Por qué reducir el auge de la extrema derecha a una batalla ideológica es un gravísimo error porque cuando falla el diagnóstico no se pueden aplicar soluciones adecuadas
José Antonio Gómez
18/12/2025
Cuando la extrema derecha avanza, los gobiernos democráticos, sobre todo de
izquierda, tienden a buscar culpables externos. En España, el presidente Pedro Sánchez ha vuelto a hacerlo. Hoy, desde
Bruselas, el jefe del Ejecutivo rechazó la tesis de su socio de
coalición, Sumar, de que una reorientación profunda del Gobierno sea necesaria
para frenar a Vox, y trasladó la responsabilidad
del auge ultraderechista al Partido Popular.
La explicación es políticamente cómoda. También es analíticamente
insuficiente.
La ideología como coartada
Sánchez sostiene que es la normalización de la extrema derecha por parte
del PP, a través de pactos autonómicos y municipales, lo que alimenta a
Vox. El argumento no es falso, pero sí extremadamente incompleto. Reduce un
fenómeno estructural a una disputa entre élites políticas, como si el voto
radical surgiera principalmente de la contaminación ideológica y no de
condiciones materiales deterioradas.
Este diagnóstico ideológico ha sido recurrente en
Europa. Y ha fracasado casi siempre.
Desde Francia hasta Alemania, desde Italia hasta los Países Bajos, la
evidencia empírica muestra que el voto a la extrema derecha crece
allí donde el contrato social se percibe como roto: salarios que no
alcanzan, vivienda inaccesible, servicios públicos saturados y una sensación
persistente de declive relativo. España no es una excepción.
El bienestar, no el relato ideológico
El debate abierto dentro del Gobierno, con Yolanda
Díaz defendiendo cambios más profundos para evitar la
desafección, apunta precisamente a ese punto ciego. La cuestión no es la
comunicación ni la geometría parlamentaria, sino el bienestar real de amplias capas de la población.
Aunque los indicadores macroeconómicos ofrecen una imagen razonablemente
positiva, el malestar microeconómico sigue
creciendo. La inflación acumulada, el encarecimiento de la vivienda, la
precariedad laboral y la desigualdad territorial han erosionado la percepción
de progreso. Para muchos votantes, especialmente jóvenes y trabajadores de
rentas medias-bajas, la política ha dejado de ser un mecanismo de protección.
En ese vacío prospera Vox. No como anomalía ideológica, sino como síntoma económico.
Europa ya ha pasado por ahí
La insistencia de Sánchez en situar el auge ultraderechista en el terreno
del adversario político recuerda a errores cometidos por otros líderes
europeos. En Francia, Emmanuel Macron atribuyó
durante años el crecimiento de Marine Le Pen a
una patología ideológica del electorado; en Italia, la
socialdemocracia subestimó el impacto de la inseguridad económica; en Alemania, el cordón sanitario no evitó el avance de AfD
en regiones marcadas por el estancamiento.
El patrón es consistente: cuando la izquierda ignora
el bienestar económico de los ciudadanos, el voto protesta se radicaliza.
España, pese a su singularidad política, no escapa a esta lógica
continental. La discusión sobre si habrá o no una remodelación del Gobierno,
limitada, según Sánchez, a ajustes puntuales, parece menor frente al
problema de fondo: una parte del electorado siente que el sistema funciona para
otros, pero no para ellos.
Coalición, desgaste y negación
El presidente subraya los elementos que unen al PSOE y a Sumar, minimizando
las discrepancias como diferencias culturales normales entre socios. Pero el
desacuerdo no es táctico, sino diagnóstico.
Mientras Sánchez insiste en un marco ideológico, el PP como incubadora de Vox,,
Sumar apunta, implícitamente, a una fatiga social que
no se resuelve con estabilidad gubernamental ni con retórica antifascista.
Negar esa fatiga no la hace desaparecer. La cronifica.
El coste político de equivocarse otra vez
La historia reciente sugiere que equivocarse en el diagnóstico
tiene consecuencias electorales. Combatir a la extrema derecha como
si fuera únicamente una desviación ideológica conduce a respuestas simbólicas,
no estructurales. Y cuando las respuestas no mejoran la vida cotidiana, el
desencanto se profundiza.
Sánchez no se enfrenta solo a Vox, sino a una erosión silenciosa de la confianza en la capacidad
del gobierno para garantizar bienestar. Mientras esa erosión persista, señalar
al adversario será insuficiente.
El auge de la extrema derecha no es, en esencia, una guerra cultural. Es
un plebiscito económico. Y mientras Sánchez siga leyendo
el resultado con las gafas equivocadas, el marcador seguirá moviéndose en su
contra.
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