ARTURO PÉREZ-REVERTE 30/01/2026
Quedó demostrado en Sevilla: noventa años después de la Guerra Civil,
cierta España sigue fiel a sus peores vicios. Otros pueblos evolucionan,
aprenden, archivan traumas y los estudian con rigor. Nosotros los sacamos en
procesión, les ponemos un lazo azul o rojo y se los restregamos en la cara al
vecino. Después llega un aniversario casi redondo, y en vez de servir para un
ejercicio de concordia, reflexión o simple decencia, nos sirve para otra
refriega de tertulia, pancarta y eslogan. España cañí.
El problema principal no es la mala leche, que la hay,
sino la alarmante falta de lecturas de todo cristo. Basta con escuchar a unos y
otros
Buena parte de los políticos y muchos de sus sicarios se ven felices con la
gresca. La izquierda, porque llamar fascista a quien discrepa ahorra argumentos
y simplifica el discurso; la derecha, porque carece de soporte intelectual y
está a lo que caiga; la extrema derecha, porque todo lo arreglaría
desempolvando el brazo incorrupto de Queipo de Llano; la extrema izquierda,
boicoteando cuanto no encaje en el negocio del que vive y quiere seguir
viviendo; y los nacionatas periféricos, porque cada costura que cruje los pone
cachondos. Pero el problema principal no es la notoria mala leche, que la hay,
sino la alarmante falta de lecturas de todo cristo. Basta con escucharlos
cuando hablan, e incluso cuando callan –en Sevilla han callado y hecho callar
miserablemente unos cuantos–. Casi nadie ha leído un carajo, pero todos opinan
como si hubieran estado en Brunete, en el Ebro, en las cunetas andaluzas o en
Paracuellos.
Lo hemos comprobado estos días. La izquierda en su versión más extrema y
analfabeta –la que más ruido hace– maneja la Guerra Civil como un cómic de
Marvel: rojos buenos, fachas malos, una Arcadia feliz rota por obispos,
banqueros y villanos con gomina y bigote. Todo cuanto no encaje en ese tebeo es
blanquear a nazis. No hay matices, no hay contexto. La Historia para ellos no
es una disciplina sino un cuento de hadas y hados. Y cuanto menos la conocen,
más fuerte gritan. Leer a historiadores serios es sospechoso, citar datos es
provocación. Recordar que hubo atrocidades en ambos bandos es de repugnantes
fachas.
Pero que nadie se confunda: la derecha no es mejor. Deambula igual de
perdida, pero anémica. Incapaz de articular un discurso intelectual sólido,
sólo contribuye con torpeza y falta de honradez. Donde haría falta lucidez,
ofrece miedo a molestar o simplezas de colegio. Salvo contadas excepciones, la
derecha española es incapaz de comentar su pasado o el de otros sin parecer
culpable, acomplejada o tonta del ciruelo. En vez de argumentar, balbucea. En
vez de leer, improvisa. En vez de explicar, elude. Y a menudo, cuando abre la
boca, es para decir alguna gilipollez que refuerza el recochineo adversario. El
ruido la supera.
Luego tenemos a la extrema derecha, eco absurdo de un pasado que se obstina
en no dejar morir: banderas con la gallina, gente que habla del 36 con una
nostalgia asombrosa, como si el Caudillo fuera un entrañable abuelito cuya
ausencia lamentan. Para ellos la Guerra Civil no fue una compleja tragedia
desencadenada por un golpe militar ilegal e ilegítimo, sino una cruzada. Su
idea de reconciliación nacional consiste en decir que la cosa estaba muy chunga
y hubo que enderezarla a sangre y fuego. Es el reverso exacto de la extrema
izquierda: misma ignorancia, misma estolidez, distinto uniforme. Dos caras del
analfabetismo ibérico gritándose desde extremos opuestos mientras el país se
queda en medio, harto y aburrido.
Y claro. No podían faltar los periodistas sectarios que no han dado una
noticia en su vida, pero opinan según les llenan el pesebre. No leen, no
contextualizan, no dudan: editorializan disfrazando la opinión de noticia. Y se
lanzan al espectáculo con maneras previsibles para confirmar al espectador lo
que ya sabemos de todos ellos. Aquí no se cierran heridas porque mucha gentuza
vive de atrincherarse en ellas para dividir, señalar, movilizar. Pocos se
atreven a decir lo obvio: que fue una catástrofe colectiva desencadenada por un
sector del Ejército, que no hubo pureza moral, que la matanza fue general, que
hubo héroes e hijos de puta en ambos bandos, y que usarla hoy como arma
política es una forma repugnante de insultar a quienes –nuestros padres y
abuelos– se vieron atrapados en aquel disparate.
Y así estamos, noventa años después: una izquierda irresponsable, una
derecha incompetente, una extrema derecha que sueña con dictadores y una
extrema izquierda que, si pudiera, haría listas de candidatos para la checa.
¿Por qué? La respuesta es tan española que da náuseas: porque casi un siglo
después seguimos prefiriendo el eslogan al libro, el grito al argumento y el
pasado como arma en lugar de como lección. Sean ustedes bienvenidos a nosotros
mismos.
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