Comentario:
¡Los machotes de Vox! ¡A votarlos todos los necios! Y luego, a joderse tocan…
Vox gestiona una denuncia por agresión sexual a un menor con una baja silenciosa mientras mantiene intacto su discurso de superioridad moral
Eva Maldonado
18/12/2025
La salida discreta del responsable de redes sociales de Vox tras una
denuncia por agresión sexual a un menor no es un episodio
aislado ni una anomalía administrativa. Es un síntoma. La extrema derecha
española vuelve a enfrentarse a una acusación de máxima gravedad con el mismo
patrón: desvinculación exprés, ausencia de explicaciones políticas y
ningún cuestionamiento interno de una organización que se
presenta como guardiana de valores.
La denuncia describe un abuso de poder sostenido
en el tiempo. Mensajes reiterados, insinuaciones, presión para encuentros privados y tocamientos no consentidos a un
militante menor de edad. El denunciado ocupaba una posición
orgánica relevante, con acceso directo a espacios de poder dentro del partido y
de su entorno juvenil. La víctima señala precisamente eso: la jerarquía como palanca.
La reacción de Vox ha sido limitar el daño reputacional
con una fórmula conocida: la baja voluntaria del militante. No hay suspensión
cautelar comunicada, no hay apertura de investigación interna conocida, no hay
comparecencia pública. Hay silencio. Y ese silencio es una decisión política.
El relato de la denuncia apunta a un elemento central: la utilización de la
posición orgánica para generar una relación de dependencia y presión. No es un
detalle menor. Vox ha construido buena parte de su estructura a partir de liderazgos verticales, especialmente en áreas de
comunicación y movilización juvenil, donde la cercanía al núcleo dirigente
otorga poder informal.
Ese diseño organizativo no es neutral cuando se producen abusos. Reduce los
contrapesos, dificulta la denuncia y refuerza la idea de que los problemas se
resuelven hacia dentro. O, directamente, se silencian. La decisión de la
víctima de denunciar ahora, tras una nueva citación en la sede del partido,
habla de un miedo acumulado, no de un conflicto puntual.
El doble discurso permanente
Vox ha hecho del combate retórico contra el feminismo, las políticas de
igualdad y la educación sexual una de sus señas de identidad. Acusa a otros de
promover una “ideología” que, según su argumentario, erosiona la protección de
los menores. Sin embargo, cuando una denuncia concreta interpela a su propia
estructura, el discurso se evapora.
No hay condena pública del presunto agresor. No hay mensaje de apoyo
explícito a la víctima. No hay revisión de protocolos internos, si es que
existen. La moral se invoca hacia fuera y se suspende hacia dentro.
El caso tiene además una dimensión especialmente sensible: el uso de menores en la estrategia política. Vox
ha fomentado activamente la militancia juvenil y la participación de
adolescentes en actos, campañas y producción de contenidos. Esa exposición
conlleva responsabilidades específicas que el partido no asume cuando surgen
denuncias graves.
La denuncia menciona que el joven fue citado para grabar vídeos en la sede
del partido. El espacio político convertido en escenario de captación y, según
el relato, de presión personal. La frontera entre militancia y subordinación se
vuelve difusa cuando no existen garantías claras ni
supervisión independiente.
El patrón de la extrema derecha
No es la primera vez que la extrema derecha europea responde así ante
acusaciones de violencia sexual. La estrategia se repite:
individualizar el caso, cortar el vínculo formal y evitar cualquier reflexión
estructural. Todo lo contrario de lo que exige un problema que tiene
que ver con poder, jerarquía y cultura organizativa.
La insistencia del denunciante en que conoce otros dos
casos similares apunta a un posible comportamiento reiterado, algo que debería
activar alarmas internas inmediatas. La ausencia de reacción pública refuerza
la sospecha de que la prioridad no es esclarecer los hechos, sino proteger la
marca.
Vox no ha explicado qué sabía, cuándo lo supo y qué medidas adoptó al tener
conocimiento de la denuncia. Tampoco ha aclarado si el denunciado mantuvo
contacto con otros menores en el ejercicio de sus funciones. Ese vacío informativo no es casual. Forma parte de una concepción
del partido como espacio opaco, impermeable a los estándares que exige a los
demás.
La extrema derecha construye su discurso sobre la idea de orden, ley y
protección. Pero cuando ese relato choca con una denuncia que interpela
directamente a su estructura, la respuesta es la mínima imprescindible para
pasar página. Sin preguntas incómodas. Sin responsabilidades políticas.
El caso está ahora en manos de la justicia. Lo que queda en el ámbito
político es una evidencia incómoda: quien se arroga la superioridad
moral debería ser el primero en rendir cuentas. En Vox, una vez más,
no ha sido así.
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