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Comentario: Muy sencillo: Hay que leer lo que dice Juan Torres López si se quiere
saber cómo está el mundo. Por cierto, hecho una auténtica mierda. |
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Las brechas entre ricos y pobres en el planeta no sólo son gigantescas,
sino que aumentan sin cesar |
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La última edición del informe sobre desigualdad
mundial vuelve a mostrar que las brechas entre ricos y pobres en el planeta
no sólo son gigantescas, sino que aumentan sin cesar. Los datos son una vez
más escalofriantes y la desigualdad se manifiesta no sólo en términos de
ingresos y riqueza personal: – Unos 56.000 multimillonarios, entrarían en un
campo de fútbol, controlan actualmente tres veces más riqueza que la mitad de
la humanidad en su conjunto. – El 10% más rico de la población mundial gana más
que el 90% restante, mientras que la mitad más pobre de la población mundial
capta menos del 10% del ingreso global total. – Las mujeres ganan solo el 32 % de lo que ganan los
hombres por hora de trabajo, considerando tanto las actividades remuneradas
como las no remuneradas; y el 61 % si sólo se toma en cuenta el trabajo
remunerado. – La diferencia de gasto en educación llega a ser de
40 a 1 entre diferentes lugares del mundo. – El 10% más rico es responsable del 77% de las
emisiones asociadas con la propiedad de capital privado, y el 1% más rico por
sí solo el 41%, casi el doble que el 90% más pobre en conjunto. Según la revista Forbes, en 2025 hay 3.028
empresarios, inversores y herederos milmillonarios en todo el mundo con un
patrimonio total de 16,1 billones de dólares, dos más que en 2024. Por
cierto, habiendo aumentado en este año mucho más que nunca la cantidad
recibida por herencia por cónyuges e hijos, según el informe Billionaire
Ambitions Report, publicado hace unos días por la firma de gestión financiera
y patrimonial UBS. La concentración tan inmensa de riqueza que se da en
nuestro tiempo no es un hecho natural, ni fruto de la casualidad. Es el
resultado de aplicar políticas que desde hace años vienen desmantelando
derechos e instituciones de representación, control y contrapoder. Pero
ninguna de ellas hubiera sido exitosa sin añadir un enorme poder mediático y
cultural al financiero, económico y político del que dispone ese grupo de
milmillonarios que dominan el mundo. No es casualidad que también en nuestros
días se esté dando la mayor apropiación de medios de comunicación de la
historia por parte de las personas más ricas. Y ese poder mediático y cultural se orienta
principal y prioritariamente a un objetivo: hacer creer a la gente que el
mundo en el que vivimos es el no va más, el fin de la historia, el modo de
vida y el sistema económico natural que no se puede cambiar. Es lógico que quienes obtienen sus privilegios del
capitalismo quieran convencernos de que no hay otra posible forma de
organizar la economía y la sociedad. No se les puede criticar por ello. Es lo
que necesitan y hay que reconocer que lo hacen magníficamente bien. La desgracia es que los partidos que operan en la
vida política con el supuesto fin de enfrentarse a todo eso no hacen mucho
por ofrecer un horizonte alternativo, un modelo social y económico diferente
al capitalismo. Operan en el corto plazo, se concentran en mover piezas y
hacen ajustes en el sistema, sin duda necesarios, pero a la vista está que
insuficientes para lograr que se frene la concentración de riqueza que
deteriora las economías, desestabiliza y rompe a las sociedades, y destruye
el medio ambiente. Ni siquiera en su denominación se percibe que luchen por
una fórmula específica de sociedad distinta a la actual. Podemos o Sumar se
podrían llamar Partido Popular o Vox. Ninguno de esos términos tiene
sustancia identificativa. Sólo la mantiene el Partido Socialista (el
comunista se esconde tras otras siglas) pero ¿cuándo hemos oído a alguno de
sus dirigentes decir que luchan por traer el socialismo como alternativa del
capitalismo? La renuncia a definir y proponer un modo diferente
de sistema económico y social por parte de las organizaciones políticas que
se consideran transformadoras es una verdadera tragedia. Lo quieran o no, así
ayudan decisivamente a que esos grandes multimillonarios puedan convencer a
la gente de que ya nada se puede cambiar. Es una tragedia, además, fruto de un tipo singular
de ceguera, la que se produce por no mirar más allá de lo que se tiene a un
palmo de nuestras narices, como el borracho que sólo busca las llaves
perdidas junto al farol que lo alumbra. Cuando se mira algo más lejos, ni
siquiera mucho, podemos comprobar que a nuestro alrededor hay multitud de
experiencias que nos demuestran que los seres humanos podemos satisfacer las
necesidades de forma menos costosa y mucho más eficiente, libre y pacífica
cuando nos guiamos por principios distintos a los que rigen en el
capitalismo. En el mundo hay más de tres millones de cooperativas
que emplean a más del 10% del empleo mundial y que -a pesar de tener que
hacerlo en un medio ambiente desfavorable- funcionan igual o mejor que las
empresas de propiedad privada. La sanidad pública funciona mejor, es más
barata y no produce las muertes evitables de la privada. Según la OCDE, en 2023
había 126 empresas públicas (no guiadas, por tanto, por el afán de lucro
capitalista) entre las 500 empresas más grandes del mundo, 92 más que en
2000. En 2024 había 1.115 bancos públicos en todo el mundo manejando 91
billones de dólares de activos, prácticamente el mismo volumen del PIB
mundial. Hace unos años, Naciones Unidas calculó que el trabajo no remunerado
equivalía al empleo de 2.000 millones de personas a tiempo completo, la
cuarta parte la población mundial. Y se calcula que casi 1.000 millones de
personas mayores de 15 años realizan mensualmente algún tipo de trabajo
voluntario en todo el mundo. En mi último libro menciono, además, otras muchas
experiencias de vida económica y social organizada bajo principios de ahorro,
circularidad, solidaridad, cooperación, afecto, cuidado a las personas y a la
naturaleza, defensa de lo común, democracia y codecisión… Todas ellas tienen,
además, un rasgo en común: aprovechan mejor los recursos y satisfacen las
necesidades proporcionando más bienestar, relaciones sociales menos
conflictivas y paz. Para transformar de verdad el mundo hay que
descubrir todo ese abanico de experiencias, aprender de ellas, reproducirlas
y hacer que la gente de nuestro alrededor se movilice y empodere anticipando
el futuro, construyéndolas y comprobando así que vivir en un mundo distinto
al de ahora le conviene más y le satisface mejor. El trabajo político en las
instituciones es importante, fundamental si se quiere, pero no puede ser el
único que se realice, como le está pasando desde hace décadas a los partidos
de izquierdas. Es preciso construir desde abajo. Traer el futuro a la
sociedad real poniendo en marcha nuevo tipos de empresas, con formas de
propiedad y gestión alternativas; canales de distribución de los bienes y
servicios que no obliguen a gastar improductivamente más de lo que valen;
organizar el consumo racional y sosteniblemente; gestionar lo común y no
destruirlo… Nada de eso es inalcanzable ni utópico. Lo tenemos a nuestro
alrededor en multitud de experiencias y lugares del. mundo. Y la mejor prueba
de su brío, de su utilidad, de su fuerza o de su entidad es que hayan brotado
y no dejen de crecer en todo el planeta a pesar del contexto tan adverso en
el que nos encontramos. |
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