Los testimonios de los afectados demuestran que buena parte de lo indicado en las últimas sentencias del Supremo sobre el IRPH son juegos de leguleyo y no tienen en cuenta la consecuencia humana que en ocasiones ha rozado la tortura
José Antonio Gómez
17/12/2025
Tras muchos años analizando documentos, escuchando a las víctimas, hablando
con responsables de las entidades bancarias y recogiendo valoraciones de
juristas, quien firma este Ágora se ha dado cuenta de que, durante demasiado
tiempo, el IRPH ha sido analizado desde
arriba: desde los despachos judiciales, desde los informes técnicos y desde una
lógica institucional que reduce el problema a la legalidad formal de un índice
publicado en el BOE. Sin embargo, cuando se desciende al terreno de la experiencia
real, el relato cambia radicalmente. Allí, el IRPH no es un concepto
financiero, sino una presencia constante que organiza la vida
cotidiana de miles de familias. Es en esa fricción entre doctrina y vivencia
donde la realidad de las víctimas empieza a imponerse sobre los argumentos
del Tribunal Supremo.
“Tener una hipoteca con IRPH me obliga a tomar ansiolíticos, porque
no llego a fin de mes”, explica a Diario Sabemos una
afectada. Su testimonio no habla de cláusulas ni de diferenciales, sino de salud
mental, de angustia sostenida en el tiempo y de decisiones imposibles. Destinar
el 65% de los ingresos familiares a la hipoteca,
pagar 500 euros más al mes que con un préstamo
referenciado al Euríbor, no es una desviación estadística: es una condena económica
que se filtra en cada aspecto de la vida. En su caso, incluso los estudios
universitarios de su hija quedaron condicionados por una cuota hipotecaria que
nunca fue explicada.
Otro afectado nos relata cómo el IRPH ni siquiera fue “vendido”:
simplemente apareció años después. “Pensaba que tenía Euríbor más
cláusula suelo. Me enteré de que tenía IRPH cuando el banco me contestó que
todo estaba bien”. La hipoteca la firmó con la caja de toda la vida,
en un clima de confianza personal que sustituyó a cualquier explicación
técnica. El hecho de no tener diferencial elevado fue interpretado como una
ventaja, cuando en realidad ocultaba un índice estructuralmente más caro. “Gracias a ellos mi vida es un sinvivir desde que firmé IRPH”,
resume. Para evitar impagos, terminó encadenando préstamos personales,
profundizando una espiral de endeudamiento que no figuraba en ningún folleto
informativo.
La narrativa judicial sostiene que el consumidor podía conocer el índice si
lo leía en la escritura. Pero los testimonios revelan algo distinto: una pedagogía inexistente y una retórica engañosa. “El
IRPH es mejor para vosotros”, “es más estable”, “ya lo entenderéis cuando
tengáis el préstamo”. Frases vagas, repetidas una y otra vez, que hoy resuenan
como una forma de violencia financiera blanda. “Maldigo el día en que pisamos aquella oficina; sin saberlo,
estábamos vendiendo nuestra alma al diablo”, confiesa otra familia.
Su préstamo es 300 euros más caro cada mes, sin
ninguna prestación adicional. El resultado no es solo económico: es vital. La
calefacción en invierno se convierte en un dilema, el calzado infantil en un
cálculo y la seguridad básica en una incógnita permanente.
Hay testimonios que van aún más lejos y describen cómo el IRPH ha desarticulado por completo cualquier proyecto de vida.
“Todo gira en torno a la hipoteca; ir al supermercado es un pecado”,
cuenta una persona que firmó su préstamo en 2007, cuando el Euríbor estaba en
máximos. Le dijeron que el IRPH era más ventajoso; nunca le explicaron que no
bajaría cuando el mercado cayera. Desde entonces, no ha podido formar una
familia. “Ni hijos, ni dentistas, ni nada de nada”, resume con
una crudeza que desarma cualquier discusión técnica. El daño, dice, es
“irreparable”.
Otros testimonios añaden un elemento aún más perturbador: la erosión de la salud física y mental. Un afectado nos
relata que, tras perder su empleo en 2008, la cuota subió hasta los 800 euros.
Después de doce años había pagado 63.000 euros en intereses y
solo 27.000 de capital, una aritmética que explica por sí sola la
trampa. Hoy vive con tratamiento psicológico y ha tenido que reducir las
necesidades básicas de su familia. “Gracias al IRPH hoy soy un
muerto en vida”, afirma. No es una metáfora: es la descripción de
una existencia suspendida.
Otro relato sitúa el problema en el momento exacto del estallido de la
burbuja inmobiliaria. Mientras las hipotecas de amigos bajaban, la suya subía.
Creía haber firmado Euríbor +0,90. Años después descubrió que tenía IRPH Cajas, un índice posteriormente eliminado por
incumplir la Directiva 93/13. Las cuotas alcanzaron los 1.600 euros, muy lejos del cuadro de amortización
inicial. “Sufrir IRPH enferma tu salud, enferma las ilusiones de toda la
familia”, explica, antes de lanzar una pregunta que resume la
fractura institucional: “¿Por qué las instituciones
defienden al fuerte y no a sus ciudadanos?”.
Frente a este mosaico de experiencias, el razonamiento del Supremo aparece blindado por una lógica sistémica:
el IRPH es oficial, es público, y por tanto no puede considerarse abusivo per
se. Pero lo que emerge de los testimonios es una verdad incómoda: la transparencia formal no garantiza comprensión real,
y menos aún consentimiento informado. La reiteración de historias similares,
separadas por años y geografías, sugiere un patrón, no una anomalía.
Como ocurrió con las preferentes, las cláusulas
suelo o las hipotecas multidivisa, el tiempo está desplazando el
centro del debate. Ya no se trata solo de si el índice era legal, sino de si un
Estado social puede aceptar que un producto financiero, amparado por la
norma, destruya vidas sin ofrecer reparación. En ese
desplazamiento, la voz de las víctimas empieza a pesar más que los argumentos
abstractos.
El IRPH, visto desde abajo, no es estabilidad: es rigidez.
No es seguridad: es asfixia. Y no es neutralidad técnica: es una transferencia
silenciosa de renta desde hogares vulnerables hacia el sistema financiero. La
realidad, expresada en estos testimonios, no refuta directamente al Supremo, pero
sí lo desborda. Porque ninguna sentencia puede neutralizar
el hecho de que miles de ciudadanos viven atrapados en una hipoteca que nunca
entendieron y que condiciona cada decisión vital.
En última instancia, el juicio sobre el IRPH ya no se está celebrando solo
en los tribunales. Se está celebrando en las cocinas donde se apagan
calefacciones, en las familias que renuncian a hijos, en los trabajadores que
enlazan créditos para pagar créditos. Y ahí, lejos del lenguaje jurídico, la realidad se impone con una fuerza que ningún argumento técnico
consigue ya contener.
No hay comentarios:
Publicar un comentario