Políticos de Vox han prometido deportar a ocho millones de inmigrantes siguiendo el modelo del ICE implantado por Trump
José Antequera
27/01/2026
Un pogromo es la persecución o linchamiento, espontáneo o premeditado, de
un grupo étnico o religioso acompañado de la destrucción o el expolio de sus
bienes (propiedades, casas, comercios, templos religiosos). La Noche de los Cristales Rotos, ocurrida en Alemania en noviembre de 1938, es considerada el
mayor pogromo de la historia y un momento clave en el horror del Holocausto judío. La historia vuelve a repetirse.
Hoy, va ya para el siglo, los esbirros del ICE reclutados
por Donald Trump siembran el terror en las calles
de Minnesota. Latinos, negros, árabes, asiáticos, todos
los que no sean ricos, rubios y anglos son los nuevos judíos. Las cucarachas a
exterminar, según el lenguaje trumpista que copia palabra a palabra y letra a
letra el viejo manual de deshumanización nazi. El presidente norteamericano
(por llamarlo de alguna manera) ha prometido expulsar a once millones de
inmigrantes en tiempo récord. Y, visto lo visto, va camino de conseguirlo. Lo
que parecía la idea descabellada de un individuo lunático, narcisista y
delirante empieza a no serlo tanto. Detenciones ilegales, deportaciones,
secuestros, palizas, registros domiciliarios, sórdidos centros de
concentración, brutales cargas policiales y asesinatos (más bien ejecuciones
oficiales impunes y a plena luz del día) están a la orden del día. Nadie se
siente a salvo ya en el país de la libertad.
Todo esto es lo que nos espera si el trumpismo llega al poder en España algún día. Algún destacado político
de Vox ya ha dejado caer, sin complejo ni rubor, que
el partido ultra tiene previsto echar a patadas a más de siete millones de
personas. Abascal lo negó en uno de sus
tuits más polémicos, cuando dijo aquello de que aún no sabe el número
exacto de personas a las que piensa deportar sin piedad. “Son todos los que
hayan venido a delinquir. Todos los que pretendan imponer una religión extraña.
Todos los que maltraten o menosprecien a las mujeres. Todos los que hayan
venido a vivir del esfuerzo de los demás. Y, todos los menas, porque los
menores tienen que estar con sus padres. No sabemos cuántos son. Cuando
lleguemos al Gobierno lo sabremos. Y se irán todos”, alegó. Todo vuelve, todo
retorna, también los viejos bulos como que las cámaras de gas de Hitler no eran hornos crematorios para el
exterminio masivo, sino higiénicas duchas para evitar la propagación del tifus
a las que las víctimas entraban alegres y contentas. Vivimos un proceso
histórico extraño: la gente está dispuesta a tragarse la mayor de las
patrañas con tal de apaciguar sus miedos.
El tono y el estilo de aquel mensaje de Abascal, fundacional del odio al
diferente, es calcado al empleado por Trump cada mañana cuando sale del jacuzzi, el criado le seca la espalda con una
toalla y teclea su odio para el resto de mundo en el teléfono móvil. No en
vano, Vox es la sucursal del trumpismo en nuestro país y sigue paso a paso la
hoja de ruta que marca el gurú de la secta MAGA. Así que ha
llegado el momento oportuno de preguntarse cómo piensa la formación
ultraderechista llevar a cabo su masivo plan de deportaciones que recuerdan en
buena medida a los viejos pogromos del siglo pasado. ¿Está dispuesto a enviar a
la Guardia Civil a la Minnesota de la España vaciada
para sacar a los extranjeros a rastras de sus casas? ¿Enviará a la UCO a los colegios para arrestar a niños de cinco
años como si se tratara de peligrosos terroristas del Estado islámico? ¿O acaso
está pensando en crear una unidad especial de matones y mercenarios a sueldo,
tipo ICE, tipo “hombres de hielo”, para consumar su retorcido y maquiavélico
plan?
La bravuconada de Abascal no parece tener demasiado recorrido. España forma
parte de la Unión Europea. Hay una Constitución que garantiza los derechos humanos,
unos contrapesos políticos ante los abusos del Gobierno, controles judiciales,
leyes, convenios internacionales. Además, como muy bien dice Gabriel Rufián, “si expulsan a tanta gente del país va
a tener que trabajar hasta Abascal”. Y por ahí no. El Caudillo de Bilbao no
parece que esté muy por la labor de remangarse y dar el callo. La España que
madruga no es para él. No cree en la democracia y el parlamentarismo le da
asco. Pero puede hacerlo. Puede hacer realidad la distopía de llenar los centros
de detención de “menas”, como ya está ocurriendo en el Centro Residencial Familiar del Sur de Texas. Esa
imagen aérea robada por los reporteros de The Associated Press,
todos esos pequeños amontonados en una especie de sórdido correccional
dickensiano, en el Auschwitz yanqui,
mientras entre lágrimas sostienen carteles implorando “libertad para los
niños”, pone los pelos de punta y demuestra el nivel de deshumanización al que
ha llegado el trumpismo.
Feijóo es un hombre vacuo y sin principios
dispuesto a echarse en brazos de los ultras si no le queda otra para llegar a
la Moncloa. Abascal es un tipo fanatizado y radicalizado
al extremo capaz de cualquier cosa para hacer realidad su retorno al pasado y
su ensoñación franquista. ¿Qué puede salir mal con la diabólica confluencia
histórica de dos líderes de esa guisa? ¿Todo? Ahora el jefe de Vox está a lo
que está: a merendarse al líder de la derecha tradicional española para darle
el sorpasso definitivo. Anda disparado en las encuestas y no es extraño pensar que
en un futuro no muy lejano Vox ya no será la muleta del PP, sino más bien al
revés. Ese será el momento en que el trumpismo ibérico pondrá en marcha su
ideario, su cruel hoja de ruta, su pogromo. A buen seguro que Abascal ya está
buscando a un general Bovino disfrazado
de Herr Kommandant de la Gestapo que le haga las veces de zar de la
frontera en Ceuta y Melilla (candidatos no le faltarán, este es
un país de exaltados). Así que brazo en alto y lo que mande papá Trump.
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