Comentario: Muy breve, me pregunto si podremos algún día los españoles -y muy especialmente los madrileños- quitarnos de en medio esta HIENA de la política.
Cómo el discurso de la presidenta madrileña falsea la historia, el derecho internacional y la realidad de Palestina
Agustín Millán 30/01/2026
Rememorar el Holocausto es un deber moral, histórico y
democrático. Precisamente por eso resulta tan grave cuando ese recuerdo se
instrumentaliza para justificar, blanquear o directamente negar otras
violaciones masivas de derechos humanos. El discurso pronunciado por Isabel Díaz Ayuso en un acto oficial de homenaje a
las víctimas del nazismo incurre en esa deriva:
utiliza una memoria sagrada para construir un relato político que excluye,
distorsiona y falsea lo que está ocurriendo hoy en Palestina bajo el Gobierno de Benjamín
Netanyahu.
Conviene desmontar, punto por punto, las afirmaciones centrales de su
intervención.
El Holocausto no legitima la impunidad
presente
Ayuso afirma que Auschwitz fue consecuencia de un Estado que renunció a la
verdad y a la ley, elevando el odio a categoría política. Es una descripción
correcta. Lo que resulta intelectualmente deshonesto es no aplicar ese mismo
principio a la actualidad. El derecho internacional humanitario existe
precisamente para evitar que ningún Estado —sea cual sea su historia— quede por
encima de la ley.
Desde octubre de 2023, Gaza ha sufrido una ofensiva militar sin
precedentes: decenas de miles de civiles muertos, una mayoría mujeres y niños,
hospitales y escuelas destruidos, desplazamientos forzosos masivos y una
catástrofe humanitaria reconocida por Naciones Unidas, la OMS, UNICEF, ACNUR y
múltiples ONG internacionales. Negar ese contexto o silenciarlo en un acto
público sobre memoria histórica no es neutralidad: es tomar partido por la
impunidad.
Recordar el Holocausto no obliga a callar ante Gaza. Obliga, precisamente,
a no mirar hacia otro lado.
Confundir crítica a Israel con
antisemitismo es una falacia peligrosa
Uno de los ejes del discurso de Ayuso es equiparar las críticas al Estado
de Israel con un supuesto “odio a Israel y al pueblo judío” promovido por
movimientos totalitarios. Esta es una de las falsedades más repetidas por la
extrema derecha global.
El antisemitismo es una forma específica de racismo y debe combatirse sin
ambigüedades. Pero criticar la actuación de un gobierno concreto —el de
Netanyahu—, denunciar crímenes de guerra o exigir el cumplimiento del derecho
internacional no es antisemitismo. Así lo han afirmado juristas israelíes,
organizaciones judías progresistas, relatores de la ONU y supervivientes del
Holocausto.
Identificar Estado, gobierno y pueblo es una simplificación interesada que
borra la pluralidad del propio Israel y silencia a miles de judíos que se
oponen a la ocupación y a la guerra. Esa confusión, lejos de proteger al pueblo
judío, lo instrumentaliza políticamente.
La manipulación del concepto de “defensa
de la vida”
Ayuso sostiene que Israel da un “ejemplo de defensa de la vida” del que
“nos beneficiamos todos”. Los hechos desmienten esa afirmación. La doctrina militar aplicada en Gaza ha incluido bombardeos
indiscriminados, castigos colectivos, bloqueo de alimentos y
energía, y ataques contra infraestructuras civiles protegidas por el derecho
internacional.
La Corte Internacional de Justicia ha advertido de un riesgo real de
violación de la Convención para la Prevención del Genocidio y ha exigido
medidas cautelares. Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Médicos Sin
Fronteras han documentado posibles crímenes de guerra. Defender la vida no
puede significar justificar la muerte masiva de civiles por razón de su origen
o lugar de nacimiento.
El uso cínico de la infancia
El discurso apela reiteradamente a los niños, pero solo a unos niños. Se
condena —con razón— el sufrimiento de menores israelíes víctimas del terrorismo
de Hamás, pero se omite deliberadamente que miles de niños palestinos han
muerto, han sido amputados, han quedado huérfanos o viven bajo bombardeos
continuos.
No hay infancia sagrada y otra prescindible. No hay niños “utilizados” y
otros invisibles. Utilizar el dolor infantil de forma selectiva es una forma de
deshumanización, exactamente el mecanismo que la memoria del Holocausto debería
impedir.
La falacia de la civilización amenazada
Ayuso recurre a un marco ideológico clásico del nuevo autoritarismo: la
idea de que Occidente está al borde del suicidio si no se alinea sin fisuras
con Israel. Este relato es compartido por Trump, Netanyahu, Orbán, Milei
o Abascal. Todos ellos presentan el derecho internacional, la
crítica, la universidad o la prensa como enemigos internos.
Pero la verdadera amenaza para la civilización democrática no es denunciar
crímenes de guerra, sino normalizarlos. No es exigir derechos humanos, sino
relativizarlos según quién sea la víctima. La historia europea demuestra que
cuando se jerarquiza el valor de las vidas, el siguiente paso es el
autoritarismo.
Memoria sí, pero completa y honesta
El Holocausto no pertenece a ningún gobierno ni a ninguna ideología. Es
patrimonio moral de la humanidad. Utilizarlo para negar otras tragedias
contemporáneas no solo es una falta de respeto a las víctimas palestinas, sino
también a las víctimas judías del nazismo.
La memoria no puede ser selectiva. La ley no puede aplicarse solo a unos. Y
la dignidad humana no admite excepciones geopolíticas. Defender todo lo
contrario, como hace Ayuso en su discurso, no es honrar el pasado: es
traicionarlo.
Recordar Auschwitz exige una ética universal. Todo lo demás es propaganda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario