La protesta de Feijóo se mezcla con los discursos de Vox, alimentando la idea de una derecha cada vez más unificada en el tono y en el marco
Eva Maldonado
01/12/2025
La política española tiene momentos que se explican solos. El PP
volvió este domingo a la calle para exigir la dimisión de Pedro Sánchez y
convocar elecciones. Desde el Gobierno respondieron con un recordatorio
preciso: si la protesta iba contra la corrupción, el escenario apropiado
estaba unas paradas de metro más al norte, en Génova 13, cuya
historia judicial sigue siendo una carga política que Feijóo no logra
disipar. El contraste ha sido inevitable: una multitud en el Templo de
Debod y el recordatorio de que la “caja B” no
pertenece a un pasado remoto, sino a una estructura que aún proyecta sombra.
El Gobierno no ha desaprovechado el ángulo. La portavoz, Pilar Alegría, lo resumió sin rodeos: si el PP quería
manifestarse contra la corrupción, “se ha equivocado de sitio”.
La frase, más allá del golpe político, devolvió al debate algo que la oposición
preferiría no repasar: la sentencia firme de la Audiencia Nacional que
certificó el uso de fondos ilegales para financiar la reforma de Génova. Ese
edificio sigue ahí, en el centro de Madrid, convertido en una referencia
involuntaria cada vez que el PP intenta enarbolar la bandera de la limpieza
institucional.
La estrategia de Feijóo y el riesgo de
confundirse con su aliado incómodo
La concentración de este domingo —la séptima que Feijóo promueve en un año—
buscaba exhibir músculo frente al Gobierno en un momento en el que la oposición
necesita volver a controlar el relato tras las últimas informaciones
judiciales. Pero el propio planteamiento ha reforzado otro debate que recorre
discretamente las filas conservadoras: el PP se acerca tanto a Vox que
cada día resulta más difícil distinguirlos. Lo expresó con cierta
sorna el ministro Félix Bolaños: “Dicen lo mismo, se manifiestan en el mismo
sitio, insultan igual. Son lo mismo”.
La foto del Templo de Debod, con discursos prácticamente intercambiables
entre PP y Vox, ha reactivado un interrogante que Feijóo no logra
despejar. Cuando el discurso se mimetiza, el votante
termina optando por el original y no por la versión corregida y reducida de ese
original. Es un riesgo conocido en la derecha europea, donde los
partidos tradicionales han comprobado que intentar disputar el espacio
ideológico a la extrema derecha suele derivar en la pérdida del propio.
El cálculo del PP al convocar una protesta de nuevo corte “cívico”, sin
siglas pero con propósito inequívoco, parece perseguir un objetivo doble: desgastar
al Gobierno y reordenar a su electorado. Pero las cifras de asistencia
—siempre disputadas— muestran una tendencia involuntaria: el entusiasmo decrece
a medida que se repiten las convocatorias. Como ironizó Alegría,
“escogen escenarios cada vez más pequeñitos”. Y algo de eso late: el partido
intenta recrear un ambiente social que hoy no acompaña.
La incapacidad del PP para cerrar su
propio capítulo
La paradoja de esta protesta es evidente para cualquiera que observe con
cierta distancia la evolución del PP. Cada vez que Feijóo pronuncia
la palabra “corrupción”, resurge el eco incómodo de un pasado que no ha sido
completamente procesado, ni interna ni públicamente. Su insistencia
en situar al Gobierno en el centro de todas las sospechas choca con la
hemeroteca y con una sentencia que sigue siendo el punto de apoyo de sus
adversarios.
Incluso dentro de la derecha moderada, algunos empiezan a advertir que esta
estrategia tiene un coste: si Feijóo no logra redefinir el PP como un partido
inequívocamente alejado de aquellas prácticas, cada ofensiva se convertirá en
un recordatorio involuntario. El Gobierno lo sabe y juega esa carta con la
tranquilidad de quien posee un argumento jurídicamente blindado.
De fondo, el PSOE interpreta este movimiento como la reacción desesperada de una oposición que no consigue articular un
proyecto alternativo. “El PP solo tiene un objetivo: asfixiar los
servicios públicos para favorecer intereses privados”, resumió Alegría ante los
jóvenes socialistas. Más allá del recurso retórico, lo cierto es que Feijóo
apenas ha logrado construir una narrativa propositiva. Su discurso descansa en
la negación del adversario, pero no termina de ofrecer un relato propio que
trascienda el marco emocional que comparte con Vox.
Y ahí aparece la clave del día: el PP denuncia el clima
político mientras lo alimenta, acusa al Gobierno de división
mientras convoca protestas cada vez más frecuentes y recurre a un tono que
Alegría y Bolaños señalan como indistinguible del de la ultraderecha. El enfrentamiento
retórico con Sánchez se ha convertido, precisamente, en la coartada con la que
evita abordar cuestiones internas, desde la redefinición ideológica hasta la
gestión de su propia herencia judicial.
Lo que deja esta jornada no es solo una protesta más, sino la evidencia de
un partido que intenta escapar de su pasado mientras lo lleva consigo como un
lastre visible. El Gobierno lo sabe. Y cada vez que el PP intenta instalar el
debate en la corrupción ajena, le recuerdan el lugar —Génova 13— donde comenzó la grieta que aún no logra
cerrar.
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