La gente está criticando a Rafa Nadal por su último encuentro con el presidente argentino, Javier Milei, olvidando que se trata de una jugada perfectamente coherente con su trayectoria ideológica. En 2018, durante su enésima campaña en Roland Garros, a un periodista despistado se le ocurrió preguntarle por la moción de censura contra Rajoy y Nadal respondió que le gustaría volver a votar, porque “hay demasiados pactos y al final nuestro voto no nos deja cómodos”. Al igual que muchos otros deportistas de élite, Nadal se limita a opinar desde el fondo de la pista: nunca sube a la red para hablar del paro, de los desahucios, del desguace de la sanidad pública, de los evasores fiscales o de la especulación inmobiliaria, a lo mejor porque estaría lanzando pelotas contra su propio tejado y contra el tejado de su familia.
No
mucha gente sabe que, por aquellos años, Nadal cobraba un millón de euros
por sus declaraciones exclusivas a TVE al finalizar los partidos. Por
supuesto, era un dinero que iba aparte del pastizal que nos costaba la
retransmisión de sus hazañas deportivas, así que, entre balbuceos y titubeos,
las opiniones de cuñado con las que aderezaba sus raquetazos nos
salían por un pico. Más español, imposible. Menos mal que no hablaba
igual que jugaba al tenis, porque entonces le habrían dado un sillón en la
Academia de la Lengua y para pagarlo habríamos tenido que vender el país a
cachos. Como se ve, el patriotismo de Nadal empieza por sí mismo, por la boca
concretamente, y luego dejaba sitio a Nike, Telefónica, Mapfre, Nestlé, el
Banco Sabadell y Tommy Hilfiger para que le patrocinaran el
vestuario, de la cinta del pelo a las zapatillas.
Cuando
en enero de 2024 aceptó convertirse en embajador de la Federación de Tenis de
Arabia Saudí, no pensó ni por un instante en los disidentes torturados,
los homosexuales asesinados, las condiciones de esclavitud en que malviven los
trabajadores de una infame tiranía petrolera. Por no hablar de
las mujeres, un colectivo al que Nadal ve con la
misma perspectiva de un jeque árabe, montado en un camello desde la
Edad Media. Dice que Arabia Saudí ha progresado mucho y no le falta razón,
puesto que las ejecuciones públicas prácticamente se han duplicado durante la
última década. Lo raro es que allí no jueguen al tenis con alfanjes. Nadal
también dice que es feminista porque tiene madre, una frase con la que está
todo dicho.
Yo
desconfío mucho del deporte en general y del tenis en particular, primero
porque estoy gordo y segundo porque el tenis lo inventaron los
franceses. Pierre de Coubertin era un aristócrata racista, imperialista y
machista que actualizó los Juegos Olímpicos con el fin de preparar a los jóvenes
para la guerra: una excelente réplica a la solemne estupidez de que
no hay que mezclar el deporte y la política. Competir en lugar de cooperar es
precisamente la madre de todos los errores, el palo de zanahoria que ha
llevado el mundo a la mierda. Pero tampoco creo que el deporte vuelva
tonta a la gente que lo practica: no hay más que echar un vistazo a los libros
de Miguel Pardeza, a las proclamas políticas de Eric Cantona o a las
recomendaciones literarias de Héctor Bellerín, tres futbolistas que con su
mera existencia desmienten las gilipolleces de tanto
antivacunas onomatopéyico y tanto neonazi en pantalones cortos. Si
Nadal hace pareja con Milei es porque ya venía así de
fábrica.
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