los
diferentes líderes de la coalición. Yolanda Díaz califica la sentencia del Supremo
como “política” y “dirigida contra el Gobierno”, al tiempo que reclama la
movilización pacífica de la ciudadanía en defensa de la democracia; Gabriel Rufián sugiere que, hoy por hoy, los
golpes de Estado se dan “en sede judicial”; Podemos insiste
en la tesis del golpismo (exigiendo una profunda reforma del Consejo General del Poder Judicial para evitar que
el PP controle la sala segunda del Supremo “desde detrás”, como dijo aquel);
e Izquierda Unida alerta ante el “secuestro” de las
instituciones por parte de la derecha. Todo ello mientras al juez Garzón (una víctima más de la caza de brujas
contra el rojo) no le queda otra que confesar, desde lo más hondo de su ser,
que ya no cree en la Justicia española. Espeluznante.
La nueva estrategia de confrontación de Moncloa está en marcha, y así será
de aquí a las próximas elecciones, ya se celebren en 2027 o con carácter anticipado.
El presidente se ha puesto el traje de activista antifa que tan buenos
resultados le ha dado a Mamdani, el recién
elegido alcalde demócrata de Nueva York que
ha sido capaz de romper la hegemonía trumpista. Mientras Vito Quiles remueve lo peor de la juventud en las
universidades; mientras la Falange toma
las calles de Madrid con la autorización oficial del juez nostálgico de turno;
mientras Vox amenaza con el sorpasso al PP y Aliança, el partido indepe y racista, ya le ha dado la
puntilla a Junts, según las últimas encuestas del CIS catalán, a la izquierda de este país solo le
queda afrontar el desafío histórico desde la unidad y la confianza en los
valores de los derechos humanos. Sánchez, que puede ser lo que se quiera, pero
no es tonto, ha sabido leer el momento trascendental que vivimos, y ya trabaja
para construir un nuevo Frente Popular dispuesto
a presentar la batalla final. ¿Puede darle resultado ese último órdago para
frenar a la extrema derecha? Es posible, la plaga nazi se extiende imparable y
por doquier, España huele a fascismo por los cuatro costados y dulces niñitas
con ricitos de oro levantan el brazo al grito de heil Hitler. Sin embargo,
la arenga del presidente a defender el Estado de derecho y la libertad
frente a la amenaza totalitaria fascista todavía está muy verde. Primero porque
está por ver que él sea el candidato ideal para dirigir el rearme moral (por momentos
da la sensación de ser un líder cansado, amortizado, algo quemado) y en segundo
lugar porque si de lo que se trata aquí es de votar PSOE con una pinza en la
nariz, a costa de destruir la esperanza de una izquierda real, el plan puede
quedar en un intento tan estéril como frustrante.
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