Periodista y escritora
El
domingo hacia el mediodía cogí un tren en Ourense, un Alvia, para llegar a
Madrid. Allí hice transbordo a otro, esta vez un AVE en dirección Barcelona. A
veces tengo la sensación de que paso más horas en los trenes que en mi propia
casa. Conozco a camareras y camareros con los que voy coincidiendo, a las
personas que te revisan el billete para acceder al vestíbulo, a quienes se
encargan de los escáneres. Estas pasadas navidades, en mi ciudad, me saludó un
hombre que me resultaba conocido, pero no atinaba a recordar de dónde. Me
presentó a su mujer y a otra pareja que les acompañaba. Después de unos minutos
de charla, y por sus alusiones a mis muchos viajes, caí en la cuenta de que era
uno de los revisores de billetes para acceder a la alta velocidad en Sants.
El
domingo subí a mi Alvia en Ourense y me tocó sentarme junto a una muchacha que
intentaba dormir abrazada a su anorak. Una nunca sabe si acabará entablando
conversación con la persona que te toca al lado. Quienes viajamos habitualmente
—yo hago unos cuatro trayectos semanales de media— sabemos que no vale eso de
“yo no hablo con nadie”. Por eso no me sorprendió cuando la chica emergió de
debajo de su prenda para expresarme su incomodidad y su frío con cálida
naturalidad. Es cierto que a menudo hace mucho frío en los trenes, pero no era
el caso, y así se lo dije. “Es que no he dormido aún”, me respondió.
Poco
a poco, entre unas frases y otras, entendí que la noche anterior se había
despedido de su gente porque se trasladaba al sur, y parece que su agenda de
despedidas era nutrida. Tenía el mal cuerpo propio de las mañanas en las que
una no ha dormido la fiesta y, en esas condiciones, se sube a un tren para un
trayecto largo. Ambas íbamos a Madrid. De ahí, yo iba a tirar hacia Aragón y
ella, hacia Andalucía. Los transbordos son una lata en los viajes largos, sobre
todo desde hace algún tiempo.
Antes,
cuando no operaban en España los Ouigo ni los Iryo, la puntualidad de los
trenes de alta velocidad era sorprendente. Hasta el punto de que Renfe te
abonaba el billete (o una parte) si sufrías un retraso de 15 minutos. Pero no
ha cambiado sólo la puntualidad, sino algo más difícil de definir. Lo llamaron
“liberalización” de la alta velocidad y se nos vendió la idea de un
abaratamiento de billetes que duró poco. Lo que acabó llegando, para las
viajeras y viajeros, es la sensación de que algo no está bien ajustado, de que
cada viaje es la conclusión de un ligero desbarajuste. En los vestíbulos de las
estaciones suele cundir una confusión sin interlocutores. Donde antes se
mostraba claramente la vía de salida de tu tren, ahora no aparece nada hasta
poco antes de la partida, y no es extraño que la gente se apelotone en los
accesos con el vértigo de quien duda si el tren le acabará dejando en
tierra. Llegado el momento, pocos minutos antes de la hora señalada, se abren
varias puertas, se agita al pasaje y se apremia a todo el mundo a voces.
Resulta
habitual en los últimos dos o tres años viajar con la sensación de que algo no
encaja, de que el tren no va a salir ni llegar puntual, algo que sucede a
menudo. Pero no es exactamente eso. Por encima de todo ello, sobrevuela una
sensación de que algo no está bien encajado.
Pensé
en todo lo anterior en cuanto conocí la terrible noticia del accidente
ferroviario del domingo. También pensé en mi compañera de viaje, que bajó en
Madrid con tranquilidad porque contaba con bastante tiempo entre un trayecto y
otro para hacer el transbordo, pese a que habíamos llegado, tal y como me
sucedió a la ida, con retraso. Yo tuve que salir al trote, así que no pude
despedirme ni desearle que su traslado a Andalucía fuera provechoso. No sé qué
tren era el suyo. Espero que llegara a destino y pudiera por fin descansar.
No
puedo saber si todo esto que comento tiene algo que ver con los accidentes de
los trenes. Sin embargo, sí sé que aquello que no se ordena, acaba con malos
resultados. No creo ser la única viajera sorprendida por el hecho de que los
trenes de distintas compañías al mismo destino salgan con apenas minutos de
diferencia, constantemente y a diario. Ahora, esperemos que sin indecencias ni
mezquindades, alguien revise con calma cómo se ha llevado a cabo aquella
“liberalización” de la alta velocidad ferroviaria que se nos vendió como la
panacea económica y cuyo caótico resultado se hace evidente.
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