El líder del PP ha visto cómo, en menos de una semana, el vendaval de la historia se llevaba por delante su frágil y delirante estrategia política
José Antequera
16/01/2026
Tras meses de bloqueo, de trumpismo y filibusterismo barato, Feijóo tendrá que pasar por Moncloa, que es tanto como pasar por el aro. Una
derrota sin paliativos. El líder del PP se verá las caras con el presidente del
Gobierno la próxima semana. Y no solo para hablar de la crítica situación
internacional, al borde de la Tercera Guerra Mundial;
también para debatir sobre asuntos de política nacional, interna, doméstica. No
querías, pues toma dos tazas, Alberto.
La reunión crucial entre Pedro Sánchez y
el jefe de la oposición es una claudicación sonrojante para el Partido Popular.
Feijóo había construido toda su estrategia política sobre una premisa clara:
ponerle un cordón sanitario al PSOE, mantener distancias con el “Número 1”,
según suele calificar él mismo al jefe del Ejecutivo tratando de implicarlo en
la trama corrupta Koldo. Ha mentido,
ha difundido bulos, se ha comportado como un hooligan, un fanático y un
xenófobo. Ha querido evitar cualquier fotografía con el presidente que
pudiera interpretarse como una normalización institucional del sanchismo para
sostener un discurso rupturista y de confrontación total. Sin embargo, el
vendaval de la historia se lo ha llevado por delante. Abascal se frota las manos.
Ucrania, Venezuela, Irán, Groenlandia, la realidad internacional, en fin, ha
obligado al gallego a salir de su zona de confort. La situación global
atraviesa por uno de los momentos más delicados desde el final de la Guerra Fría. Estallan conflictos abiertos, tensiones
geopolíticas, redefinición de alianzas y decisiones militares que requieren
consenso. En ese contexto, el Gobierno ha convocado al líder de la oposición
para tratar de consensuar una posición de unidad por el bien del país. Para
Feijóo, todo esto supone un auténtico drama porque ahora tendrá que hacer
política de verdad y dejarse de marear la perdiz con el máster
universitario de Begoña Gómez. Tras meses de tozudo
negacionismo, ahora tendrá que sentarse con el líder socialista para hablar de
aquello que no admite demagogias ni retóricas vacías. La paz o la guerra. Y
además tendrá que posicionarse claramente en la rueda de prensa posterior: o
está con el imperialismo yanqui que amenaza con invadir Europa (también
con Vox) o está con la democracia, con el Derecho
internacional y con la Unión Europea. O
está con el auténtico patriotismo o queda como el traidor que va de la mano con
el invasor. Es lo que tiene situarse siempre en el lado malo de la historia.
Ayer, el ministro Albares desnudó
la estrategia del Partido Popular en el Pleno Extraordinario sobre política
exterior. Dirigiéndose a la diputada Cayetana Álvarez de Toledo,
le recordó que el propio Trump ha calificado a Delcy
Rodríguez como una persona “fantástica” y le pidió que aclarara
de una vez cuál es la posición de la derecha española. Feijóo y los suyos
siempre pensaron que con el secuestro de Maduro a manos
de las fuerzas especiales de los Delta Force caería
irremediablemente el régimen bolivariano. En Génova se descorcharon botellas de
champán y se lanzaron confetis. Los prebostes populares se sintieron
exultantes. Pedro Sánchez estaba tocado y herido de muerte. Era el fin de la
coalición. Algunos youtubers ultraconservadores
incluso llegaron a pedirle a Donald Trump que invadiera España también, que
hiciera aterrizar a sus marines en los tejados de la Moncloa para llevarse
a Guantánamo, y después ante el juez de Nueva York, al gran tótem del chavismo español. Un
delirio más.
Sin embargo, toda la estrategia del PP se vino abajo, desmoronada como un
castillo de naipes, cuando Trump, un hombre ciclotímico y desnortado que
funciona a impulsos, según el dolor de úlcera, cambió de caballo en medio de la
carrera, una vez más, y defenestró a María Corina Machado para
darle el protectorado petrolífero a Delcy Rodríguez. El
magnate neoyorquino argumentó que la Premio Nobel de la Paz no
contaba con el apoyo del pueblo venezolano y la tiró al vertedero de la
historia como un clínex usado. ¿Cómo podía ser eso? ¿Cómo podía ser que la gran
musa de la oposición venezolana, la mano derecha de Maduro y la misteriosa e
intrigante confidente de José Luis Ábalos,
fuese arrinconada como un juguete roto y adelantada por la derecha por la
lugarteniente del cartel de los Soles? Feijóo estaba perdido, el PP se quedaba solo en Europa
y Cayetana Álvarez de Toledo tenía que salir a tapar las vergüenzas con un tuit
de brocha gorda. De nada sirvió que CAT le recordara a Trump que la Machado era
la legítima elegida para encabezar la transición de Venezuela a la democracia.
A día de hoy, Delcy sigue siendo la gobernadora del estado 51 de USA. El
esperpento para la derecha española se consumó ayer con la vergonzante puesta
en escena en la Casa Blanca, a la que acudió Machado
para postrarse, arrodillarse y rendir pleitesía al emperador (también capo de
la mafia neoyorquina). Trump ni siquiera le concedió trato de diplomática
acreditada; la hizo pasar por la puerta de atrás, por el escáner de seguridad,
por donde entran los carteros, los mensajeros de Amazon y el personal del
servicio doméstico de la White House. Después llegó el momento para la
historia. Machado sacó la medalla del Nobel chapada en oro de 196 gramos de
peso y 6,6 centímetros de diámetro y se la ofreció a su amo y señor en señal de
vasallaje. Pocas veces a lo largo de la historia se ha visto una humillación
tan bochornosa.
Todo este momento delirante le ha pillado a Feijóo con el pie cambiado, sin
posibilidad de reacción y respondiendo ante la jueza de la Dana, que le busca
las cosquillas por haber respaldado al gran incompetente Mazón. Ahora, desbordado por los
acontecimientos tras meses de jugar al trumpismo antisistema más abyecto,
al líder del PP solo le queda aceptar la invitación de Sánchez y volver al redil
del diálogo y el consenso. Dicen que Felipe VI le
dio un tirón de orejas en Navidad: Alberto,
deja de hacer el tonto y compórtate como un adulto.
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