La analista política convertida en el azote de la derecha es troleada cruelmente en las redes sociales y en los medios de comunicación
José Antequera 16/01/2026
“Para simples tus fotos enseñando los cocos con el escote hasta aquí. Luego
a partir de ahí hablamos de todo lo demás”. Ese fue el infame comentario que
una diputada del PP, Elisa
Vigil, lanzó contra la aguerrida analista política de la
izquierda Sarah Santaolalla en el
programa En boca de todos de Telecinco. La
política en España está llegando a límites degradantes inimaginables. Vox se creó para impregnar la vida pública de este país de odio,
bilis y mala educación. Y alguien en el PP cometió el error de adoptar el
manual trumpista de Santiago Abascal.
Ahora nos encontramos con las consecuencias: una monstruosa censora de la moral
nacionalcatolicista ensañándose con los “cocos” de una honrada trabajadora de
la información.
Hace tiempo que las mujeres del Partido Popular deberían haber dado un paso
adelante contra el machismo, no solo de sus compañeros, también el que anida en
algunas de ellas. Arrinconar a la machirula, tan peligrosa o más que el señoro,
es una tarea de regeneración que, por uno u otro motivo, no se ha terminado de
completar en Génova 13. En ese partido abunda el perfil de mujer que aún sueña
con el retorno al patriarcado franquista. El cásate y sé sumisa. El ama de casa
que está para lo que diga el marido cavernícola y talibán. La alienada que
renuncia a su vida por el bien de la familia, la santa que se entierra en vida,
que va a misa de doce (muy a su pesar) y que no se pinta ni se viste
libremente para que el maromo de turno no le suelte aquello de “no me gusta
que a los toros vayas con la minifalda”, que cantaba Manolo Escobar. Todo ese mundo rancio que parecía
felizmente superado tras medio siglo de democracia está más vivo que nunca por
culpa de una derecha entregada a Vox.
Resulta inconcebible que una profesional de la política en un país moderno
del siglo XXI se atreva a comparar el escote de otra mujer con “unos cocos”.
Para coco el que le falta a ella. Hemos llegado a un punto en que la historia
contemporánea, el renacer del fascismo, la deriva hacia el medievalismo, la
anaciclosis y la Tercera Guerra Mundial, solo puede
explicarse por la falta de cerebro, de sesera, de coco. Trump gobierna el mundo
como si se tratase de una agencia inmobiliaria, de ahí su falta de coco.
A Ayuso, otra con escaso cocamen, la pusieron ahí como
metralleta de soltar mil sandeces por segundo (mientras se habla de sus
payasadas, la Quirón hace caja y negocio con
la Sanidad pública). María Corina Machado se
postra servilmente ante el mafioso neoyorquino y
le regala su Premio Nobel, un indicio más de que
le falta un hervor. Y Julio Iglesias, de
confirmarse las denuncias de dos trabajadoras a las que presuntamente explotaba
como esclavas sexuales, también demostró poca cabeza, poca inteligencia, poco
coco. Falta tanto juicio en el mundo, tanta materia gris, tanto coco, que, la
alta representante de la Unión Europea, Kaja Kallas, ya ha tirado
la toalla: “Es un buen momento para empezar a beber”. Ahí ha estado bien la
mandataria de Bruselas, si a Trump le da por
lanzarnos sus misiles mucho mejor una botella de whisky que una máscara de
gas.
¿Cómo hemos llegado a este punto etílico en el que a millones de personas
parece habérsele vaciado el cerebro hasta perder el alma, la cordura y la
razón? Podríamos hablar de causas evolutivas, biológicas y alimenticias (las
mierdas que nos dan a comer y beber, más el aire contaminado que respiramos, no
debe ser nada bueno para el encéfalo). Pero, sin duda, es la filosofía la que
nos da las claves del fenómeno. Desde la llegada del trumpismo hasta la última
machirulada de Elisa Vigil hay un complejo proceso dialéctico. Marx avisó de que el capitalismo embrutece al ser
humano hasta convertirlo en un medio para la producción, no en un fin, de ahí
la alienación. Max Weber pensaba que la
racionalización extrema de la realidad, la burocracia, el materialismo, el
cálculo matemático y eficiente convierte a las personas en simples piezas de un
sistema. Marcuse, en El hombre unidimensional,
sostuvo que la sociedad industrial reduce al ser humano a la categoría de
obediente consumidor. Zygmunt Bauman alertó
de que el poder de la tecnología conduce a la indiferencia, al sufrimiento.
Y Hannah Arendt analizó la banalidad del mal, la
capacidad de cometer atrocidades sin reflexión moral, por obediencia o pura
rutina: la deshumanización surge cuando dejamos de pensar y comportarnos como
seres racionales. Todo ello podría resumirse en una frase mucho más coloquial y
pedestre: el personal ha perdido definitivamente el coco, la condición humana,
y vota a canallas que son lo peor.
A la gran Sarah Santaolalla no podemos hacer más que enviarle toda nuestra
solidaridad y nuestro apoyo, aunque no los necesita porque ella solita se basta
y se sobra para defenderse de una señora sin entendederas. Sus intervenciones
en las tertulias televisivas son incisivas, preclaras, sin una pizca de
concesión a lo políticamente correcto. Tiene mucho coco, sí, qué pasa, y además
es un torrente de verdades, una pura sangre del periodismo de opinión que no se
muerde la lengua. Por eso asusta tanto a sus enemigos de la derechona. Por eso
la ven como a la gran bruja de la izquierda que hace temblar los cimientos de
los poderes fácticos y del patriarcado. Si pudieran, la quemaban en la hoguera
como en los tiempos de la Inquisición. Ánimo
Sarah, ladran luego cabalgamos.
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