Un juez federal paraliza la deportación del pequeño ecuatoriano de cinco años detenido por los secuaces del ICE a las órdenes de Trump
José Antequera
28/01/2026
Hasta hace unos días, Liam Conejo Ramos era
un niño feliz. Vivía con su familia, iba a la preescolar en las Escuelas Públicas de Columbia Heights, en los suburbios
de la populosa Minneapolis, y jugaba con sus
amiguitos en el recreo. Por la mañana temprano, un desayuno austero, mochila
de Spiderman, gorro de lana azul con cordones para
combatir el frío, chaqueta de cuadros y al cole. Lo normal en un pequeño de
cinco años. No era rico, los sábados no lo llevaban a jugar al golf o al
béisbol como a los demás chicos anglosajones y Santa
Claus siempre pasaba de largo por Navidad. Lo dicho, un chaval de los miles que pululan a
diario por el barrio. Pobre, pero libre.
En la casa de Liam Conejo Ramos no había lugar para lujos, todo eran
estrecheces. Su padre, Adrián Alexander Conejo Arias,
un inmigrante ecuatoriano indocumentado, esperaba el momento de que le
concedieran el derecho de asilo. Esa sería la puerta al sueño americano tan
caprichoso como cruel. Y sumergido en ese sueño de esperanza, que su papá
lograra el ansiado papel, se acurrucaba en la cama y se quedaba dormido cada
noche. El frío se colaba por las rendijas de las ventanas, pero en la familia
nunca había dinero para la estufa de gas. Ni dinero, ni ayuda de ningún tipo
del Gobierno. Por lo visto, o eso había oído en la escuela, la culpa la tenía
un señor rubio, una especie de Tío Gilito con
muy mala leche y siempre enfadado que estaba todo el rato en la televisión
soltando insultos y palabras feas. Liam no entendía por qué aquel hombre que
tenía dos casas enormes, un castillo blanco en Washington
DC y una mansión rodeada de palmeras en Florida, los odiaba
tanto a él, a su padre y a los de su clase que no tenían nada en el mundo. Liam
no entendía por qué el reverendo Brown decía que
los ricos tenían que compartir sus riquezas con los pobres, pero nadie le hacía
caso. Liam no comprendía nada. A él le gustaba el Tío Gilito de los cómics,
pero este otro de la tele era bastante menos simpático y divertido. Le daba
miedo.
La habitación se iluminaba con el resplandor del cartel de neón rojo del
taller de Chuck, un rayo de luz intermitente
que, aunque molesto, no le impedía dormir. Por la noche, el cuarto se congelaba
como una nevera (no la de su padre, que siempre estaba averiada), pero cuando
Liam se quedaba profundamente dormido, cansado del cole, el frío desaparecía y
su imaginación le hacía revivir películas más apasionantes que la vida misma.
Entonces soñaba que Spiderman se
descolgaba por la ventana cabeza abajo, empujaba el cristal hasta abrirlo y,
dejando entrar una niebla gélida, le decía: “Hey chaval, ¿quieres venir conmigo
a dar una vuelta?” Liam había leído el cuento de Peter Pan y sus viajes al País de Nunca Jamás, donde los niños no crecen y todo
es diversión y aventuras, pero aquel personaje le resultaba mucho más
atractivo. Entusiasmado, Liam siempre aceptaba la invitación del hombre araña,
que lo levantaba del suelo como si nada, se lo colocaba a caballo con una
fuerza increíble y despegaba con él a cuestas como un cohete.
Ambos volaban por los rascacielos de Nueva York, también
sobre la Trump Tower, a la que Liam y Spiderman, entre
carcajadas traviesas y desde lo alto del cielo, le sacaban el dedo corazón con
desprecio. Fuck you. Se lo pasaba bomba con su
superhéroe favorito, lanzaban la telaraña pegajosa y planeaban durante horas,
saltos y brincos, vuelos acrobáticos y requiebros aéreos, hasta que todo se
desvanecía y el sueño agradable se convertía en pesadilla. Su padre le había
hablado del coco, un tipo monstruoso que irrumpía en las casas en medio de la
noche para llevarse a los niños malos. Solo que el coco no iba vestido como un
leñador de harapos raídos y aliento fétido, sino como un forzudo soldado con
casco, casaca de guerra y chaleco antibalas. Un soldado con el rostro tapado
que dejaba al descubierto unos ojos azules como de lobo hambriento. Un soldado
con un escudo adosado en el pecho que ponía ICE. Enseguida pensó
que aquel “hombre de hielo” no tendría compasión de él. Soñó que el soldado lo
sacaba de su casa, lo metía en un coche de la policía y se lo llevaba a otra
parte, no precisamente al País de Nunca Jamás.
Al poco tiempo, pasaban por una enorme puerta bajo un cartel (Prisión de San Antonio, Texas) donde no había piratas,
ni indios, ni sirenas, ni hadas, solo más soldados con la cara tapada, más
miradas feroces, más niños como él, niños de tez morena, niños separados de sus
familias, niños tristes como si les hubiesen arrancado el alma de cuajo. Sintió
miedo, mucho miedo. ¿Dónde estaba su padre? ¿Lo habrían devuelto al Ecuador por
no tener el maldito papel? ¿Se lo había llevado también el coco? ¿Lo habrían
conducido al castillo del hombre rubio siempre enfadado? Un niño no debería
estar en una cárcel, pensó. Fue cuando otro chiquillo latino, preso como
él, le contó la historia de un viejo mago de cabello blanco, igualito
a Gandalf, que se había conjurado contra el ejército de
orcos, de hombres de hielo del ICE. Entonces Liam recordó que su padre le había
hablado, no de ningún hechicero, no de ningún brujo o mago, sino más bien de un
juez bueno (de los pocos que quedaban ya en el país) capaz de enfrentarse a
aquel ser malvado y rubio que, por lo visto, nunca había sido niño.
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