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Quienes han decidido y deciden ahora los destinos de Europa sometiéndose
al imperio de las grandes empresas y al interés de Estados Unidos la han
convertido en enemiga de sí misma |
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Hay muchos motivos por los que el año que está a
punto de acabar merece ser recordado con frustración y dolor. Hemos vuelto a
contemplar auténticos genocidios. Según el Instituto para la Economía y la
Paz (IEP), el número de conflictos armados ha vuelto a ser el más elevado
desde la segunda guerra mundial, involucrándose en algunos de ellos potencias
nucleares, con el riesgo añadido que eso conlleva. Amnistía Internacional ha
mostrado que la situación de los derechos humanos se deteriora en todo el
mundo. Las causas, según esta organización, son la “inacción colectiva para
abordar la crisis climática, revertir las desigualdades cada vez más
profundas y restringir el poder de las empresas”. y la “deriva hacia
prácticas autoritarias y crueles medidas represivas contra la disidencia en
todo el mundo”. Hay, pues, numerosos elementos que podrían ser
tomados como muestra de la desastrosa situación en la que se encuentra el
planeta. Sin embargo, me parece que hay uno que tiene una especial relevancia
geopolítica y estratégica y que yo elegiría como referente de 2025: la
renuncia de la Unión Europea a ser un baluarte libre y autónomo de la paz y
la democracia, y el reconocimiento público de su sometimiento servil e
indigno hacia Estados Unidos. Costaría trabajo señalar un solo mes del año en el
que no se haya producido una ofensa, un insulto, una amenaza, alguna muestra,
en fin, de desprecio, agresividad y enemistad de la administración de Donald
Trump hacia la Unión Europea, sus valores fundacionales y su ciudadanía. Y el
mismo esfuerzo llevaría encontrar alguna respuesta firme, digna y con coraje
por parte de sus mandatarios. En la Conferencia de Seguridad de Múnich, el
vicepresidente J. D. Vance criticó que Europa defienda la democracia y señaló
a la extrema derecha neofascista como la portadora de los valores que Estados
Unidos quiere compartir en nuestro continente. Poco más tarde, Trump
ridiculizó a Zelensky y después los líderes europeos lo visitaron para ser
recibidos como alumnos a quienes el director de la escuela apercibe y da
instrucciones. Después, la mayoría de los gobiernos europeos se arrodillaron
ante “Papito”, según llamó el secretario general de la OTAN a Trump, y
aceptaron un caprichoso, irracional e injustificado compromiso de llegar al 5
% del PIB en gasto militar. Por si eso fuese poco, la presidenta de la
Comisión Europea superó todas las marcas de la indignidad aceptando las
imposiciones comerciales del presidente estadounidense en un campo del golf
propiedad de este último. La Estrategia Nacional de Seguridad publicada hace
unas semanas confirmó de la forma más nítida posible que Estados Unidos
desprecia a la Unión Europea y que se dispone a apoyar a las fuerzas
políticas que ponen en cuestión su propia existencia. El año termina con
sanciones a dirigentes europeos que pusieron en marcha normas comunitarias en
defensa de libertades y derechos de ciudadanía elementales. Ante todo, eso, la Unión Europea apenas ha abierto
la boca. O ha callado, o no ha ido más allá de mostrar algunas respuestas tibias,
tan tímidas, impotentes e ineficaces que, en lugar de reforzar o marcar su
posición, lo que han conseguido es producir vergüenza y dejarla en situación
aún más insignificante, en ridículo y en evidencia en el escenario
internacional. Ha sido tan sumisa ante las afrentas de Estados Unidos como
silente ante las crueldades de Israel en Palestina. En ambos casos, cobarde
y, por tanto, cómplice de la autocracia y del crimen. La única reacción consistente de Europa ha sido el
rearme. Una respuesta, sin embargo, que la debilita aún más porque es una
estrategia que carece de elementos esenciales para poder ser una sincera y
útil apuesta para garantizar nuestra defensa: unidad política y un ejército
auténticamente paneuropeo, no depender del material bélico y de la
inteligencia de terceros y en concreto de Estados Unidos, autonomía
energética e industria potente y, sobre todo, una ciudadanía dispuesta a
tomar las armas bajo una misma bandera. El aumento del presupuesto militar
sólo lleva a lo único que saben hacer bien los dirigentes y las instituciones
europeos, aumentar las ganancias de las grandes corporaciones. La Unión Europea ha capitulado ante Estados Unidos
cuando este se ha mostrado como enemigo de Europa. Y lo peor no es que lo
haya hecho ante los aranceles, las anunciadas sanciones a empresas o las ya
establecidas sobre personalidades europeas, como he mencionado, o ni siquiera
ante la que va a ser cada vez mayor intromisión trumpista en Europa para
apoyar al neofascismo europeo. Lo que realmente está dando por bueno es lo
que Estados Unidos ya expresa sin ningún disimulo: su nueva y obligada
estrategia para sobrevivir como potencia imperial pasa por reducir Europa a
la nada, económica y políticamente hablando. La pregunta clave en esta situación es si la Unión
Europea está en condiciones de responder de otro modo, o si necesariamente ha
de darse por vencida, aun a sabiendas de que esto sólo la llevará a la
irrelevancia internacional y quizá por un camino sin vuelta atrás hacia su
progresiva desintegración. Johnny Ryan, director de Enforce, una unidad del
Consejo Irlandés para las Libertades Civiles que supervisa los derechos
humanos en las grandes plataformas digitales, escribió en septiembre pasado
un artículo significativamente titulado Europa debe tomar la bazuca o será
humillada. De él se deduce que si Europa no se está defendiendo es porque sus
dirigentes no lo desean, y no porque carezcan de medios para hacerlo. El arma a la que se refería Ryan es, simple y
llanamente, que Europa cumpla sus propias leyes -en concreto el Reglamento
General de Protección de Datos- y que utilice los instrumentos anticoerción
de los que dispone. Como señala Ryan en otro un artículo posterior
publicado en The Guardian, se sabe que las grandes empresas tecnológicas
estadounidenses están entrenando sus modelos de IA con grandes cantidades de
datos personales, algo que es ilegal en Europa y que sólo salvan gracias a
que la Comisión Europea viene haciendo la vista gorda con la normativa muy
laxa en ese aspecto de Irlanda. Si la Unión Europea “tuviera el coraje de ejercer
esta presión -dice Ryan- estas empresas tecnológicas estadounidenses tendrían
que reconstruir sus tecnologías desde cero para gestionar los datos
correctamente”. Y a esto se podría añadir que Europa dispone de otra “bomba”
que produciría un daño inmenso a la economía estadounidense si la utilizara:
la empresa neerlandesa ASML -sujeta a legislación neerlandesa, normativa
europea, y decisiones políticas del gobierno holandés y de la Unión Europea-
es la única que fabrica las máquinas de litografía sin las cuales no se
pueden grabar los microchips esenciales para las grandes empresas
tecnológicas estadounidenses. Ante las amenazas y agresiones trumpistas,
Europa podría recurrir al mismo tipo de restricciones que impone Estados
Unidos y bloquear la producción de chips. Como dice Ryan, es poco probable que la burbuja de
la inteligencia artificial sobreviviera a este doble impacto. La Unión
Europea podría frenar en seco la economía estadounidense, actualmente
impulsada por la inversión en inteligencia artificial. Son sólo dos ejemplos que fácilmente demuestran que
Europa sí dispone de instrumentos para enfrentarse inmediatamente a Estados
Unidos y negociar en lugar de someterse, si sus dirigentes quisieran; como
han querido los de Brasil, por ejemplo, cuando han plantado cara con dignidad
a una potencia mucho más poderosa. No se trata, sin embargo, de una simple falta de
voluntad y dignidad de las autoridades europeas. Su inacción es el resultado
de muchas décadas de sometimiento al imperio, de democracia inexistente a
escala paneuropea, de un diseño institucional concebido para satisfacer la
avaricia corporativa en lugar de para generar bienestar y que, por tanto, ha
dejado sin suficiente protección ni seguridad a la gente corriente, lo que
ahora la lleva a caer cada vez más en brazos de la extrema derecha. En lugar
de generar pulsión democrática que le ayudara a defenderse de agresiones
exteriores, los dirigentes y las instituciones europeas se han convertido en
la fuente de insatisfacción que alimenta al autoritarismo; y la vergüenza y
repulsa ante el modo en que se comportan sus dirigentes sustituyen al afecto
y la complicidad que son imprescindibles para forjar comunidades unidas,
libres y estables. Quienes han decidido y deciden ahora los destinos de
Europa sometiéndose al imperio de las grandes empresas y al interés de
Estados Unidos la han convertido en enemiga de sí misma. En una especie de
enferma autoinmune, pues ella misma genera los elementos que la atacan, en
lugar de producir los valores de la paz, la democracia, el bienestar y la
seguridad como las mejores y más efectivas defensas ciudadanas y
civilizatorias que son para protegerse de cualquier amenaza exterior. Y sólo hay un error mayor que eso: creer que se
sufre una simple enfermedad pasajera que desaparecerá cuando Donald Trump
abandone la Casa Blanca. En el supuesto optimista que no venga una etapa aún
peor en 2028, la vuelta del Partido Demócrata podrá aliviar las formas, pero
no evitar lo fundamental, como ya empezó a ocurrir con Obama y Biden, o
hubiera sucedido si hubiese ganado Kamala Harris. El problema de fondo no es
Trump, sino que el imperio en declive ya no puede pagar aliados, que debe
defenderse a sí mismo y que hará lo que sea necesario para que Europa
desaparezca del tablero internacional. Es lo que ocurrirá inexorablemente si
aquí no se recupera la dignidad y si no se da completamente la vuelta al
diseño de la Unión Europea. |
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