Cómo la inoperancia social de la izquierda española impulsa a la extrema derecha de Vox
José Antonio Gómez
27/11/2025
Durante la última década, la izquierda española ha
construido un relato ambicioso en torno a la justicia social,
la redistribución de la riqueza y la protección de
las clases medias y trabajadoras. Sin embargo, la narrativa
ha convivido con una experiencia cotidiana muy distinta para millones de
ciudadanos: salarios que no suben, alquileres que se disparan, servicios
públicos que se deterioran y un Estado que promete derechos, pero entrega
trámites. Ese desajuste entre discurso y realidad se ha convertido en el
terreno más fértil para el crecimiento de la extrema derecha, que hoy ya no
pesca únicamente en el caladero tradicional del Partido
Popular, sino también en sectores desencantados del PSOE y de Podemos.
La explicación a esta paradoja no es simple, pero sí está construida sobre
tres pilares: un mercado laboral precario que
no ha sido reformado estructuralmente por Pedro Sánchez, un
mercado de vivienda convertido en un monstruo ingobernable y una erosión creciente
de los servicios públicos y la capacidad administrativa del Estado. Sobre esa
tríada, la extrema derecha ha levantado un discurso populista que,
paradójicamente, a la gente le suena más realista que
la retórica de una izquierda atrapada entre el marketing personalista y la
burocracia institucional.
Mucho dato macro, poco bienestar micro
Durante los últimos años, los distintos gobiernos progresistas liderados
por Pedro Sánchez han celebrado cifras históricas de empleo,
crecimiento del salario mínimo y avances
en derechos laborales. En teoría, deberían ser logros
contundentes. Sin embargo, para la mayor parte de la población asalariada y
para los autónomos, la experiencia vivida es distinta: salarios que crecen por
debajo de la inflación, trabajos cada vez más intensos, empleados cobrando por
debajo del SMI porque los empresarios les obligan a firmar contratos parciales
que se van encadenando bajo la fórmula del "fijo discontinuo" y
jóvenes que encadenan prácticas no remuneradas antes de acceder a un empleo
real.
La izquierda habla de estadísticas, la gente habla de frigoríficos
vacíos a día 20 de mes.
El problema es estructural: España sigue teniendo un modelo productivo
donde el grueso del empleo es de bajo valor añadido y baja productividad. Sin
cambios en ese modelo, cualquier reforma laboral progresista será meramente
cosmética.
La derecha radical ha entendido el vacío. Su mensaje es simple: “La
izquierda os ha traicionado; el sistema no funciona; el enemigo está fuera”. Y
funciona porque, para quien vive con menos de 1.000 euros al mes, lo que no
funciona no es la globalización, ni la llamada transición ecológica, ni la
supuesta conspiración de Bruselas: lo que no funciona es su vida
diaria.
La bomba política perfecta
Si hay un ámbito donde la izquierda española ha fracasado de manera más
dramática es el de la vivienda. El país ha
pasado en dos décadas de tener uno de los mercados inmobiliarios más accesibles
de Europa a tener uno de los más tensionados. Como consecuencia, el alquiler se ha convertido en una trampa para
jóvenes, familias monoparentales y trabajadores precarios.
La Ley de Vivienda, uno de los grandes proyectos estrella de la coalición
progresista liderada por Sánchez, ha sido incapaz de frenar la escalada.
En muchas ciudades, los precios siguen subiendo, mientras la oferta se reduce y
los propietarios prefieren plataformas turísticas o contratos temporales a
estudiantes extranjeros. El impacto real de las medidas del gobierno es el
mismo que un pellizco de monja.
La frustración que genera este fenómeno no es ideológica: es
visceral. Cuando un joven de 30 años con trabajo estable no puede emanciparse,
no le interesa un debate teórico sobre la regulación del suelo ni sobre la
fiscalidad de los grandes tenedores. Lo que ve es que el Estado habla de
derechos mientras él vive peor que sus padres.
Ese resentimiento, profundamente material, no cultural, es un recurso
electoral de valor incalculable para la extrema derecha. Que la izquierda no
haya sido capaz de anticiparlo es quizás su error estratégico más grave.
El servicio público deja de servir
La izquierda gobierna en nombre del Estado, pero uno de los elementos más
corrosivos para su legitimidad actual es la percepción, compartida también por
votantes progresistas, de que la administración pública
española funciona cada vez peor. Citas médicas con meses de espera,
aulas saturadas, falta de atención personalizada en servicios sociales,
imposibilidad de acceder a una ventanilla física y una burocracia que exige
paciencia monástica para tareas tan simples como renovar un documento o
solicitar ayudas. Es cierto que muchas de las competencias sociales están
transferidas a las comunidades autónomas, algunas gobernadas por el PP, pero la
ciudadanía no entiende de estas cuestiones y la responsabilidad la traslada al
Ejecutivo central.
Este deterioro no es enteramente responsabilidad de la izquierda, pero la
izquierda lo ha gestionado mal. Por un lado, ha sobregestionado el discurso
sobre derechos; por otro, ha infragestionado la inversión
real en capacidad administrativa. El resultado es un desajuste
profundo entre expectativas y realidad. Cuando los ciudadanos ven que sus
impuestos suben, pero los servicios no mejoran, pierden confianza y, por
extensión, dejan de creer en la izquierda.
La extrema derecha capitaliza esa frustración con una narrativa devastadora
en su simplicidad: “El Estado no ayuda; el Estado
estorba”. Para quienes no han conseguido cita en el médico en tres
meses, la frase tiene un efecto brutal.
Populismo social de la ultraderecha
Existe una idea extendida según la cual la extrema derecha avanza gracias a
discursos identitarios (inmigración, crimen, nación). Eso es cierto, pero
incompleto. En España, la derecha radical ha construido un discurso económico eficaz, que hunde sus raíces en la
sensación de abandono que sienten amplios sectores de la clase trabajadora y de
las clases medias empobrecidas.
Su mensaje es sencillo: “La izquierda solo protege a quienes no
trabajan”; “el Estado gasta millones en extranjeros mientras tú no llegas
a fin de mes”; “las élites progresistas viven muy bien, pero tú no”, “las
políticas sociales no mejoran tu vida: la empeoran.”
Este discurso mezcla exageración, falsedad y
oportunismo, pero apela a una emoción poderosa: la percepción de injusticia. No es casualidad que parte de
los votantes que en su día apoyaron a Podemos hoy migren hacia propuestas
ultraderechistas. Lo hacen no porque se hayan vuelto más conservadores, sino
porque se sienten más pobres, más frustrados y más humillados.
PSOE, pragmatismo sin proyecto
El Partido Socialista sigue siendo, pese a todo, el actor central de la
izquierda española. Pero su tiempo en el gobierno ha mostrado una tensión
creciente: el PSOE es eficaz para gestionar estabilidad institucional,
pero carece de un proyecto de transformación social profundo.
El resultado es un progresismo de contención, más táctico que estratégico,
más propagandístico que transformador. Las clases medias y trabajadoras
perciben que el PSOE les pide confianza mientras gestiona una economía que no les mejora la vida y que el
partido no habla su idioma desde hace tiempo.
Ese vacío programático, sumado a alianzas parlamentarias complejas y una
hiperpolitización del relato, ha debilitado la idea de que el PSOE pueda
devolver dignidad material a quienes la han perdido.
La revolución que se quedó en eslogan
El surgimiento de Podemos en 2014
fue una respuesta orgánica a una injusticia material: la crisis financiera y
sus efectos devastadores. Pero con el paso de los años, Podemos se convirtió en
otra cosa: una maquinaria simbólica atrapada en guerras internas, debates
identitarios y conflictos orgánicos que drenaron su capacidad de gobernar.
Su entrada en el poder no se tradujo en mejoras materiales visibles para la
mayoría. Sus avances fueron parciales, fragmentarios, más retóricos que
tangibles. Como consecuencia, muchos de sus antiguos votantes, especialmente
hombres jóvenes y trabajadores precarios, han derivado hacia opciones de
extrema derecha que prometen algo que la izquierda no supo ofrecer: orden, seguridad económica y estabilidad.
La izquierda no mejora la vida, la extrema
derecha se encarga de explicarlo
El avance de la extrema derecha no se explica por un giro ideológico
repentino, sino por una sensación de deterioro vital. No es una revolución
ideológica, es una reacción emocional frente a una izquierda que prometió
proteger y no lo consiguió.
La lección es clara. Si las clases medias se sienten abandonadas, miran
hacia soluciones autoritarias. Si los trabajadores precarios no ven mejoras,
buscan nuevos interlocutores. Si los servicios públicos fallan, culpan al
Estado y a quien dice defenderlo. Si la vivienda es inaccesible, cualquier
discurso de orden gana legitimidad.
En este ecosistema emocional y material, la extrema derecha no gana por
brillantez, sino por descarte.
La extrema derecha no crece porque seduzca: crece porque responde, aunque sea con mentiras, a problemas que la
izquierda no ha resuelto.
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