Comentario: Como es cosa natural, no todos los extremeños tenemos los suficientes c… esos, ni todas las extremeñas los suficientes ovarios para enfrentarse a las adversidades y mucho menos si son políticas. María Guardiola debería dar un paso al frente y mandar a hacer puñetas a la cúpula popular negociando con el PSOE su abstención y logrando la presidencia de Extremadura. Después, si los populares no se prestan, que les den por ahí, se tendrán que aguantar y punto final. Pero así, Vox habrá quedado en calzoncillos y los extremeños de bien se lo agradecerán.
El enfado de Génova por la forma en que la candidata del PP ha llevado la negociación con los ultras es "monumental"
La tensión interna en el Partido Popular ha
vuelto a aflorar con fuerza a raíz de las negociaciones entre María Guardiola, presidenta del PP de Extremadura, y Vox para
intentar desbloquear la gobernabilidad en la región. Lo que inicialmente
parecía un proceso complejo pero encauzado ha derivado en un pulso político que
amenaza con fracturar la estrategia nacional del partido y poner a prueba el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo.
El ultimátum lanzado desde la dirección nacional al equipo de Guardiola
refleja no solo la importancia simbólica de Extremadura, sino también la
dificultad de gestionar alianzas con Vox en un contexto de creciente presión
electoral. Estamos, sin duda, ante un "hasta aquí hemos llegado" de
la cúpula, cuya paciencia se ha agotado tras semanas de tira y afloja. Pasa el
tiempo y la victoria del PP en las urnas puede traducirse en derrota al verse
doblegado por la intransigencia de Vox.
Guardiola se encuentra en una posición delicada: por un lado, arrinconada
por el partido de Abascal, que se ha enrocado en el rupturismo
antisistema y se niega a negociar ningún tipo de reparto de cuotas de poder con
la candidata popular (se la tiene jurada y va a por ella no solo por cuestiones
políticas, también por cuitas pendientes que llegan a lo personal); por otro
lado, queda claro que Guardiola está perdiendo el respaldo del partido, de la
cúpula, del propio Feijóo. A esta hora, podría decirse que su cabeza pende de
un hilo. Si no logra atar los acuerdos con Vox y lo hace ya, habrá repetición
electoral, que con los ultraderechistas disparados
en las encuestas podría terminar en un fiasco para los intereses del Partido
Popular.
Fuentes de Génova 13 aseguran que el nivel de Guardiola es, en una escala
de cero a diez, el máximo, es decir, “monumental”. No ha gustado la forma
de negociar de la expresidenta ni su gestión del proceso. Se considera que ha
aireado demasiadas conversaciones y que ha asumido un papel demasiado
protagonista concediendo entrevistas a medios de comunicación. El resultado de
ese enfado es que Feijóo le ha ordenado a Guardiola que trabaje más y más discretamente para lograr el apoyo de Vox y
se deje de ruido y debates públicos sobre el feminismo. Las
contradicciones de la candidata han sido sonrojantes: primero arremetiendo
contra el machismo de “los señoros” ultras, después declarando que su
feminismo es igual que el de Vox (en realidad el partido de Abascal repudia
cualquier tipo de etiqueta sobre defensa de los derechos de la mujer). Todo
este embrollo ha aumentado el cabreo de Génova 13.
Desde el principio, las conversaciones entre PP y Vox en Extremadura han estado
marcadas por la desconfianza mutua. Vox reclama
entrar en el Gobierno autonómico con consejerías de peso, mientras que
Guardiola ha defendido públicamente que su proyecto debe mantenerse “moderado”
y “centrado”, evitando ceder áreas sensibles a la formación de Santiago Abascal. Esta postura, que en un primer
momento fue interpretada como una estrategia negociadora, ha ido generando
fricciones con la dirección nacional del PP, que busca evitar bloqueos
institucionales y proyectar una imagen de solvencia y capacidad de pacto.
El ultimátum llega precisamente en ese punto crítico. Según fuentes del
partido, la dirección nacional habría exigido a Guardiola que cierre un acuerdo con Vox en un plazo breve y sin más dilaciones. El
mensaje es claro: el PP no puede permitirse perder la oportunidad de gobernar
Extremadura después de haber sido la fuerza más votada, y mucho menos aparecer
como responsable de una repetición electoral o de un bloqueo institucional. La
presión no solo es interna; también procede de los barones territoriales, que
observan con preocupación cómo cada negociación
autonómica se convierte en un termómetro del equilibrio entre PP y Vox. Ahí
la responsabilidad de Feijóo está clara: fue él quien dio la orden de convocar
elecciones anticipadas en Extremadura, Aragón, Castilla León y Andalucía, para
doblegar a Vox, y la jugada le ha salido mal.
Para Guardiola, la situación es especialmente delicada. Su discurso durante
la campaña electoral se centró en la regeneración, la transparencia y la
defensa de políticas moderadas. En varias ocasiones afirmó que no gobernaría
con Vox si ello implicaba renunciar a principios fundamentales, especialmente
en materia de igualdad o violencia de género. Sin embargo, la aritmética
parlamentaria ha dejado claro que sin el apoyo de Vox no es posible formar
gobierno. Esta contradicción entre el compromiso electoral y la realidad
política ha alimentado un debate interno sobre hasta qué punto la presidenta
regional puede mantener su posición sin poner en riesgo el conjunto del
proyecto popular.
El ultimátum de la dirección nacional también responde a un cálculo
estratégico más amplio. Feijóo ha intentado proyectar una imagen de liderazgo
firme y pragmático, capaz de llegar a acuerdos cuando es necesario, pero sin
renunciar a la identidad del partido. En ese marco, cada negociación autonómica
se convierte en un precedente que puede influir en otras regiones y en la
política nacional. Si Extremadura se convierte en un foco de inestabilidad, el
mensaje que se transmite es que el PP no logra gestionar con eficacia sus
pactos territoriales. Por eso, la presión sobre Guardiola no es solo una
cuestión regional, sino un intento de evitar un efecto dominó. Ya hay quien
dice que la presidenta está sentenciada. Abascal ha pedido su cabeza y Feijóo
estaría dispuesto a darla si no se arregla pronto la situación.
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