|
|
|||
|
Vivimos una paradoja cada vez más evidente. La UE,
tal como está diseñada y gobernada, ya no cumple las funciones históricas que
justificaron su creación |
|||
|
|||
|
En Europa vivimos una paradoja cada
vez más evidente. La Unión Europea, tal como está diseñada y gobernada, ya no
cumple las funciones históricas que justificaron su creación. Reconocer este fracaso no puede
conducir al rechazo de Europa como espacio político. Al contrario, debe
llevarnos a una conclusión más incómoda para quienes se dejan llevar por el
prejuicio y la inercia, pero precisamente por eso más fecunda y necesaria.
Europa no sirve como está. Y, sin embargo, Europa es hoy más necesaria que nunca. Esta es la realidad que conviene
afrontar sin autoengaños. La Europa que ya no sirve La Unión Europea que ha fallado es la
que dejó de ser un proyecto político al servicio de la ciudadanía y fue
capturada por grandes corporaciones, capital financiero, lobbies
empresariales y una clase dirigente que acabó construyendo una arquitectura
institucional pensada para blindarse frente a los pueblos a los que decía
representar. No fue una desviación puntual, sino un
cambio estructural. La integración europea se orientó deliberadamente hacia
la creación de un gran mercado sin ciudadanía política equivalente. Se
integraron los capitales, pero no los derechos. Se unificaron las finanzas,
pero no los salarios, la fiscalidad ni los sistemas de protección social. Se
consagró la libre circulación de mercancías y dinero, mientras se fragmentaba
la soberanía democrática. El resultado es una Unión eficaz
cuando se trata de proteger intereses corporativos y lenta, cuando no hostil,
a la hora de proteger a las personas. La Unión Monetaria es el ejemplo más
claro de este diseño. El euro no fue concebido como instrumento de
integración solidaria, sino como mecanismo disciplinario. Sin unión fiscal,
sin presupuesto común relevante, sin mutualización de riesgos y sin un banco
central al servicio del empleo y del bienestar, la moneda única no podía
generar convergencia. Y no lo hizo. Las divergencias productivas y sociales
han aumentado. El euro no ha unido a Europa: la ha jerarquizado. A esta disfunción interna se ha
añadido una subordinación geopolítica creciente. La Unión ha renunciado a
actuar como actor autónomo justo cuando Estados Unidos dejaba de comportarse
como aliado fiable. Al mismo tiempo, se ha permitido el deterioro del
contrato social: crisis de vivienda alimentada por la financiarización,
precarización laboral crónica, aumento de la desigualdad y transición
ecológica subordinada a intereses corporativos. A ello se suma una quiebra ética. La
Unión Europea usa una constante doble vara de medir en materia de derechos
humanos. A los bancos se les rescata con rapidez y generosidad, a quienes
sufren se les trata con tacañería burocrática. Hay silencio ante el genocidio
del pueblo palestino; ante otros, defensa sin reservas. Ese comportamiento ha
erosionado gravemente la autoridad moral de la Unión. Una Europa que proclama
valores universales, pero los aplica de forma selectiva pierde legitimidad
dentro y fuera. No es extraño que, en estas
condiciones, crezca el rechazo ciudadano. La Europa que necesitamos Dejar que este diagnóstico conduzca al
euroescepticismo o al repliegue nacional es un gran error histórico.
Precisamente porque la Unión Europea no sirve en su forma actual, Europa es
ahora más necesaria que nunca. Ningún Estado europeo dispone por sí
solo de la escala necesaria para defenderse y frenar la deriva destructiva y
cada vez más incompatible con la democracia del capitalismo global, para
disciplinar a las grandes plataformas tecnológicas, garantizar autonomía
energética, sostener un modelo social avanzado o desempeñar un papel
relevante en la prevención de conflictos. En el mundo actual, la soberanía
efectiva es continental o no lo es. Como advirtió Karl Polanyi, cuando la
economía se desincrusta de la sociedad y opera a escala supranacional sin
control político equivalente, la democracia queda inerme. La respuesta no
puede ser el repliegue, sino la reconstrucción de lo político en la misma
escala en la que actúan los poderes económicos. Y hoy día esa escala es
europea. Europa es imprescindible también
porque el mundo ha entrado en una fase de inestabilidad estructural por la
proliferación de conflictos armados, la crisis climática acelerada, el
declive del multilateralismo y el avance del autoritarismo. En este contexto,
la jibarización de Europa en beneficio de los Estados nacionales no abriría
espacios de emancipación, sino vacíos que serían ocupados por fuerzas menos
democráticas o más violentas. Europa sigue siendo uno de los pocos
espacios del mundo donde existe una memoria institucional de la paz como
proyecto político. Esa experiencia, ciertamente, no garantiza nada, pero
ofrece un punto de apoyo que no existe en otros lugares. Otra Europa, sostenida sobre otros
principios y políticas, puede ofrecer una alternativa civilizatoria entre el
autoritarismo y el neoliberalismo depredador: no un imperio, no un satélite,
no un simple mercado, sino un proyecto político basado en democracia,
derechos sociales, cooperación y paz. Europa dispone además de capacidades
reales que hoy utiliza de forma insuficiente: poder regulatorio, capacidad
normativa, peso comercial, liderazgo tecnológico y experiencia en sistemas de
bienestar. Como ha señalado Jürgen Habermas, el problema europeo no es la
ausencia de recursos, sino la falta de voluntad para convertirlos en poder
democrático efectivo. De la necesidad a la virtud: los cambios
imprescindibles Que Europa sea necesaria no significa
que lo vaya a ser automáticamente. La necesidad solo se convierte en virtud
si se producen cambios profundos y deliberados, tanto a escala de la Unión
como en el interior de los Estados que la componen. Antes incluso de los cambios
institucionales, económicos o geopolíticos, Europa necesita reconstruir el
vínculo emocional con los pueblos que la componen. No se trata de una consideración
previa puramente retórica, sino la condición de posibilidad de cualquier
proyecto político democrático. No hay comunidad política sin afecto.
No hay proyecto compartido si la Unión es percibida como una máquina de
imponer sacrificios y disciplinar democracias. Europa solo será viable si
protege antes de exigir, si cuida antes de sancionar, si escucha antes de
imponer. Europa conoce bien el precio de la
barbarie y sabe, o debería saber, que no hay estabilidad sin justicia social,
bienestar y buen gobierno. No puede haber paz sin derechos. Y hoy día esos
están siendo sistemáticamente erosionados. El segundo cambio es político y
democrático. Europa necesita una auténtica unión política con poder
democrático real que implica: una Comisión sometida a control parlamentario
efectivo, un Parlamento Europeo con plena capacidad legislativa y de
iniciativa y un Banco Central Europeo con el mandato explícito de impulsar la
creación de empleo, cohesión social y transición ecológica. Sin democracia paneuropea real, no hay
ciudadanía europea. Y sin ciudadanía, no hay proyecto compartido. El tercer cambio es económico y
social. La Unión no puede seguir siendo solo monetaria. Es imprescindible la
unión fiscal, un presupuesto común relevante, mecanismos permanentes de
mutualización de riesgos, armonización social mínima en salarios, derechos laborales
y protección social, y políticas sectoriales conjuntas diseñadas como
instrumento de convergencia y progreso productivo. La Europa basada exclusivamente en
mercados que, para colmo, son muy imperfectos ha terminado convertida en un
espacio de desconfianza mutua. La integración solo puede sostenerse sobre la
protección compartida. Un cuarto cambio es estratégico y
geopolítico. Europa necesita autonomía real en energía, industria, tecnología
y en política exterior y de seguridad. No para convertirse en una potencia
agresiva más, sino para no ser rehén de potencias externas. Cada día está más claro: la paz
europea no puede depender indefinidamente de la subordinación a intereses
ajenos ni del rearme sin proyecto político común. El quinto cambio es normativo: el
bienestar, la cohesión social, la sostenibilidad de la vida y la democracia
deben situarse explícitamente por encima de los balances empresariales y los
indicadores financieros. Sin ese cambio de prioridades, cualquier reforma
será cosmética. También han de cambiar los Estados
miembros Nada de lo anterior será posible si
los Estados siguen utilizando a Europa como coartada para justificar recortes
o evitar responsabilidades. Deben democratizar su relación con la UE,
implicar a parlamentos y ciudadanía y construir alianzas transnacionales
estables. Además, deben reforzar sus propios
Estados sociales. Sin sociedades cohesionadas no hay base social para un
proyecto europeo democrático. La Europa social no se construye solo en
Bruselas. Por último, los Estados deben asumir
un papel pedagógico. Europa no puede seguir siendo un ente abstracto, opaco y
distante. O se convierte en un espacio comprensible, discutido y apropiado
por la ciudadanía, o seguirá siendo percibida como una estructura ajena y
hostil. Lo que puede hacer que Europa cambie La objeción más frecuente a cualquier
propuesta de transformación profunda de la Unión Europea es siempre la misma:
no es realista. Las correlaciones de poder actuales, el diseño institucional,
la captura corporativa y la debilidad democrática parecen hacer quimérico
cualquier cambio de fondo. Es cierto, pero también lo es que esa
objeción parte de un error de perspectiva. Puede parecer poco realista porque
lo que falta es un motor político capaz de hacerlo. Lo que sí es irrealista es pensar que
las actuales élites políticas y tecnocráticas (con quienes ahora mismo se
confunde Europa) van a impulsar una transformación de este calibre. Como
advertía Antonio Gramsci, las clases dominantes no renuncian voluntariamente
a las estructuras que garantizan su poder. Los cambios de época surgen de
crisis de hegemonía. La realidad es que Europa está
entrando en una y el impulso para aprovecharla y redirigirla hacia el cambio
democrático de Europa no vendrá “desde arriba”, ni tampoco del repliegue
nacional. El motor necesario solo puede surgir
de una convergencia transnacional de fuerzas sociales, políticas y
culturales, impulsada por cuatro procesos que deben orientarse
deliberadamente hacia la transformación democrática de Europa. En primer lugar, el malestar social
estructural, resultado directo del modelo europeo actual, debe encontrar una
salida democrática, capaz de frenar su deriva hacia el autoritarismo. En segundo lugar, la creciente
conciencia de impotencia nacional, cuando se hace evidente que muchos
problemas no pueden resolverse a escala estatal, debe traducirse en exigencia
política de otra Europa, y no en repliegue reaccionario. En tercer lugar, las redes sociales,
sindicales y cívicas transnacionales ya existentes -movimientos por el clima,
plataformas por la vivienda, defensa de los servicios públicos,
organizaciones de derechos digitales, sindicalismo europeo- deben
consolidarse como embriones de un nuevo sujeto político europeo. Finalmente, las minorías políticas con
visión postnacional, tanto en las izquierdas como en sectores democráticos
del centro, deben confluir en un proyecto común que asuma que la alternativa
no es menos Europa, sino otra Europa diferente. En todo caso, no se trata de provocar
rupturas súbitas. No podrá haber cambios radicales de la noche a la mañana,
sino un proceso conflictivo y discontinuo, con avances y retrocesos, que
deberá apoyarse en coaliciones de países dispuestos a avanzar, desobediencias
selectivas a normas incompatibles con la cohesión social y reformas
nacionales que arrastren a otras. No necesitamos menos Europa, sino otra
diferente. Y cuanto más tarde llegue, mayor será el precio económico, social,
democrático y moral que paguemos. |
No hay comentarios:
Publicar un comentario