La derecha intenta apoderarse del legado musical de nuestras leyendas del rock recientemente desaparecidas
José Antequera 11/12/2025
Que se acabe ya esta semana maldita. Que termine cuanto antes. Primero fue
el rebelde e indomable Jorge Martínez, voz
ácida y amarga de Ilegales, quien nos dejó para
siempre; ayer cayó el gran Robe Iniesta,
filósofo, poeta urbano, alma máter de Extremoduro y
santo y seña de toda una generación.
Con el incendiario Jorge y el sentimental Robe se nos va un trozo de vida.
Cuando se muere alguna de estas viejas glorias de la cultura y la
contracultura, todos nos morimos un poco también. Nos aferramos a un puñado de
vinilos polvorientos, a eso y a los recuerdos de tantas canciones, de tantos
conciertos, de tantas cogorzas y aventuras juveniles. Los mejores solos para la
historia, los riffs más virtuosos e imposibles, los gloriosos bendings y estridentes slides han sido destilados por las guitarras
eléctricas de ambos genios, unas guitarras hoy en vías de extinción por culpa
de los estúpidos cacharros informáticos tan manidos por el insufrible reguetón
contemporáneo. Jorge y Robe no hacían rock, eran el rock hecho carne. La fuerza
creativa del ser humano frente al mercado de la inteligencia artificial; la
guitarra eléctrica como verdad frente a la mentira de la caja de ritmos y el
Auto-Tune.
Jorge “Ilegal” fue el Iggy Pop español,
qué demonios, fue todavía mejor que La Iguana de Michigan. Provocación y macarrismo, corrosivo sentido
del humor, punk descreído y buenas dosis de sarcasmo a golpe de cubata. “Hay un
tipo dentro del espejo que me mira con cara de conejo”; “Soy un macarra, soy un
hortera, voy a toda hostia por la carretera”, cantaba con esa voz cruda y
desafiante que era como un escupitajo en la cara misma del sistema. El rock
como forma de confrontación y denuncia social; el rock como arma de
transformación social. Ahí radicaba la clave del éxito del salvaje, inadaptado,
insurrecto y outsider Jorge que provocaba urticaria a la derechona, a los
ricos, a los curas y al Ejército. Su música
era justamente ilegal, música que hacía tambalear los cimientos del orden
establecido, música contra los poderes fácticos establecidos. Si hubiesen
podido, lo habrían metido en la cárcel por asocial, anarco y peligroso. Hoy
terminaría, sin duda, querellado por Abogados Cristianos.
Robe, el tierno duro, el místico del amor y la libertad, de la rebeldía y
la muerte, transitó entre las piezas insobornables de rock duro y la poesía del
realismo sucio. Hizo bellas metáforas con el sí bemol. Hay quien dice que
superó a Jimmy Page y Frank Zappa en
técnica musical y en profundidad de las letras. Y son completamente merecidos
esos piropos de la crítica. De joven fue un melenudo proscrito con pinta de
yonqui al que no dejaban entrar en los salones de la cultura, en la vejez lo
han elevado a los altares. En sus buenos tiempos con Extremoduro, sus discos eran prohibidos en los
circuitos oficiales y en según qué ayuntamientos se vetaban sus conciertos.
Para la historia quedará Extremaydura, todo un antihimno que critica la injusticia y el
abandono de aquella hermosa tierra. Los mismos que antaño lo consideraban un
demonio corruptor de la sociedad le dieron medallas en su ocaso existencial. La
meliflua musa de la derecha, María Guardiola,
candidata a la presidencia de Extremadura, se ha puesto en plan cultureta
progre tras la muerte del cantante (se conoce que estamos en campaña electoral
y es lo que toca para no perder votos). “Se va la voz de mi generación y de mi
tierra. Se va un poeta. La rebeldía y el talento de Extremadura. (…) Descanse
en paz”. ¿Acaso no sabe que el bueno de Robe se posicionó abiertamente
contra Vox, el partido ultra que la sostiene a ella en el
poder? Hace falta ser cursi.
“Me cuesta mucho trabajo entender a cierta gente. Que surja un partido así
a estas alturas me sorprendió, pero me sorprende aún más que siga ganando
votos”, denunció Iniesta a propósito del auge de la extrema derecha a la que se
aferra el Partido Popular para seguir en la poltrona. En ese intento
vergonzante por apoderarse del legado de lo mejor de la música del pueblo (un
granero de votantes como otro cualquiera), Feijóo ha dicho
sobre Robe Iniesta: “Su voz marcó generaciones enteras y su música nos deja una
huella imborrable”. Al gallego solo le ha faltado ponerse una peluca de heavy, un tatuaje en el brazo, y posar con el torso
desnudo mientras hace añicos una guitarra a golpes contra el suelo. Patético.
Quienes venimos de aquellos años prodigiosos, quienes somos supervivientes
de aquella época fantástica, los fabulosos ochenta, lloramos sinceramente la
desaparición de estos dos monstruos de la música, de estos dos ídolos, de dos
de los nuestros. Las lágrimas de cocodrilo las dejamos para otros.
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