Vicente Mateos Sainz de Medrano
La corrupción que tanto ruido mediático y ambiental genera, cada vez con
mayor estruendo, no tiene ideología porque forma parte del lado oscuro que
todos los humanos tenemos que podemos desarrollar, o no, en virtud de las
circunstancias que nos puedan arrastrar a corrompernos, y más en este país
donde la corrupción está insertada en nuestra cultura en la figura del
aprovechado. Todos conocemos a algún aprovechao en
nuestro entorno, el pícaro, que
aprovecha toda oportunidad que se le pone por delante para obtener un beneficio
personal. La diferencia con el corrupto estriba en que el aprovechao no maquina una estrategia a medio o
largo plazo, sino que actúa en el momento en el que se le presenta la
oportunidad; mientras que el corrupto actúa con deliberación y premeditación
maquiavélica para lo que orquesta una red de connivencias clientelares donde
ejerce, indistintamente, de corruptor y corrompido para desarrollar su
maquinación amoral.
Lo que une y caracteriza a estos dos seres pérfidos es la deslealtad, el
egoísmo, y su frialdad y falta de empatía hacia los demás. El desprecio que
sienten por aquel del que se aprovechan o por el robo de lo que es de todos les
iguala. A los aprovechaos, a los pícaros, cuando se les pilla con el carrito
del helado se les llama estafadores; a los corruptos que usan lo público para
obtener un rédito económico se les llama delincuentes.
La corrupción no tiene ideología, pero la cosa cambia cuando se convierte
en sistémica a través de una trama de individuos integrados en una estructura
de poder político o administran presupuesto público. Corruptos que se
benefician, en distintos grados, del beneficio que reportan las mordidas de
corruptores que buscan obtener contratos públicos, recalificación de terrenos o
licencias de obra. Corrupción sistémica por la que fue condenado el PP, y le
costó el cargo a M. Rajoy. Corrupción hay en toda organización humana donde
siempre habitan ambiciosos, yonkis del
dinero, por lo que resulta absurdo atacar al oponente político de dirigir una
organización corrupta olvidando la paja en el ojo propio. Controles férreos es
el antídoto.
Hay otra corrupción, inmoral y taimada, que transita por la trastienda con
el objetivo ideológico de derivar el dinero público al sector privado.
Estrategia sostenida en el tiempo con el recorte de los presupuestos públicos
para sanidad, educación, vivienda, servicios sociales y derechos ciudadanos
—con efectos sufridos por todos—, o mediante conciertos de gestión público
privada que luego la administración adjudicataria no controla sus niveles de
calidad en la prestación del servicio. Descontrol que está a la orden del día
en la asistencia sanitaria en los centros de salud, hospitales y residencias, o
en la alimentación en colegios e institutos o en la limpieza urbana.
Corrupción inmoral que reduce las plantillas de profesionales en la sanidad
o educación pública y universitaria, que las sitúa al borde de la asfixia
económica; mientras se conceden terrenos y licencias a universidades y colegios
privados o se insufla dinero a la educación concertada que vulnera, sin
control, la prohibición de cobrar extras a las familias camufladas en
actividades escolares que no tienen carácter voluntario, sino obligatorio.
Inmoralidad que repercute en la vida cotidiana de las personas, que queda
opacada por la fanfarria mediática y discursiva de la corrupción de políticos y
empresarios que roban dinero público de manera vulgar y con todo tipo de
triquiñuelas societarias. Corruptor y corruptores que deben ir a la cárcel y
devolver lo robado, pero que no nos deben desviar del foco de la corrupción
sibilina que busca acabar con el Estado del Bienestar y los derechos
ciudadanos, para convertir la sociedad en un sálvese quien pueda: vitola del
capitalismo salvaje. ¡Qué no se te vaya de ojo!
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