CRISTINA FALLARÁS 06/01/2026
El pasado 28 de mayo de 2025, el representante del Estado de Palestina ante
la ONU, Riyad Mansour, se quebró. Fue durante su intervención pública ante el
Consejo de Seguridad. Hablaba de "las imágenes de madres abrazando los
cuerpos inmóviles" de sus criaturas, "hablando con ellas, pidiéndoles
disculpas"… El folio temblaba en sus manos. De pronto, se quedó en
silencio. Apretó los labios como para cerrar el paso a las palabras, pero era
impotencia. Lentamente, alzó el puño y lo dejó caer sobre su trozo de escritorio.
"Es insoportable", dijo con la voz entrecortada por el llanto.
Se llevó la mano a la frente, bajó la cabeza, se tapó los ojos por encima de
las gafas y, en esa postura, lanzó una pregunta que deberíamos repetirnos a
diario: “¿Cómo alguien puede tolerar este horror?”. La mano
derecha se crispó sobre su cara. A su alrededor, el silencio de los
silenciosos.
Mansour
se rompió en aquel momento con encomiable pundonor, temblando de rabia
e impotencia. Su gesto dio la vuelta al mundo pero no modificó nada. En
otros momentos de la Historia, la intervención del representante palestino
quebrándose de dolor habría marcado un hito memorable, uno de esos instantes
que permanecen en el imaginario colectivo y se vuelven a reproducir de vez en
cuando para recordarnos nuestro papel en el horror de lo que sucede. Sin
embargo, pasó sin dejar huella, como las imágenes de los asesinatos de
gazatíes en las colas de avituallamiento, como los bombardeos, los cuerpos
de las criaturas masacradas, los hombres y mujeres asesinadas.
La
Unión Europea participó del genocidio perpetrado en Palestina ensimismada
en su opulenta ineficiencia, por un lado, y en su manifiesta decisión de no
frenar el horror, por otro. España ha reanudado sus actividades comerciales con
Israel, si es que alguna vez las cesaron en serio. Ya nadie mira hacia allá. Y
deberíamos. Deberíamos porque Gaza marca un antes y un después en
nuestra consideración sobre lo que somos. Después de Gaza, cualquier cosa es
soportable.
Nos
vamos amoldando a las circunstancias que nos rodean. Podríamos decir que nuestra
existencia discurre entre lo óptimo y lo insoportable. En eso
consiste, en resumidas cuentas, lo que llamamos vivir. Pero tanto lo óptimo
como lo insoportable son consideraciones que van mutando con el tiempo. La
esclavitud, el trabajo o la prostitución infantil, la pederastia, que en su
momento fueron prácticas no sólo habituales sino incluso “correctas”, hoy nos
parecen intolerables. En el extremo opuesto, hoy lo “óptimo” para una familia
es, en algunos casos, encontrar una habitación en la que poder hacinarse bajo
techo.
El
secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, la pantomima de juicio, la ocupación
de Venezuela por parte de Estados Unidos, la evidencia de que Trump ha roto con
nuestra idea de la democracia y de los derechos, tanto individuales como
colectivos o internacionales, todo ello entra dentro de lo que Europa ya
tolera. Por eso no sucede ni sucederá nada. Después de Gaza, la Unión
Europea —¿o sea, nosotras?— ha ampliado su umbral de tolerancia hasta la
masacre de un pueblo. De ahí no se vuelve.

No hay comentarios:
Publicar un comentario