El líder del PP mostró ayer, durante la manifestación de Madrid, sus maneras más populistas, demagógicas y antidemocráticas
Marcos López 01/12/2025
La manifestación convocada por el PP el domingo no fue tan multitudinaria
como Génova esperaba. Aún así, cientos de personas corearon eso de “Sánchez,
fuera”, “socialismo, fuera”, “PSOE, fuera”. El grito de guerra recordó, por
momentos, esas maneras que se gasta el demagógico y populista presidente
argentino Milei, que en plena campaña electoral publicó un vídeo en el que
iba tachando ministerios en una pizarra precisamente al violento grito de
“fuera”. Sanidad afuera, Educación afuera, en definitiva, Estado de bienestar
afuera. Él metiendo la motosierra de los recortes a las conquistas
sociales de la izquierda mientras las víctimas vitorean al verdugo. Ni Orwell fue capaz de imaginar una distopía más
aterradora.
Fuera es el eslogan al que se han abrazado Feijóo y los suyos para hacer
oposición. A falta de programa político, solo les queda
eso: fuera Sánchez, fuera el rojo masón, fuera el que no piensa como yo. Así es
como esta gente entiende la democracia. El PP se aferra al
populismo como a un clavo ardiendo. Es un partido sin líder, sin hegemonía
(acorralado por la extrema derecha que está a un paso de darle el sorpasso,
ocupando su lugar en el espacio conservador en España) y sin proyecto de país.
Cuando gobierna le asola la corrupción y la incompetencia (Mazón con la Dana de Valencia, Moreno Bonilla con el escándalo de
los cribados del cáncer de mama en Andalucía, Mañueco con los incendios
forestales en Castilla y León), y cuando está en la oposición solo
piensa en destruirlo todo con tal de desalojar al rival político del poder. El
PP se ha convertido en uno de esos pequeños partidillos donde los
planteamientos emocionales prevalecen sobre los racionales (Ayuso removiendo la
bilis del terrorismo con la amenaza de ETA que ya no existe), donde la movilización hater prima sobre la reflexión política y donde
las contradicciones afloran por los cuatro costados (como ese Feijóo
mendigándole el voto a los diputados de Puigdemont para
una moción de censura contra Sánchez tras meses de descalificaciones e
insultos a Junts y al PNV, antes enemigos de España hoy posibles socios de
investidura).
Todo en el dirigente popular es ya puro populismo sin complejos. Esa forma
de hacer política mitinera y disruptiva, caribeña y antisistema, es marca de la
casa Milei. Feijóo la ha dado por buena y ya arenga a las masas, como el
Guaidó español antibolivariano, en manifestaciones estúpidas donde políticos
estúpidos sueltan cosas estúpidas como que España es una dictadura (Ayuso no
deja de repetir esa sandez una y otra vez). En eso precisamente consiste el
populismo demagógico, en inventar mundos paralelos y supuestos poderes
maléficos que oprimen a una mayoría silenciada. En realidad, se trata de una
gran patraña, pero no por ello deja de ser peligrosa. Cada vez son más quienes
compran el disco rayado de que vivimos en la Venezuela europea. Pero la idea queda desmontada desde el momento en que cada año son
más los latinoamericanos que emigran desde sus países de origen
(El Salvador, Argentina, Honduras, la propia Venezuela,
todos ellos amenazados por el fascismo trumpista), en busca del oasis de
libertad español. Si la España de Sánchez es una dictadura, ¿cómo puede ser que
crezca por días el número de inmigrantes que anhelan una vida mejor en tierras
españolas?
Un populista busca representar a una supuesta mayoría silenciada,
avivándola para rebelarse en contra de esa supuesta minoría opresora. Y en esa
distopía está metido de lleno Alberto Núñez Feijóo. Simplificación del mensaje
hasta convertirlo en un producto para idiotas, soluciones fáciles a problemas
complejos, antielitismo, caudillismo, discurso antidemocrático, deslegitimación del
adversario (ya van siete manifestaciones desde que el PSOE llegó al poder, más
las que quedan), verborrea agresiva y hasta guerracivilista, maniqueísmo (la
política en términos del bien contra el mal) y movilización de masas sin ton ni
son, son rasgos que Feijóo está copiando de Vox, el partido que amenaza con
enviarlo al vertedero de la historia.
Ayer, durante la manifestación, Feijóo denunció que la corrupción que rodea
al Gobierno y al PSOE no es un “error puntual”, y recalcó que “el sanchismo
está en la cárcel y tiene que salir del Gobierno”. Una inmensa contradicción o
sarcasmo viniendo del dirigente de un partido condenado por corrupción y
con treinta causas aún pendiente. Si el sanchismo es corrupción política,
económica, institucional, social y moral, como dice él, ¿qué es entonces el PP
donde su cúpula casi al completo terminó manchada por asuntos turbios
como Gürtel, Púnica, Lezo, Bárcenas, Kitchen y Villarejo,
¿entre otras innumerables causas? “¿Mafia o democracia?”, rezaba el lema de la
protesta de ayer convocada en el Templo de Debod de Madrid, a la que se sumaron
alrededor de 40.000 personas, según fuentes de la Delegación del Gobierno. Así
es como el populismo retuerce la verdad, generando un mundo al revés de
realidades sociales. La alusión a la mafia de la izquierda es un clásico que
forma parte ya del lenguaje ultraderechista trumpizado. Hoy mismo, Fernández
Díaz, el ministro de Rajoy bajo cuyo mandato funcionó la trama de espionaje a
políticos (operación Kitchen), publica un artículo en La Razón bajo el título Mafia o democracia. El cinismo al poder, a eso
hemos llegado. Aunque, bien mirado, en este caso el articulista sabe bien de lo
que habla como experto en la materia.
Al PSOE y sus votantes, Feijóo les ha pedido que no consientan que sus
siglas se manchen con el sanchismo y a Sumar le ha avisado de que los
socialistas tienen “un juguete nuevo, independentista, republicano y que no
quiere hablar el lenguaje común”, en alusión a ERC. Una vez más, Feijóo exigió
elecciones y se dirigió a todos los partidos del arco parlamentario para que se
enfrenten al Gobierno de Pedro Sánchez, especialmente al PNV y Junts, a los que
ha preguntado: “¿Hasta dónde vais a seguir tragando para proteger lo vuestro?”.
Y este era el hombre moderado que venía, no para insultar, sino para resolver
los problemas del país. El populismo era esto.
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