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jueves, 8 de enero de 2026

08/01/2026 - CÓMO ACABAR CON EL CALÍGULA DE LA CASA BALANCA

Las últimas decisiones del controvertido presidente generan inquietud y malestar entre algunos poderes fácticos del país

José Antequera 08/01/2026

El delirio expansionista de Trump tiene perplejos a políticos republicanos, funcionarios y altos mandos del Pentágono. Ni siquiera los halcones más duros y reaccionarios llegaron a pensar que el inquilino de la Casa Blanca fuese a llegar tan lejos como lanzar un ataque directo contra Venezuela para secuestrar a su presidente y amenazar con una confrontación bélica con Europa para arrebatarle parte de su territorio como es Groenlandia. La Plana Mayor del Ejército está dividida, y aunque prevalece el sector ultra, cada vez se alzan más voces internas que cuestionan un plan descabellado, el de “Potus” [President of The United States, tal como se comunica el personaje en las redes sociales], que puede llevar al desastre a la humanidad. Lo de ayer en aguas del Atlántico, donde barcos de la Marina estadounidense interceptaron un petrolero ruso, fue un incidente extremadamente grave del que se ha hablado poco. Más aún cuando ha trascendido que el buque iba escoltado por un submarino del Kremlin. Mientras millones de seres humanos seguían con sus vidas y con sus cosas, como si nada, las dos grandes superpotencias se situaban en DEFCON 2 (nivel de alerta bélica inmediatamente inferior al máximo).

Entre ese sector demócrata del Ejército yanqui que sigue respetando las enmiendas de la Constitución americana empieza a haber cierto runrún. Algunos se preguntan si al mando del poder hay un hombre en sus cabales o un mermado, alguien que ha perdido sus capacidades mentales. La avanzada edad del personaje, sus misteriosas enfermedades y su “carácter peculiar” han reabierto el debate. En las últimas horas Trump ha dado serias muestras de un comportamiento más extraño de lo habitual. Que un presidente hable abiertamente de gestionar él mismo el petróleo de Venezuela (un imposible en un sistema de mercado tan complejo como el de las grandes multinacionales capitalistas), que apunte a Groenlandia como su próxima conquista y esa espeluznante puesta en escena, el show de su última rueda de prensa, donde imitó al presidente francés Macron llevándolo a la caricatura más grotesca como un actor histriónico sobreactuado (sin complejo alguno al ridículo ni a la vergüenza ajena) han hecho sonar algunos teléfonos en el Pentágono. Es evidente que Trump pretende manejarse con ínfulas de cruel y sangriento emperador, maneras absolutistas de pequeño dictador, y eso no debe agradar a cierta parte de los poderes fácticos del país que aún confían en la libertad. Ya se sabe que nada más perjudicial para el libre mercado que un Deus ex machina intervencionista metiendo sus manos y sus narices en las cuentas de resultados de las compañías petroleras.

La democracia no es infalible y cuando falla, revolviéndose contra ella misma e inmolándose en el detritus demagógico populista, deben entrar en acción mecanismos correctores de supervivencia. Lo ha dicho, de alguna manera, el analista Antón Losada: “Trump recuerda a aquella serie Yo Claudio, con un Calígula que nunca sabías lo que iba a hacer”. La posibilidad de que una parte del Ejército de Estados Unidos se rebele contra un presidente con las capacidades mentales alteradas o de dudoso funcionamiento es extraordinariamente baja. El sistema constitucional, la cadena de mando, la cultura militar y los mecanismos legales de USA están diseñados precisamente para impedirlo. No hay indicios ni precedentes recientes que sugieran un escenario de ruptura militar. Pero un movimiento interno para deponer al líder de la nación no se puede descartar. Para llevar a cabo ese análisis es preciso entender cómo funciona realmente la cadena de mando en el ejército norteamericano. El presidente es comandante en Jefe, pero las órdenes militares pasan por el secretario de Defensa. Los jefes del Estado Mayor Conjunto no pueden actuar por su cuenta. Los mandos militares están obligados a obedecer órdenes legales, no personales. Existe un sistema de contrapesos civiles que supervisa cada decisión. Esto significa que ningún general puede “levantarse” militarmente sin violar múltiples leyes federales. Pero también significa que, si un alto mando entiende que la orden dada por la Casa Blanca puede vulnerar preceptos constitucionales o poner en grave riesgo la seguridad nacional, tiene mecanismos legales para el bloqueo.

El Ejército estadounidense es profundamente apolítico. A diferencia de otros países, las Fuerzas Armadas de EEUU tienen una tradición muy estricta de neutralidad partidista, obediencia constitucional y rechazo absoluto a intervenir en disputas internas. Hay total separación entre lo militar y lo civil. Los soldados estadounidenses no se consideran actores políticos, sino ejecutores de decisiones salidas de las urnas. Una asonada no ocurrió ni en los peores tiempos de la Guerra Civil, ni durante la crisis galopante del Watergate, ni siquiera durante los ataques yihadistas del 11S que pusieron en jaque al país. Y aunque el asalto al Capitolio por parte de las hordas trumpistas el 6 de enero de 2021 fue un violento intento de subvertir el orden vigente, algo inédito en la historia de la primera democracia del mundo, el Ejército se mantuvo dentro de los límites constitucionales.

Sin embargo, elementos subversivos en la sombra empeñados en meterse en política siempre los ha habido. En la película Siete días de mayo, de John Frankenheimer, se dibuja, ya en los años sesenta, un escenario en el que un grupo de militares toma parte en una conjura para derrocar al presidente. El argumento nos trae connotaciones de plena actualidad. En plena Guerra Fría, un enigmático general (interpretado por un prodigioso Burt Lancaster) pretende liquidar al máximo mandatario con un certero golpe de Estado. El inquilino de la Casa Blanca dispone sólo de siete días para encontrar pruebas que le permitan abortar la intentona. Quiere decirse que, por muy infalible que nos parezca el sistema político norteamericano, la pesadilla (o la solución, según), de una traición militar siempre ha estado presente en la sociedad americana. Ya ocurrió cuando el asesinato de JFK. Nunca llegó a demostrarse la implicación directa de los cuarteles, pero está ampliamente documentado por los historiadores que las fuertes tensiones entre el presidente Kennedy y ciertos oficiales del Pentágono, especialmente durante la invasión de Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles en Cuba, tuvo una influencia decisiva en la organización del magnicidio. Aquel momento histórico fue un reverso del que vivimos hoy. Al contrario que Trump, el entonces presidente era reacio a la doctrina Monroe y al uso del poderío militar contra otros países. El ambiente político en Washington se fue degradando hasta la putrefacción y hasta hacerlo propicio para el crimen, más teniendo en cuenta que al complejo industrial armamentístico, íntimamente conectado al Pentágono, le interesaba que JFK desapareciera del escenario.

¿Qué ocurriría, por ejemplo, si Trump diera una orden tan cuestionable como suicida como apretar el botón del maletín nuclear contra un país aliado europeo? Jamás perdamos de vista que por mucho que pretenda ejercer de nuevo Hitler posmoderno obsesionado con acabar con negros e inmigrantes a tiro limpio, el magnate neoyorquino es solo un hombre, un peón más en medio del monstruoso y complejo engranaje político estadounidense

 

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