El divo de la canción española hoy denunciado por abusos sexuales ha sido el gran referente cultural de la derecha española
José Antequera
14/01/2026
El planeta entero se estremece tras airearse que la mansión de Julio Iglesias fue la “casita del terror” de
algunas mujeres. Las denuncias por acoso sexual contra el gran divo de la
canción romántica han sacudido a la sociedad española hasta abrir una nueva
batalla política. La izquierda pidiendo juicios, penas y que se le retire hasta
la última calle del último pueblo al artista; la derecha cerrando filas en
torno al que es su gran tótem, mito e icono. Las dos Españas azuzadas por los titulares amarillistas de
la prensa de uno y otro color, que ha pasado a la sección de noticias breves
la Tercera Guerra Mundial tras las amenazas de Trump contra la paz global para entregarse a cinco columnas al
tema de la caída en desgracia del cantante que más discos ha vendido en el
extranjero.
En el mundo conservador están en shock. Ya se sabe que en la derecha patria
no son muy de reflexiones sesudas, ni de música experimental en plan Schönberg, ni del arte conceptual, revolucionario o
transgresor en general. Ellos son más de la cultura folclórica,
tradicional, light, líquida y de consumo rápido.
El faralá y la montera. Julio Iglesias ha sido el gran referente cultural del
Partido Popular durante décadas. La izquierda tiene a John Lennon; el casposo mundo reaccionario a un
futbolista frustrado que dio el pelotazo en las Américas con
tonadillas pegadizas sobre un amor trasnochado y cursi. No había gala
organizada por alguna tele autonómica del PP bien regada con dinero público en
la que no apareciese el bueno de Julio sosteniendo el micro como con desgana,
frotándose onanistamente el abdomen (como si fuese a doblarse por la mitad) y
soltando aquello de “soy un truhan, soy un señor” o “me gustan las mujeres, me
gusta el vino”. Los victoriosos mítines de campaña casi siempre terminaban con
una melodía del españolazo de moda que arrasaba en todo el mundo, ese que
encarnaba las esencias de la nación: mujeriego y macho, casanova y seductor. Alguien
capaz de ventilarse a más de mil mujeres en una mala noche.
Durante un tiempo, dentro de cada preboste del PP había un Julio Iglesias
latente. Zaplana, cacique de Benidorm, fue el
Julio Iglesias valenciano con aquellas camisas guayaberas y aquel saludable
moreno Miami tan caribeño y populista, tan bananero y
sabrosón. Carlos Mazón, a quien la vida ha
llevado del bolero al bulero, hizo sus pinitos en los escenarios, karaokes y
verbenas de pueblo como una mala imitación del maestro; y hasta Aznar, en sus buenos tiempos, tenía algo de pretendido
Julito Iglesias, de galán de etiqueta envuelto en perfume Varón Dandy. Bigas Luna, en su
imprescindible Huevos de oro, es quien mejor
ha sabido analizar esa freudiana relación entre dinero, capitalismo, pelotazo,
corrupción y las melodías dulzonas de nuestra más grande celebrity.
Quiere decirse que Julio Iglesias no solo ha sido un cantante más, una
estrella pop que llegó a actuar con Frank Sinatra, Zeus del Olimpo musical,
sino alguien que puso la banda sonora a una aventura fallida, la del PP, que
empezó prometiendo una derecha romántica con partitura agradable de escuchar,
melosa, liberal, centrada y a la europea, y que ha terminado en el punk con
esputos, ginebra y guitarras rotas de Vox. Uno quiere ver
en la caída a los infiernos de Julio Iglesias, gran emblema de nuestra
decadente derechona ibérica que sigue sin salir de la copla, el fútbol, las
procesiones con legionarios y los toros, la metáfora perfecta de un mundo, el
conservador atemperado, que se derrumba entre farsas, mentiras y personajes con
doble cara siniestra.
Es evidente que al PP se le ha caído un
mito, quedando huérfano de guía espiritual, musical y cultural. Solo así se
explica que primeros
espadas como Ayuso y Feijóo salgan en defensa del presunto agresor
sexual humillando a las posibles víctimas y soltando machiruladas impropias de
gente que vive en el siglo XXI. Lo de la lideresa castiza no tiene nombre.
Afirmar que la Comunidad de Madrid “jamás contribuirá al desprestigio” del
cantante “más universal”, comparando el caso con “las mujeres violadas y
atacadas” en Irán, no puede tener más
explicación que una sobredosis de calimocho de garrafón. Y en cuanto al líder
de los genoveses, pone en duda la veracidad de las denuncias y pide prudencia
“para saber realmente qué es lo que hay de verdad” en el affaire. Más ejercicios malabares de un señor que, pese
a que ya peina canas, aún no sabe si está con la democracia o con el franquismo
que vejó y maltrató a la mujer durante cuarenta años.
La leyenda rutilante de implacable Don Juan que
siempre ha precedido a Julio Iglesias se torna ahora en pesadilla. El asunto es
feo se mire por donde se mire, tanto o más si cabe que las orgías de Epstein, ya que al denigrante supuesto acoso sexual se
suma la presunta explotación laboral del hombre rico, blanco y famoso
convertido en una especie de capataz de una explotación negrera. Si Julito
instrumentalizaba a la mujer hasta reducirla a la categoría de mucama africana
para su goce y servicio, solo la Justicia, y el tiempo, lo dirán. De momento,
cuenta la prensa que sus contratos para personal del hogar exigían que la
aspirante al puesto no tuviese novio ni marido y hasta les pedía el certificado
médico de encontrarse sanas y a salvo de enfermedades venéreas. Estamos, sin
duda, ante el último disco del gran ídolo de la derecha nacional. Ese bohemio
soñador que iba de caballero por el mundo pero que al parecer escondía una
doble vida tan falsa como las letras de sus canciones.
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