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martes, 20 de enero de 2026

20/01/2026 - ALGO NO ENCAJA TRAS LA "LIBERALIZACIÓN" DE LA ALTA VELOCIDAD

CRISTINA FALLARÁS

Periodista y escritora

El domingo hacia el mediodía cogí un tren en Ourense, un Alvia, para llegar a Madrid. Allí hice transbordo a otro, esta vez un AVE en dirección Barcelona. A veces tengo la sensación de que paso más horas en los trenes que en mi propia casa. Conozco a camareras y camareros con los que voy coincidiendo, a las personas que te revisan el billete para acceder al vestíbulo, a quienes se encargan de los escáneres. Estas pasadas navidades, en mi ciudad, me saludó un hombre que me resultaba conocido, pero no atinaba a recordar de dónde. Me presentó a su mujer y a otra pareja que les acompañaba. Después de unos minutos de charla, y por sus alusiones a mis muchos viajes, caí en la cuenta de que era uno de los revisores de billetes para acceder a la alta velocidad en Sants.

El domingo subí a mi Alvia en Ourense y me tocó sentarme junto a una muchacha que intentaba dormir abrazada a su anorak. Una nunca sabe si acabará entablando conversación con la persona que te toca al lado. Quienes viajamos habitualmente —yo hago unos cuatro trayectos semanales de media— sabemos que no vale eso de “yo no hablo con nadie”. Por eso no me sorprendió cuando la chica emergió de debajo de su prenda para expresarme su incomodidad y su frío con cálida naturalidad. Es cierto que a menudo hace mucho frío en los trenes, pero no era el caso, y así se lo dije. “Es que no he dormido aún”, me respondió.

Poco a poco, entre unas frases y otras, entendí que la noche anterior se había despedido de su gente porque se trasladaba al sur, y parece que su agenda de despedidas era nutrida. Tenía el mal cuerpo propio de las mañanas en las que una no ha dormido la fiesta y, en esas condiciones, se sube a un tren para un trayecto largo. Ambas íbamos a Madrid. De ahí, yo iba a tirar hacia Aragón y ella, hacia Andalucía. Los transbordos son una lata en los viajes largos, sobre todo desde hace algún tiempo.

Antes, cuando no operaban en España los Ouigo ni los Iryo, la puntualidad de los trenes de alta velocidad era sorprendente. Hasta el punto de que Renfe te abonaba el billete (o una parte) si sufrías un retraso de 15 minutos. Pero no ha cambiado sólo la puntualidad, sino algo más difícil de definir. Lo llamaron “liberalización” de la alta velocidad y se nos vendió la idea de un abaratamiento de billetes que duró poco. Lo que acabó llegando, para las viajeras y viajeros, es la sensación de que algo no está bien ajustado, de que cada viaje es la conclusión de un ligero desbarajuste. En los vestíbulos de las estaciones suele cundir una confusión sin interlocutores. Donde antes se mostraba claramente la vía de salida de tu tren, ahora no aparece nada hasta poco antes de la partida, y no es extraño que la gente se apelotone en los accesos con el vértigo de quien duda si el tren le acabará dejando en tierra. Llegado el momento, pocos minutos antes de la hora señalada, se abren varias puertas, se agita al pasaje y se apremia a todo el mundo a voces.

Resulta habitual en los últimos dos o tres años viajar con la sensación de que algo no encaja, de que el tren no va a salir ni llegar puntual, algo que sucede a menudo. Pero no es exactamente eso. Por encima de todo ello, sobrevuela una sensación de que algo no está bien encajado.

Pensé en todo lo anterior en cuanto conocí la terrible noticia del accidente ferroviario del domingo. También pensé en mi compañera de viaje, que bajó en Madrid con tranquilidad porque contaba con bastante tiempo entre un trayecto y otro para hacer el transbordo, pese a que habíamos llegado, tal y como me sucedió a la ida, con retraso. Yo tuve que salir al trote, así que no pude despedirme ni desearle que su traslado a Andalucía fuera provechoso. No sé qué tren era el suyo. Espero que llegara a destino y pudiera por fin descansar.

No puedo saber si todo esto que comento tiene algo que ver con los accidentes de los trenes. Sin embargo, sí sé que aquello que no se ordena, acaba con malos resultados. No creo ser la única viajera sorprendida por el hecho de que los trenes de distintas compañías al mismo destino salgan con apenas minutos de diferencia, constantemente y a diario. Ahora, esperemos que sin indecencias ni mezquindades, alguien revise con calma cómo se ha llevado a cabo aquella “liberalización” de la alta velocidad ferroviaria que se nos vendió como la panacea económica y cuyo caótico resultado se hace evidente.

 

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