El líder de Vox aprovecha la tragedia ferroviaria de Córdoba para hacer antipolítica al más puro estilo trumpista
José Antequera
19/01/2026
La tragedia de Adamuz ha
vuelto a sacar lo mejor de la sociedad española. Los habitantes de la pequeña
localidad cordobesa y de las pedanías cercanas se han volcado tras el accidente
ferroviario causante de decenas de muertos. Ellos fueron los primeros en correr
hacia los vagones siniestrados con mantas, con agua, con medicinas, con lo que
tenían. Algunos incluso llegaron antes que los servicios de emergencia a un
páramo desolado en medio de la noche que no es precisamente de fácil acceso (no
hay farolas, no hay autovías, no hay nada). Los hospitales se llenaron de
voluntarios que querían donar sangre y el cuponero del pueblo, que rescató con
su quad a una decena de pasajeros de entre el amasijo de hierros, pasará a la
historia como ejemplo de esos héroes anónimos que salen de alguna parte cuando
el cielo parece quebrarse y caer sobre la tierra: “Los vagones estaban
destrozados, no puedes ni imaginarlo”, relató. Ellos son lo mejor de este
país que a menudo suele caer en el cainismo más atroz tras una gran catástrofe.
Y mientras el espíritu solidario se desbordada por las primeras lomas
de Sierra Morena salpicadas de chatarra, cables,
tuercas y sangre, afloraba también esa otra España negra,
enferma, putrefacta, que ha decidido terminar con cualquier atisbo de
humanidad y decencia moral solo por un motivo: conquistar el poder. Unos, los
habituales youtubers e influencers carroñeros obsesionados con monetizar
el dolor de las víctimas; otros los mal llamados periodistas de la extrema
derecha (en realidad agitadores profesionales) que se han lanzado a la tarea de
desestabilizar al Gobierno. Y, entre ellos, cómo no, él, el de siempre, el
trumpito español: Santiago Abascal. “Como toda
España, sigo con atención y desolación las informaciones del accidente
ferroviario de Córdoba. Roguemos ya por las víctimas, y espero que toda la
capacidad del Estado esté trabajando para atender a los heridos. Por desgracia,
y lamento decirlo, como en tantas catástrofes que nos han golpeado estos años,
no puedo confiar en la acción de este Gobierno. Nada funciona bajo la
corrupción y la mentira”, aseguró. El nivel de maldad de este personaje funesto
y aciago de la historia de España no tiene límites.
No era el momento de atizarle a Sánchez, pero hace
tiempo que este señor dejó de comportarse como una persona normal para
convertirse en una especie de pequeño monstruito. La investigación sobre las
causas del siniestro no ha hecho más que empezar. La Guardia Civil está
recogiendo las pruebas en el lugar, los técnicos de la Comisión de Accidentes
están tomando contacto con el suceso y expertos y sindicatos llaman a la
prudencia hasta saber qué es lo que ha ocurrido. Y, sin embargo, el líder
de Vox ya sabe que el culpable de la tragedia ha sido
el Gobierno. El trumpismo era esto. Ahora que el gurú mayor de esta secta
global amenaza con invadir Groenlandia, dando
un paso más hacia la Tercera Guerra Mundial,
se vuelve a confirmar el auténtico rostro del nuevo fascismo posmoderno, una
hidra de varias cabezas –ultranacionalismo, fanatismo, negacionismo y bulo– que
está dispuesta a destruirlo todo, hasta los buenos sentimientos de la gente,
con tal de usurpar el poder.
La crueldad está en la raíz misma de la fundación del trumpismo. Crueldad
con los inmigrantes (las redadas de los “hombres de hielo” del ICE en Estados Unidos, que
recuerdan y mucho a la caza al judío emprendida por los “camisas pardas” de
la Alemania nazi); crueldad con los homosexuales
(bravo por el futbolista Borja Iglesias, que
ha forjado el movimiento de las uñas pintadas para visibilizar la homofobia);
crueldad con las mujeres, a las que se les niega el derecho a defenderse de la
violencia machista; y crueldad con las víctimas de las catástrofes (aún colea
el escándalo del desvío de donaciones a los afectados por la Dana que ha
salpicado a Revuelta, la organización juvenil
supuestamente vinculada a Vox). El fascismo no es más que la anulación de la
bondad del ser humano por fines políticos.
Erich Fromm describe la crueldad como obediencia
“virtuosa” a la autoridad del Estado totalitario. Umberto Eco, en El fascismo eterno,
advierte que el totalitarismo necesita un enemigo permanente al que se
caricaturiza y demoniza. Y el gran Walter Benjamin concluye
que el fascista convierte la violencia en un espectáculo: la demostración de
poder. Todo eso es lo que hace Abascal cada minuto. Jugar cruelmente con el
dolor humano, anular el humanismo, remover lo más bajo de nuestra especie.
Emponzoñarlo todo, enturbiarlo todo, envenenarlo todo con una especie de odio
extraño e irracional que solo puede provenir de un deseo enfermizo de venganza
o de un trauma oculto de la infancia.
Hitler incendió Europa porque lo echaron de la Academia de Bellas Artes de Viena por mal pintor.
Abascal ni siquiera cuenta con ese agravio comparativo para justificar su
nauseabunda forma de practicar la antipolítica. ¿Acaso lo ha abandonado la
democracia tras jugarse la vida en una guerra como le ocurrió al Führer? No parece, ni siquiera hizo la mili. ¿Es que
pasó hambre, malvivió en pensiones baratas, tuvo que vender acuarelas para
llevarse un trozo de pan a la boca? Tampoco. Al contrario, lo tuvo todo,
siempre vivió a cuerpo de rey, primero en el PP con el chiringuito de Aguirre, hoy con un jugoso sueldo de diputado y
trabajando lo justo, según ironiza Gabriel Rufián en
sus intervenciones en el Parlamento. ¿Entonces de dónde le viene esa mala baba,
qué le pasa, por qué es así este sujeto asocial y amoral que se comporta como
un perro rabioso obsesionado con morder a quienes no piensan como él? Muy
sencillo. Dólar Trump le ha enseñado el
camino en el convulso mundo de hoy: cuanto más odio, más éxito, más fama, más
dinero. Más lejos se llega en la política y en la vida. Y hasta le dan a uno
el Premio Nobel de la Paz.
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