Víctor Corcoba Herrero 10/11/2025
El alarmante aumento de las cadenas de la esclavitud moderna, continúan
atándonos las manos, hasta el punto de dejarnos en un estado deplorable, lo que
representa una serie de amenazas deshumanizantes, que impiden ser uno mismo, lo
que demanda una cuestión de justicia internacional impostergable. Sólo hay que
ver las últimas estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo
(OIT), en la que se hace referencia al trabajo forzoso y al matrimonio forzado.
Por cierto, las mujeres y los niños continúan siendo desproporcionadamente los
más vulnerables. En efecto, a poco que observemos a nuestro alrededor, veremos
que cada día son más los ciudadanos que no pueden escapar de la opresión,
debido a amenazas, violencia, coerción, engaño o abuso de poder.
Nos hemos globalizado, pero este sometimiento salvaje se da en casi todos
los países del mundo y traspasa todas las líneas étnicas, culturales y
religiosas. Por cierto, más de la mitad (el 52%) de todos los trabajos forzados
y una cuarta parte de todos los matrimonios forzados se hallan en países de
renta media-alta o alta. Por otra parte, la vejatoria tendencia a juzgar la
prostitución como un negocio o una industria, no sólo contribuye a la trata de
seres humanos, sino que, es la prueba evidente de reducir la sexualidad humana
a un mero producto de consumo. Mucha gente no puede ni emanciparse, entiende la
vida como una relación entre dueño y cautivo. Ha llegado, pues, el momento de
activar mecanismos globales para prevenir este tipo de inhumanas dominaciones.
Por esta razón, considero vital trabajar por aminorar este estado
sanguinario, que alimenta el mercado de la tiranía naciente, incluso con más
fuerza que antes, y tolera el costo humano que deriva de él. De igual modo, en
los países menos desarrollados, de los que procede la mayoría de las víctimas,
debiera hacernos repensar esta feroz situación, activando mecanismos más
eficaces que nos saquen de este horror, que suelen ser reproducidos por
redes delictivas que se aprovechan de las personas que no pueden afrontar la
indigencia extrema, pues se hallan discriminadas y totalmente degradadas. Uno
tiene que hacerse valer y los gobiernos, las empresas, o la misma sociedad
civil, deben adherirse para poner fin a esta crisis de una vez por todas.
Precisamente, el próximo año se cumple el centenario de la Convención sobre
la Esclavitud, en que la comunidad internacional, desde este espíritu
universal, se implicó sólidamente a poner fin al vasallaje en todas sus formas.
Un mundo sustentado y sostenido sobre la libertad, la dignidad y la justicia
para todos no sólo tiene que ser posible, sino que además es nuestra
responsabilidad compartida. La razón y no la dominación del poder deben decidir
la suerte de los pueblos. El acuerdo, las negociaciones, el arbitraje y no el
ultraje, ni la sangre o la injusticia, deben mediar en las relaciones difíciles
entre semejantes. Es necesario amar la concordia, producir y reproducir aires
armónicos que nos dignifiquen, que únicamente brotan de los espíritus libres y
generosos.
El planeta no puede renunciar al sueño liberador, porque sus moradores han
de irradiar en el tránsito por la tierra, la emoción del verso, la luz de
la paz y la mística de una mente libre, con identidad propia; sabiendo que la
libertad sin acatamiento es desorden, y la subordinación sin autonomía es
tormento. Quizás hoy se comprenda mejor que la mera acumulación de bienes y
servicios no basta para proporcionar la felicidad humana. Y aún menos, la
disponibilidad de múltiples beneficios reales aportados en los tiempos
recientes por la ciencia y la técnica, incluida la informática, traen consigo
la liberación de cualquier forma de esclavitud. Al contrario, si toda esta
considerable masa de recursos y potencialidades puestas a disposición, no es
regida por un objetivo moral, se vuelve contra nosotros.
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