La presidenta convierte la Navidad en propaganda religiosa y da altavoz institucional a un movimiento reaccionario disfrazado de música
Agustín Millán
23/12/2025
Lo ocurrido ayer en la Puerta del Sol con Hakuna Group Music no
fue un simple concierto navideño ni una anécdota costumbrista envuelta en
villancicos y luces. Fue un acto político con música de fondo. Un gesto
calculado. Una fotografía buscada. Y, sobre todo, una operación cultural
diseñada para disputar el imaginario juvenil desde posiciones ultracatólicas y profundamente
reaccionarias, con la bendición explícita del poder político
madrileño y la complicidad silenciosa de buena parte de la derecha española.
Que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, bailara y cantara en primera fila
mientras el grupo actuaba desde el balcón institucional no es un detalle menor.
Tampoco lo es que a su lado estuviera Alberto Núñez Feijóo.
El mensaje fue nítido: este es el tipo de juventud que nos gusta, este es el
tipo de valores que queremos promover, este es el futuro al que aspiramos.
Qué es Hakuna y por qué no es solo música
Para entender la gravedad del asunto conviene explicar, sin tecnicismos ni
eufemismos, qué es realmente Hakuna. No hablamos de una banda pop al uso. Hakuna Group Music es la rama musical del
movimiento religioso Hakuna, fundado en 2013 por el sacerdote José Pedro Manglano, conocido como “Josepe”, con una
trayectoria estrechamente vinculada a entornos del Opus Dei. Su proyecto no es cultural, sino
evangelizador; no es artístico, sino doctrinal; no es neutral, sino ideológico.
Su música funciona como herramienta de captación emocional. Letras
sencillas, melodías pegadizas, estética cuidada, uso intensivo de redes
sociales y una narrativa que mezcla espiritualidad, comunidad y pertenencia.
Todo ello envuelto en un lenguaje aparentemente amable que evita el conflicto
político explícito, pero que transmite una cosmovisión muy concreta:
obediencia, sacrificio, culpa, rechazo del feminismo, cuestionamiento de los
derechos sexuales y reproductivos, y una visión jerárquica de la sociedad.
El papel de Ayuso: política cultural con
sotana
La Comunidad de Madrid no programa al azar. Elegir a Hakuna como “cabeza de
cartel” de la Navidad institucional es una decisión política consciente. Ayuso
no se acerca a estos jóvenes por casualidad: lo hace porque representan un
nicho electoral estratégico, disciplinado, movilizable y profundamente
conservador. Jóvenes que votan —o votarán— y, sobre todo, familias que ya votan.
En un contexto de desgaste del discurso neoliberal clásico, la derecha
madrileña ha encontrado en la batalla cultural un terreno fértil. Frente a
derechos, ciencia o pluralismo, ofrece identidad, fe y orden. Frente a
complejidad social, respuestas simples. Frente a emancipación, sumisión
revestida de espiritualidad.
El uso de espacios institucionales —el balcón de la Real Casa de Correos—
para amplificar un mensaje religioso concreto rompe de forma flagrante la
neutralidad que se exige a una administración pública. No es tradición ni
folclore: es propaganda ideológica financiada y legitimada desde el poder.
Por qué algunos jóvenes quieren “volver
atrás”
La pregunta clave no es solo por qué Ayuso busca a estos jóvenes, sino por
qué algunos jóvenes se sienten atraídos por este discurso. La respuesta es
incómoda, pero necesaria. Vivimos una generación precarizada, con expectativas
frustradas, sin acceso a vivienda, con empleos inestables y un futuro difuso.
En ese vacío, los discursos ultrarreligiosos ofrecen certezas, pertenencia y
una falsa sensación de sentido.
Hakuna no promete cambiar el mundo; promete consuelo. No plantea justicia
social; plantea resignación. No impulsa pensamiento crítico; fomenta obediencia
emocional. Es una respuesta conservadora al malestar contemporáneo, y por eso
encaja tan bien con el proyecto político de la derecha madrileña: jóvenes
dóciles, organizados en torno a la fe, alejados de la protesta y críticos con
los avances sociales.
Pop, redes y evangelismo 3.0
La novedad no está en el mensaje, sino en el formato. El ultracatolicismo
ha aprendido a hablar el lenguaje de TikTok, Spotify e Instagram. Ha entendido
que la cultura pop es hoy el principal campo de batalla. Canciones que se
comparten como memes, conciertos que funcionan como rituales colectivos,
documentales emotivos y una estética “cool” que disimula la carga ideológica de
fondo.
No es casual que este modelo sea promovido desde instituciones gobernadas
por el Partido Popular. La música actúa como caballo de Troya: entra por el
oído, se queda en la emoción y termina moldeando la conciencia. Todo ello sin
debate público, sin transparencia y sin que se expliquen claramente los valores
que se están difundiendo.
Una estrategia peligrosa para la
democracia
El problema no es la fe privada ni la música religiosa en sí. El problema
es la instrumentalización política de la religión para moldear a la juventud
desde el poder público. El problema es normalizar que una administración use
recursos institucionales para favorecer a movimientos ideológicos que
cuestionan derechos fundamentales y promueven una sociedad más desigual y
excluyente.
Ayuso no bailaba villancicos: bailaba un proyecto cultural reaccionario.
Uno que mira al pasado, que desprecia la diversidad y que pretende reinstalar
una moral única en una sociedad plural. Frente a ello, el silencio
institucional y mediático resulta alarmante.
La democracia no se defiende solo en las urnas, sino también en el terreno
simbólico. Y ceder ese terreno a grupos ultracatólicos, presentados como
inocente música juvenil, es abrir la puerta a un retroceso que ya conocemos
demasiado bien. Porque cuando el poder se alía con el dogma, los derechos
siempre acaban perdiendo.
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