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La agenda trumpista, diseñada y financiada por bancos y grandes
corporaciones, es una estrategia consciente para vaciar la democracia desde
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A la hora de analizar lo que está
ocurriendo en el mundo no se debería caer en lo que a mí me parece una
peligrosa simplificación: considerar que estamos en una simple anomalía
producida por la personalidad singular del presidente de Estados Unidos, Donald
Trump. Este es, sin duda, lo suficientemente
excéntrico, autoritario y disruptivo como para poner en peligro por sí solo
el ya frágil entramado de derechos, libertades e instituciones democráticas,
no sólo en su país sino en todo el mundo. Su narcisismo enfermizo y el
desprecio por las normas están abriendo las puertas a un auténtico vendaval
neofascista de consecuencias funestas. Sin embargo, me temo que el
autoritarismo y la crisis de la democracia se extienden por razones que van
mucho más allá de las características personales de Trump. Y analizar como
algo personal lo que en realidad es estructural puede hacer ingenuamente que
el problema se resuelve reemplazando a un líder por otro.
A mi juicio, nada brota si no existen
condiciones que le permitan crecer y desarrollarse, sin un medio ambiente favorable,
y por eso creo que Trump no es exactamente la causa principal de la crisis
democrática de Estados Unidos y del mundo entero. Es, en realidad, el efecto
emergente de una serie de grandes fracturas económicas, institucionales,
mediáticas, culturales, tecnológicas y geopolíticas que afectan al planeta. Dicho de otra manera: la aparición de
líderes autoritarios y neofascistas como Trump no es la causa de la crisis de
la democracia y las libertades; es esa crisis la que da lugar y explica la
aparición y la funcionalidad de Trump. Por eso su llegada al poder no puede
considerarse como un accidente pasajero, sino como auténtico punto de
inflexión en la historia del capitalismo contemporáneo y me atrevería a decir
que de la humanidad. Un sistema
incompatible con la democracia y la libertad Lo que está ocurriendo en Estados
Unidos y va a ocurrir también en los demás países avanzados es la
consecuencia de una mutación del capitalismo que lo ha hecho cada vez más
incompatible con la democracia. Esa incompatibilidad se produce por
tres razones principales: – La gran desigualdad de nuestro
tiempo ha deteriorado las economías y ha obligado a limitar cada día más los
derechos y libertades de desposeídos a cuya costa se genera la concentración
de la riqueza y el poder que la producen. – Cuando esa desposesión se hace
indisimulable hay que recurrir a la mentira y al falseamiento del debate
social para poder justificarla, para hacer creer que es la inmigración, el
feminismo o la política democrática lo que amenaza el empleo, los salarios,
la provisión de los servicios públicos, la seguridad o la soberanía. – El nuevo capitalismo tecnológico que
se ha hecho dominante necesita plena libertad para utilizar en su favor todos
los recursos del Estado. Estos procesos están produciendo las
grandes fracturas económicas, institucionales, mediáticas, culturales,
tecnológicas y geopolíticas que están convirtiendo al capitalismo de nuestros
días en un sistema incompatible con la democracia, y este es el medio
ambiente en el que líderes políticos como Trump, Milei, Le Pen, Orbán... no
aparecen como sorpresas o incidencias casuales, sino como las respuestas
necesarias para intentar consolidarlo. Fracturas económicas
y sociales profundas En las últimas cuatro décadas, la
economía estadounidense viene experimentando transformaciones que han
erosionado los cimientos sociales que pueden sostener a la democracia, por
débil que esta sea: – Concentración extrema de la riqueza
y el poder económico que ha producido una desconexión creciente entre el
crecimiento de la economía y el bienestar de la mayoría de la población. Hoy,
el 1% más rico posee el 31,7% de la riqueza total del país, mientras que la
mitad inferior de la población apenas supera el 2%. – Profunda desindustrialización debida
a la externalización productiva, es decir a la marcha de las grandes empresas
al exterior, al amparo de la globalización, para buscar costes más bajos, que
ha producido desempleo generalizado en muchas áreas, precarización salarial y
estancamiento salarial. Desde 1980 se han perdido más de 7,5 millones de
empleos industriales, y en amplias zonas la renta per cápita real es hoy
inferior a la de hace tres décadas. – Endeudamiento masivo de los hogares
en educación, salud y vivienda, que convierte derechos básicos en riesgos
financieros permanentes. Sólo en deuda estudiantil 42,8 millones de personas
mantienen deuda estudiantil por valor superior a los 1,7 billones de dólares,
una cifra superior al PIB de países como España. – Desigualdad territorial extrema, con
grandes espacios y regiones enteras sumidos en un gran declive económico y
social. – Debilitamiento del poder sindical y
del trabajo organizado, que reduce la capacidad de acción colectiva. Además de desigualdad y deterioro
económico, estas dinámicas han generado una inseguridad vital que se ha hecho
crónica en amplios sectores sociales que viven con la sensación de pérdida de
estatus, de futuro bloqueado y de ruptura del contrato social. Eso ha hecho
que la política se haya convertido para ellos en un campo de continua amenaza
y la demanda social ha dejado de ser la de redistribución o reforma para
buscar, simplemente, la protección que supuestamente proporcionan los líderes
autoritarios. Democracia vaciada La segunda base en que se ha
sustentado el avance del trumpismo es el diseño y funcionamiento degradado de
las instituciones políticas estadounidenses. – El sistema electoral se ha ido
distorsionando cada vez más, se han generalizado los casos de manipulación de
distritos para favorecer a uno u otro partido o mecanismos encaminados a
suprimir el voto de algunos grupos sociales, quebrándose así el principio de
igualdad política. En 2016, Donald Trump perdió el voto popular por casi tres
millones de votos y aun así ganó la presidencia. – La financiación privada masiva de la
política ha otorgado a grandes fortunas y corporaciones una influencia
decisiva sobre el proceso legislativo y el gobierno ha sido materialmente
capturado por grupos de presión, especialmente financieros, energéticos,
tecnológicos y militares. En las elecciones de 2020 se gastaron más de 14.000
millones de dólares, aportados de forma desproporcionada por un porcentaje
ínfimo de grandes donantes. – Las puertas giratorias que disuelven
la frontera entre interés público e interés privado se han hecho una
constante. – Los contrapesos institucionales
(tribunales, agencias reguladoras y administración profesional) se han ido
debilitando, cuando no desapareciendo, en los últimos años, permitiendo que,
aunque los ciudadanos voten, no sean realmente los que decidan cómo se
gobierna. Todo ello ha producido una brecha
entre participación formal y poder real que genera frustración, cinismo y
deslegitimación del sistema (sólo un 17 % de los estadounidenses confía en el
Congreso). Y eso es lo que permite que personajes estrambóticos como
Trump aparezcan aquí como ajenos a un sistema que se percibe como corrupto,
aunque en la práctica se hayan enriquecido con él, lo utilicen y lo
profundicen. El atractivo social de personas como Trump no nace a pesar de
esas disfunciones institucionales, sino gracias a ellas. Degradación
mediática del espacio público El sistema mediático estadounidense
(como en la inmensa mayoría de otros países) también ha mutado: – El periodismo ha pasado de ser un
medio de control del poder a una industria de la atención. – La información ha dejado de ser
contextualizada para convertirse en espectáculo permanente. – En lugar de promover y ayudar a generar
un espacio público común y compartido se dedica a crear burbujas ideológicas
rentables. Y todo ello ha sido intensificado por
las plataformas digitales y los algoritmos que, buscando aumentar la
interacción que los hace más rentables, amplifican el extremismo y la
polarización, fragmentan la realidad en relatos incompatibles, y anteponen la
emoción sobre el análisis. Numerosos estudios muestran que los
contenidos falsos y extremos se difunden más rápido y alcanzan mayor
audiencia que la información verificada. Basta recordar la difusión masiva de
la narrativa del fraude electoral en 2020, sostenida durante semanas, pese a
la inexistencia de pruebas y al rechazo sistemático de los tribunales. El funcionamiento actual de los medios
de comunicación busca y hace que desaparezcan los hechos compartidos que son
condición básica para que la democracia no se degrade. En este entorno, las personas y
líderes que encarnan la lógica del sistema son los que, como Trump o Milei,
basan su comportamiento en la mentira, el conflicto, el simplismo y la
provocación. Vulnerabilidad
cognitiva, generacional y simbólica El deterioro de la educación y de la
cultura cívica que se viene produciendo en las últimas décadas debido a
causas diversas agrava todas las dinámicas anteriores. El retroceso en competencias básicas y
pensamiento crítico, la mercantilización de la educación superior, la
segregación educativa creciente por renta y territorio, la reducción de la
educación cívica y de la comprensión institucional, la politización e incluso
la censura expresa de contenidos históricos y científicos han creado una
ciudadanía con menos herramientas cognitivas, más vulnerable a la
manipulación, a la simplificación del populismo y a la guerra cultural. Eso ha hecho posible que la política
haya dejado de ser un debate transparente sobre intereses y proyectos
colectivos para convertirse en una lucha de identidades que enfrenta y
paraliza. La consecuencia ha sido también una
crisis subjetiva profunda que provoca miedo existencial y al declive
nacional, frustración generacional y colapso de expectativas, crisis de
estatus y masculinidad en sectores tradicionales; soledad, ansiedad y fatiga
cognitiva y ausencia de un proyecto colectivo de futuro en una gran parte de
la población. Personalidades como la de Trump o
Milei ofrecen relatos simples, culpables claros y promesas de restauración
simbólica. No resuelven los problemas, pero alivian emocionalmente a quienes
se sienten perdidos y desplazados. Un poder real que
mueve los hilos Ninguno de esos procesos podría
haberse producido sin el impulso y la financiación del mundo de los negocios,
de las grandes corporaciones y el capital financiero. Han logrado que la
democracia se vacíe de contenido redistributivo, desplazar el conflicto del
eje económico al cultural, generar una constante sensación de amenaza,
condicionar así la política exterior y presupuestaria y limitar el espacio de
la diplomacia y la deliberación democrática. Trump no gobierna contra el poder
económico. Gobierna para una parte significativa de él. No es casual que
grandes fortunas, corporaciones y sectores tecnológicos hayan financiado,
tolerado o normalizado su figura. No es Trump, es el
sistema En definitiva, Donald Trump no puede
entenderse como una aparición inesperada ni como un cuerpo extraño al sistema
de poder económico, político y mediático que domina Estados Unidos. Al
contrario, ese tipo de figura se convierte en el instrumento político que
requiere una fase del nuevo capitalismo en la que amplios sectores del poder
real –financiero, tecnológico, energético, industrial y mediático– necesitan
aplicar políticas profundamente regresivas sin aparecer como sus responsables
directos. Y para que esa estrategia de captura
sea factible y tenga éxito social y electoral, resulta clave que sean
encarnadas por figuras que se presenten como ajenas al sistema, como
outsiders que “dicen lo que otros no se atreven a decir” y que aparentan
enfrentarse a las élites, aunque en la práctica gobiernen para una parte
significativa de ellas. Trump cumple perfectamente ese papel: su estilo
estridente, su retórica antisistema y su provocación constante funcionan como
una cortina de humo que oculta la continuidad de fondo de las políticas que
se aplican. Es una lógica que no es nueva ni
exclusiva de Estados Unidos. En contextos de creciente desigualdad,
debilitamiento democrático y frustración social, el sistema tiende a
necesitar líderes que parezcan venir de fuera para poder profundizar
transformaciones que, de otro modo, encontrarían mayor resistencia. Por eso,
las condiciones que han hecho posible el trumpismo en Estados Unidos se
reproducen (y se van a reproducir cada vez en mayor medida si no se pone freno
a los procesos que hemos visto), con más o menos variaciones en buena parte
de las otras democracias occidentales y periféricas. Allí donde ya han
empezado a emerger partidos y figuras similares que combinan discurso
antisistema, liderazgo personalista y políticas funcionales a los intereses
dominantes. Ausencia de
elementos de freno y corrección La ausencia de un freno o corrección
internos y externos efectivos ha permitido que estas dinámicas se
profundicen. El tipo de relación que el resto del mundo mantiene con Estados
Unidos también forma parte del problema por el vasallaje imperial. La dependencia militar y monetaria, la
legitimación acrítica de su liderazgo incluso cuando viola normas
internacionales y el aceptar que Estados Unidos asuma la función de gran
policía global reduce los costes externos de su deriva autoritaria y que las
disfunciones que eso provoca internamente se acumulen sin ajuste. El silencio –o, al menos, la falta de
una respuesta suficientemente efectiva– tanto a nivel externo como interno
ante la quiebra democrática e institucional que se viene produciendo no es
casual. Es el resultado, por un lado, de un auténtico cálculo racional de los
actores sociales más poderosos que necesitan y a quienes beneficia la
desregulación extrema de los mercados, el dejar de gravar la riqueza, la
liquidación de los derechos laborales o que se dé libertad a los monopolios.
Y, por otro, de la inoperancia, debilidad y fracaso de las izquierdas de
nuestro tiempo. No es anomalía: hay
manual de instrucciones Trump no es un verso suelto que
aparece en la vida política con partitura propia y en contra del ecosistema
de poder en el que nace. Viene, por decirlo metafóricamente, con manual de
instrucciones y –por muy relevante que sean su personalidad y singularidad–
es, en realidad, el ejecutor de un proyecto estructurado. Basta leer el
llamado Proyecto 2025 para comprobarlo. Con ese documento, elaborado por
cientos de especialistas y financiado por grandes empresas y bancos, se
demuestra que vaciar la democracia desde dentro, convertir el Estado en
instrumento de facción y hacer irreversible la concentración de poder no es
una tarea improvisada que Trump haya emprendido por su cuenta, sino una
estrategia consciente, premeditada y muy bien diseñada. Alrededor del 61 % de las más de 320
medidas propuestas ya se han puesto en marcha o están en proceso de
ejecución. Eso significa que, si no estuviese Trump en el poder, otra persona
podría ser quien hiciera su mismo trabajo de desmantelamiento de la democracia,
liberalización extrema de los mercados y de apoyo y privilegio a los grandes
grupos de poder. Donald Trump no es el origen de la
quiebra democrática que vivimos, sino su manifestación más visible y, hasta
ahora, más extrema. Su figura concentra la atención porque encarna de forma
grotesca y provocadora procesos mucho más profundos que llevan décadas
gestándose. Por eso, centrar el debate exclusivamente en él resulta engañoso
y puede ser que inútil. Lo verdaderamente inquietante no es
que Trump haya llegado al poder, sino que el entramado económico,
institucional, mediático y geopolítico de nuestro tiempo no sólo lo tolere,
sino que lo necesite. El llamado Proyecto 2025 demuestra que no estamos ante
una deriva improvisada ni ante el capricho de un líder excéntrico, sino ante
una estrategia consciente para vaciar la democracia desde dentro y hacer
irreversible la concentración de poder. La pregunta decisiva, por tanto, no es
cómo impedir la presencia personal de Trump o de otras figuras similares,
sino qué transformaciones profundas son necesarias para desactivar las
condiciones que las hacen posibles. Porque mientras esas condiciones
permanezcan intactas –desigualdad extrema, democracia formal vaciada, captura
del poder económico, degradación del espacio público y silencio cómplice a
escala interna e internacional– Trump no será una anomalía histórica. Será un
precedente. Y los precedentes, cuando no se
corrigen, se convierten en norma. |
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