Comentario: Este “menda” de la derechona nos ha tenido engañados 40 años. ¡Fuera del PSOE ya! Que nadie olvide que incluso la CIA de los yanquis ya lo catalogó de derechas cuando empezaba. El PSOE se tiene que quitar de en medio a todos estos personajes que han engañado a los españoles haciéndose pasar por socialistas sin serlo. Algunos además venían de “Los Principios del Movimiento Nacional”, caso del alcalde del pueblo donde vivo, Castuera (Badajoz), que ha sido derrotado ampliamente en las últimas votaciones, pero que ahí sigue, seguramente, hasta que encuentre “algo” para sus niños.
El presidente del Gobierno sopesa dar el paso crucial que podría abrir una guerra interna en el partido
Hay tensión en el PSOE. Mucha tensión.
Y no solo por el caso Ábalos o por
los nefastos resultados en las elecciones de Extremadura y Aragón. La tensión viene por el futuro del patriarca,
del Matusalén del socialismo español, de Felipe González. Nadie sabe dónde poner el dichoso
jarrón chino, que antes parecía decorativo pero que ahora incordia en cualquier
parte de la casa. Lo colocan en la entrada de Ferraz y
molesta. Lo ponen en el pasillo y estorba porque todo el mundo tropieza con él.
Lo sacan a los jardines de Moncloa, para que se
airee un poco con los bonsáis que él mismo plantó, y perturba. No hay quien
sepa qué hacer con el fastidioso jarrón chino fuera de contexto. ¿Qué hacemos
con él, dónde lo llevamos, dónde lo metemos? Esa es, aunque parezca mentira y
con la que está cayendo en el país, la gran pregunta que se hace el PSOE de
hoy.
Cada vez que el jarrón sale a pasear por Madrid o lo
invitan a dar una charla, la arma. Se le calienta el morrillo y empieza a
despotricar contra esto y aquello, contra Sánchez, contra los
pactos con Bildu, contra la falta de respeto
al legado de los padres fundadores, mayormente él. Se ha convertido en el abuelo Cebolleta, aquel personaje de cómic del
gran Vázquez que, con su larga barba blanca, sus
antiparras y su interminable verborrea daba la murga y la paliza a los demás
con aquello de “en cierta ocasión, iba yo al frente de mis cipayos, cuando,
bla, bla, bla...” Eso piensan ya los socialistas del aparato: que FG es el
abuelo Cebolleta que con sus batallitas y diatribas letales está agotando y
hasta desangrando al partido.
Felipe es una fuerza de la naturaleza. Un incombustible que no se pierde un
sarao. Y no se limita a asistir en su papel de invitado, convidado de piedra o
parte del mobiliario. Se para en los corrillos de periodistas, responde al
canutazo, dice cosas y da opiniones a menudo polémicas. Toca los pies. Hoy
mismo, se ha presentado en el Congreso de los Diputados para
tomar parte en el acto de conmemoración de la Constitución del 78,
la más longeva de la historia de España tras superar en vigencia a la de 1876.
Y allí ha lanzado su último dardo envenenado contra Moncloa, esta vez a cuenta de Borja Cabezón y sus negocios aireados por la
prensa de la caverna. “Yo nunca he dejado tirado a un amigo”,
avisa Felipe. ¿Iba con segundas y hasta con terceras? ¿Otro zasca contra
Sánchez? Habrá que seguir de cerca ese turbio asunto.
Pero más allá de las opiniones y análisis sobre los titulares de
actualidad, lo que más ha escocido en Ferraz es el desprecio, más propio de un
político del PP o de Vox, con el que FG se refiere últimamente al PSOE. Eso
de que piensa votar “en blanco” en las próximas generales por sus desacuerdos
con la actual dirigencia sanchista ha dolido y mucho. Algunos militantes han
visto en sus palabras el colmo de los colmos, la gota que rebosa el vaso, la
última intolerable deslealtad. La traición definitiva. Una canallada que solo
puede provenir de alguien que sentimentalmente ya no forma parte de la gran
hermandad de la izquierda española. Y han dicho basta ya a la voz de la
conciencia crítica (al viejo resabiado y tocapelotas). El ministro Ángel Víctor Torres le ha abierto la puerta del
partido para que se largue y hasta el siempre irónico y mesurado Patxi se ha mostrado inusualmente duro con el
tótem al sentenciar que hace tiempo dejó de ser una “referencia” para los
socialistas.
El ambiente en Ferraz está muy inflamado, cargado, enrarecido. Y puede
estallar en cualquier momento. Por la sede madrileña corre el rumor de que
Pedro Sánchez ya tiene el expediente de expulsión de Felipe sobre su mesa, tal
como ya ocurrió con otros ilustres purgados por sus devaneos ayusistas
(véase Joaquín Leguina y Nicolás
Redondo Terreros). El informe está terminado, solo falta la firma
del jefe y el sello con el puño y la rosa. Un amplio dosier donde se detalla
cada una de las declaraciones antisocialistas, pullas descarnadas, pedorretas,
cagaditas, burlas, mofas y befas hirientes que el expresidente del Gobierno ha
ido soltando contra la jefatura en los últimos años. Todo un juicio sumarísimo
contra el veterano expresidente que ya solo sigue una máxima en la vida:
aquello de para cuatro días que me quedan en el convento...
Por descontado, todo ese expediente disciplinario es, no ya una patata
caliente para Sánchez, sino una auténtica bomba de relojería. Felipe no es
Leguina o Redondo, que se quedaron para las tertulias radiofónicas de brasero
de Carlos Herrera y poco más. Hablamos del mito de
los 200 escaños, del gurú de las mayorías absolutas, de la leyenda viva que
colocó a España en la modernidad. Una parte de la historia sin la cual no se
entiende el pasado reciente de este país. Una figura a la altura del rey emérito, Suárez o Carrillo. Lo que le pide el cuerpo a Sánchez es ponerlo
de patitas en la calle. De esa forma daría gusto a los sectores más cafeteros
del PSOE sanchista y también a los socios de coalición que como Esquerra o Bildu piden su
cabeza. Sin embargo, no puede. Largarlo con viento fresco abriría una guerra
interna en el PSOE de consecuencias imprevisibles. Aunque el felipismo ya no es
la corriente mayoritaria, tiene sus adeptos, sus guardianes de las esencias,
sus barones territoriales (y no miro a nadie) con sus respectivos votantes de
siempre (la tercera edad del socialismo) que quizá no entenderían la medida
disciplinaria. Matar al padre (en este caso al abuelo), puede que no sea una
solución, sino el principio de nuevos males e infortunios para el partido.
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