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Los dirigentes de la derecha española presumen de fe, de tradición y de
valores cristianos, pero cuando bajan del altar hacen política o incluso
gobiernan como si el Evangelio fuera un folleto publicitario |
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Los principales líderes de la derecha española,
Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal y la madrileña Isabel Díaz Ayuso,
hacen constantes manifestaciones públicas de catolicismo. En las pasadas
fiestas de diciembre incluso gastaron abundante munición mediática para
criticar a sus adversarios que las felicitaban en general y no como Navidad. Feijóo acaba de decir hace pocos días que los
ideales de su partido son «la libertad, la paz, la democracia, la
sostenibilidad, la defensa del Estado de Derecho y la tradición y la cultura
cristiana». Aunque Abascal afirma que su partido no es confesional y que en
él caben personas de diferentes creencias, en diversas ocasiones se ha
declarado expresamente católico. Y lo mismo ocurre, e incluso en mayor grado,
con Díaz Ayuso. En su último discurso navideño, dijo que «el nacimiento de
Jesús es un mensaje de amor y verdad» y que «ser católico es la antítesis de
ser racista o insolidario». La derecha española ha sido siempre de sacristía y
siempre ha presumido de alma limpia y conciencia recién planchada. Sus
líderes se santiguan en público, comulgan y hacen continua ostentación de fe.
Pero salen de las iglesias y acto seguido se ponen a mentir con tranquilidad
pasmosa. No exagero. Estos últimos días lo están haciendo sin
piedad, vergüenza ni límite para combatir no a la regularización de
inmigrantes en sí, sino al gobierno -según ellos enemigo de España- que ha
aprobado la medida (defendida entre otras instituciones por la Conferencia
Episcopal y las patronales de sectores en donde se emplea a mayor número de
trabajadores extranjeros). Denuncian los dirigentes de la derecha que la
regularización del gobierno de Pedro Sánchez modificará el censo electoral. Dejando a un lado que dan por hecho que los
inmigrantes regularizados votarían en masa a la izquierda -lo que desde luego
estaría por ver-, se trata de una afirmación mentirosa porque en España (como
en todos los países) sólo votamos los nacionales, y una cosa es regularizar y
otra nacionalizar. No cabe pensar ni por un momento que Feijóo, Ayuso y
Abascal y su plétora de asesores no sepan la diferencia entre ambos procesos,
de modo que es inevitable asegurar que están mintiendo a sabiendas. Los dirigentes de la derecha española presumen de
fe, de tradición y de valores cristianos, pero cuando bajan del altar hacen
política o incluso gobiernan como si el Evangelio fuera un folleto
publicitario que reparten para captar votos. Y no sólo mienten, sino que mantienen completamente
alterados los valores y principios éticos que cabe asociar con el
catolicismo. Se supone que ser cristiano es seguir a Jesús de Nazaret quien,
según el Evangelio de Mateo, dijo: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno
preparado para el Diablo y sus ángeles (…) era forastero, y no me
acogisteis». Feijóo, Abascal y Ayuso mienten y criminalizan sin
misericordia a las personas que trabajan a nuestro alrededor, empleadas allí
donde nosotros no queremos trabajar, o que vienen a suplir nuestra falta de
mano de obra. Y lo hacen, además de mintiendo, con inhumano desprecio, como
igualmente le sucedió a José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid, quien
también ha confesado en diversas ocasiones su ferviente catolicismo. En
noviembre de 2024 dijo: «He sido bendecido por el don de la fe», pero su
ayuntamiento prohibió que una ONG repartiera bocadillos a personas sin hogar.
A diferencia, como en los casos anteriores, de la enseñanza de Jesús: “… tuve
hambre, y no me disteis de comer». La fe católica de los dirigentes de la derecha
española es de quita y pon. Se la lleva el humo cuando se trata de ayudar al
débil o de repartir la riqueza: «Lo más grave de la ley es la justicia, la
misericordia y la fidelidad» (digo yo, que esta última también aplicada a la
verdad). La regularización de inmigrantes no da papeles
automáticos, no concede nacionalidad, no otorga derecho a voto, no convierte
a nadie en delincuente ni supone invasión alguna. Es simplemente un intento
-modesto y hasta tardío- de sacar de la clandestinidad a personas que ya
viven y trabajan en nuestro país, al que de esa forma ayudan a sostener y
hacer más grande y próspero. Pero mentir sale más barato que pensar, el miedo
moviliza más que la verdad y a estos dirigentes que presumen de católicos le
vale todo para acabar con sus adversarios. Ahora bien, si la fe de los Abascal, Feijóo y Ayuso
no parece muy coherente por todo esto que señalo, el príncipe de los
sepulcros blanqueados («¡escribas y fariseos, hipócritas!: por fuera parecen
hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda
podredumbre») es, sin lugar a dudas, el obispo de Orihuela-Alicante, José
Ignacio Munilla. Este va mucho más lejos. No sólo no se pronuncia con
las palabras de Jesús que he mencionado, ni habla como quien cree en ese Dios
justo y misericordioso, sino creyendo que él mismo es Dios omnisciente y que,
por tanto, dispone de la capacidad que ningún ser humano tiene: la de saber
las intenciones reales de cualquier otro y, en este caso, las de Pedro
Sánchez y su gobierno cuando proponen la regularización. Según este obispo, no la han aprobado por las
razones que han señalado: dar un justo estatus legal, seguridad jurídica,
derechos y una vía ordenada de integración a miles de personas que ya están
entre nosotros, la inmensa mayoría de ellas conviviendo aquí en paz y
generando riqueza; para favorecer la cohesión social y la dignidad humana,
permitiendo que ejerzan sus actividades legalmente y reciban las
contraprestaciones que legalmente les corresponda; para desarrollar una
política migratoria basada en derechos humanos, integración y convivencia, no
sólo compatible sino que impulsa el crecimiento económico; y para atender la
demanda ciudadana plasmada en una Iniciativa Legislativa Popular suscrita por
cientos de miles de firmas. No. El Obispo asegura que esta medida se ha tomado
como “estrategia para conseguir otros fines”, para hacer «patente el
desprecio de nuestros gobernantes hacia los pensionistas y hacia los
inmigrantes, a quienes utilizan como moneda de cambio…». Dijo Jesús en su Sermón de la montaña: «Guardaos
bien de los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados de oveja, pero
por dentro son lobos voraces. Por sus frutos los conoceréis». Por mucha Misa a la que vayan y organicen, por
muchas veces que comulguen y por muy abundantes que sean sus declaraciones de
fe, los dirigentes de la derecha española no pueden disimular cuáles son sus
actos reales. Por sus frutos se les puede conocer perfectamente y por eso se
les puede decir exactamente lo mismo que dijo Jesús a los fariseos: «Os
hacéis pasar por justos delante de la gente, pero vuestro interior está lleno
de hipocresía y maldad». Mucha misa, mucha comunión y mucho símbolo y actos
religiosos… pero poca justicia, poca misericordia y demasiada mentira. PD. Después de haber publicado este artículo, una
amiga me envía un video de hace unos años en el que se ve a Isabel Díaz Ayuso
declarando que no es creyente. Más engaño todavía. |
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