El presidente norteamericano presume de haber dado un golpe de Estado en Venezuela solo para "proteger" sus reservas de crudo
José Antequera 03/01/2026
Trump ha enviado un mensaje al mundo:
cuidado, que cualquiera puede seguir el mismo camino de Maduro hacia el corredor de la muerte. Y no solo
los capos y señores de los cárteles de la droga. Todo aquel que no esté con él,
es su enemigo. Esa es la nueva doctrina Trump, que viene a sustituir a la
vieja doctrina Monroe. Su rueda de prensa en la que dio a
conocer los detalles sobre la operación para derrocar el régimen chavista fue
sencillamente delirante. Un sublime retrato del paleto narcisista para la posteridad.
“Él y su mujer van a asumir responsabilidades”, dijo el presidente
norteamericano erigiéndose, no ya en el gran gendarme del mundo, sino en el
matón de barra de bar que está por encima del bien y del mal, por encima del
Derecho internacional.
El magnate neoyorquino afirmó que quiere “paz, libertad y justicia para el
gran pueblo de Venezuela”. Y lo dice mientras
aparca la Sexta Flota frente a las
costas caribeñas y envía a sus marines, con alevosía y nocturnidad, a arrestar
a personas sin ninguna garantía jurídica que avale la detención. Trump es ese
hombre que no necesita jueces ni leyes. Él es el juez. Él es la ley. La
antítesis de la civilización. Le basta y le sobra con el cartel de Wanted. Para algo es el gran cacique global. A falta de
legitimidad y de respaldo legal para su golpe a la caraqueña, su rueda de
prensa fue lo de siempre, más de lo mismo. Frases rimbombantes sobre la
grandeza de la nación americana, manidos clichés patrióticos y muchas mentiras.
“Nadie ha podido conseguir lo que hemos conseguido, que todas las capacidades
militares de Venezuela hayan sido doblegadas por la fuerza de Estados Unidos”,
aseguró el inquilino de la Casa Blanca. En realidad, Venezuela no es enemigo
para nadie. Y mucho menos después de que la CIA haya comprado
las voluntades de los generales chavistas proclives a la traición. Nadie se
cree que un puñado de marines pueda entrar en la mansión del dictador caribeño
sin pegar ni un solo tiro y llevárselo detenido y esposado para Nueva York. Ha tenido que haber colaboración interna.
Conspiradores, conjurados, traidores.
“Ha sido un asalto espectacular como no se había visto desde la Segunda Guerra Mundial”, proclamó mientras parecía que
en algún momento iban a sonar las fanfarrias del emperador. Pero más allá de las
alharacas de Trump y de sus fuegos artificiales retóricos para justificar un
golpe de Estado (de eso sabe mucho, ya organizó uno aquel día del asalto
al Capitolio de infausto recuerdo para la democracia
norteamericana), llama la atención que en su rueda de prensa haya asumido sin
complejos que lo que le interesa a él no es la seguridad global, ni la paz y la
estabilidad regional, ni restablecer la democracia en Venezuela colocando a un
títere de su cuerda como María Corina Machado.
Todo lo ha hecho por lo mismo que lo hicieron tantos y tantos dictadores a lo
largo de la historia. Por riqueza y tesoros, por dinero y tierras. Por money. En este caso, por el preciado oro negro.
Venezuela es uno de los principales productores de crudo del planeta y Trump no
podía consentir que Maduro estuviera haciendo más negocio con Putin que con él. “Nos estaba robando el petróleo,
tendrá que responder ante la Justicia”, sentenció el presidente de Trumpilandia
convertido en juez y parte, además de en comisionista e intermediario, ya que a
buen seguro sacará tajada de este golpe en medio de la noche y dejará que sus
amigos del gremio de petroleros se lleven su parte también.
George W. Bush Junior, que era medio idiota
pero no un primo, mintió con las armas de destrucción masiva para invadir Irak de modo que las grandes multinacionales
yanquis pudieran explotar las reservas de crudo del maltratado pueblo iraquí. Y
para convencer a la opinión pública estadounidense encargó a su lacayo
general, Colin Powell, que rellenara un frasquito con el
supuesto ántrax de Sadam Husein (más
falso que falso) y lo mostrara ante la ONU. Este otro
aprendiz de autócrata que es Trump no necesita ni siquiera una coartada
convincente. Invade un país soberano, se mete en casas ajenas y declara
inaugurada la gran fiesta de los vampiros trajeados de Wall Street. “El capitalismo se ha convertido en el
manual del fascismo”, dice el artista y genio de la performance Paul McCarthy.
Cada frase de Trump de su estrambótica rueda de prensa es para enmarcar.
Eso de que “hay mucha riqueza en Venezuela y queremos protegerla” es propio de
un líder populista demagógico votado por millones de imbéciles. El charlatán no
engaña a nadie. Suelta su verborrea entre los desesperados e incautos y deja
que el elixir actúe, que agujeree las neuronas de la gente como un agente
corrosivo. No deja de tener su gracia que se presente como el mazo contra el
narcosatánico Maduro, como el gran libertador y salvador de los yonquis
yanquis, cuando todo Estados Unidos es, en sí mismo, un gran laboratorio de
drogas de diseño, un inmenso fumadero de opio, y quien no lo crea es que no ha
visto Breaking Bad, donde se
explica cómo se forja, hoy por hoy, el sueño americano. Si una simple cirugía
de cataratas cuesta 5.000 dólares, una operación de apendicitis más de 10.000 y
un reemplazo de rodilla hasta 50.000 machacantes, por culpa del modelo
sanitario privatizado, se entiende perfectamente que los norteamericanos estén cayendo
en el contrabando como forma de salir de la pobreza o en el chute barato de
fentanilo para olvidar. “El dictador Maduro era el líder de una gran red de
narcotráfico bastante mortífera, ha liderado el Cartel de
los Soles y es responsable de la muerte de muchos americanos”,
espeta Trump de dictador a dictador. Como si él nunca se hubiese relacionado
con los ejecutivos agresivos del crack. Como si él no hubiese visto correr a
raudales y en bandeja de plata, en las doradas fiestas de Epstein, de los brókeres y la jet, a la dama blanca
dulcemente letal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario