Comentario: Muy
bueno tu análisis del racismo y del odio, José Antonio, pero que nadie olvide
que ese brasileño es un provocador profesional que lleva provocados la mayoría
de los 14 penaltis que le han pitado a favor a su equipo sin que lo fueran la mayoría.
Además, ocurre que en España y en Portugal o cualquier país juegan infinidad de
jugadores de color y a ninguno se le llama “mono” como al tal Vinicius JR. Y al
aficionado le duele que un jugador engañe una vez tras otra al árbitro para
favorecer a un equipo que de haber justicia arbitral estaría en esta Liga, sin
ir más lejos, por debajo del quinto puesto y ocupa el primero. “A lo hecho,
pecho”, que dice el refrán, Vinicius JR.
La gran victoria de la barbarie supremacista en el deporte es haber convencido a una parte de la masa social de que llamar "mono" a Vinicius es una respuesta proporcional a un regate o a un baile de celebración
El fútbol, ese "espejo de la sociedad" que tanto gusta citar a
los sociólogos del deporte, ha dejado de reflejar nuestras virtudes para
proyectar nuestras patologías más profundas. Lo sucedido en el estadio
del Benfica durante el enfrentamiento contra el Real Madrid este febrero de 2026 no es un
incidente aislado ni una simple "calentura" de partido. La agresión
verbal sufrida por Vinícius Jr. y
la posterior explosión de racismo en redes sociales representan
la consolidación de una barbarie supremacista que
ha encontrado en el algoritmo su mejor aliado y en la rivalidad deportiva su
coartada moral.
La denuncia social que emana de este caso no se
limita al insulto proferido en el césped de Lisboa. El verdadero fenómeno
aterrador reside en la normalización del racismo que
se produce en el ecosistema digital, donde el odio racial ya no se juzga por su
gravedad intrínseca, sino por el color de la camiseta que viste la víctima o el
agresor. En 2026, la identidad futbolística se ha convertido en una licencia
para deshumanizar, transformando las plataformas de comunicación en vertederos
de discriminación racial bajo el amparo de la
impunidad tecnológica.
Metástasis del Odio
Cuando el árbitro François Letexier activó el protocolo contra el racismo de la UEFA tras las
denuncias de Vinícius Jr., el protocolo se
limitó a la megafonía del estadio. Sin embargo, la verdadera tormenta se
gestaba en los servidores de X (antes Twitter), TikTok e Instagram. El
análisis de datos masivos tras el partido contra el Benfica revela una tendencia sociológica
desoladora: el uso de epítetos racistas y la deshumanización del jugador brasileño
se incrementan exponencialmente cuando el emisor es seguidor de un equipo
rival.
Este fenómeno de racismo sistémico digital
se alimenta de la polarización. Las redes sociales han
creado silos de opinión donde el usuario no busca la verdad ni la justicia,
sino la validación de su animadversión hacia el "otro". En este
contexto, el insulto racista deja de ser percibido como una transgresión de los
derechos humanos para ser reinterpretado como una "herramienta de
desestabilización psicológica". Esta es la gran victoria de la barbarie supremacista en el deporte: haber
convencido a una parte de la masa social de que llamar "mono" a
Vinícius Jr. es una respuesta proporcional a un regate o a un baile de
celebración.
Perfil del agresor
La impunidad que ofrecen las redes sociales ha
permitido que perfiles con miles de seguidores justifiquen la agresión sufrida
por Vinícius en Lisboa apelando a su "comportamiento". Este es el
mecanismo clásico de la victimización secundaria.
En lugar de señalar al agresor que utiliza el color de la piel como arma, la
narrativa digital se centra en el "carácter" de la víctima. Se
argumenta que Vinícius "provoca", que "no respeta al rival"
o que "su actitud incita al odio".
Este tipo de razonamiento es una falacia peligrosa que busca legitimar
el racismo en el fútbol. Ninguna actitud deportiva, por
molesta que resulte para el adversario, justifica el recurso a la supremacía
racial. Sin embargo, los algoritmos de recomendación, que priorizan el
contenido que genera mayor engagement (habitualmente
el más conflictivo), terminan por dar altavoz a estas tesis, permitiendo que
la normalización del odio se convierta en la norma y
no en la excepción. El seguidor del Benfica, del FC
Barcelona o del Atlético de Madrid, encuentra en su feed cientos de comentarios que validan su
prejuicio, creando una burbuja de odio donde la empatía hacia el jugador
del Real Madrid desaparece por completo.
Inoperancia de UEFA
La denuncia social debe dirigirse también hacia las
instituciones que gobiernan el fútbol mundial. La UEFA y la FIFA han
llenado sus estadios de pancartas con el lema "No Racism", pero su
acción real sigue siendo insuficiente. La sanción a medias, la multa económica
irrisoria a los clubes y la falta de cierres permanentes de estadios envían un
mensaje claro a los racistas: el espectáculo debe continuar.
En el caso del partido Benfica-Real Madrid,
la amonestación a Vinícius Jr. tras su gol fue percibida por muchos analistas
como un acto de racismo institucional encubierto.
Al castigar la expresión de alegría o de reivindicación del jugador, el
estamento arbitral está validando implícitamente la narrativa de la
"provocación". Esto genera un efecto dominó en las redes sociales, donde los usuarios interpretan la
tarjeta amarilla como una confirmación oficial de que el jugador es el culpable
de su propio acoso.
Algunos medios de comunicación deportivos, vinculados de un modo indirecto
con los clubes rivales del Real Madrid, también juegan un papel crucial en
esta normalización del racismo. Al dedicar horas de tertulia
a debatir si Vinícius "provoca" o no, los medios están desplazando el
eje del debate. El racismo no es debatible. No hay matices en un insulto
racista. Al equiparar el gesto técnico de un jugador con el odio racial del
espectador, el periodismo deportivo se convierte en cómplice de la degradación
moral de la sociedad.
Deshumanización bajo la coartada de la
rivalidad
Un fenómeno sociológico sin precedentes ha emergido en la esfera digital
tras los incidentes del Benfica-Real Madrid:
la transmutación del odio racial en una supuesta "defensa del honor
deportivo". Para un sector considerable de seguidores de clubes rivales,
el racismo contra Vinícius Jr. no se percibe como una
violación de los derechos humanos, sino como una herramienta legítima de guerra
psicológica. Esta normalización del odio se
construye sobre una premisa perversa: si el jugador es "insoportable"
en lo deportivo, la respuesta del entorno puede trascender cualquier límite
ético.
La justificación que inunda las redes sociales se
articula en torno a la figura del "provocador". El seguidor rival
utiliza una lógica de causalidad falsa en la que el comportamiento de Vinícius,
sus regates, sus protestas al árbitro o sus bailes tras
marcar, "obliga" al espectador a recurrir al insulto racial.
Esta narrativa es una de las manifestaciones más peligrosas de la barbarie supremacista contemporánea, ya que
traslada la responsabilidad del agresor a la víctima. Al etiquetar a Vinícius
como un "provocador profesional", el aficionado rival siente que ha
obtenido un permiso moral para utilizar epítetos que, en cualquier otro
contexto de su vida, consideraría abyectos.
Impunidad grupal
En el ecosistema de las aficiones rivales, se ha revitalizado el concepto
del "folclore futbolístico" como una cortina de humo para camuflar
la discriminación racial. Los seguidores argumentan que el
fútbol es un espacio de catarsis donde "todo vale" para desconcentrar
al adversario. Sin embargo, este argumento es selectivo y profundamente
hipócrita. El mismo seguidor que exige respeto para sus jugadores negros,
magrebíes o sudamericanos es capaz de participar en linchamientos digitales
masivos contra el brasileño, amparándose en el anonimato que ofrecen las redes sociales y la sensación de seguridad que
otorga la pertenencia al grupo.
El análisis de las interacciones muestra que la justificación del racismo se vuelve más agresiva
cuanto más exitoso es el jugador en el campo. El talento de Vinícius Jr. se
percibe como una amenaza, y ante la imposibilidad de frenarlo mediante el
fútbol, se recurre a la herida histórica de la raza para intentar doblegar su
espíritu. El seguidor rival no odia a Vinícius por ser negro en términos
abstractos, sino que utiliza su negritud como el punto más vulnerable donde
atacar a un rival exitoso. Es un racismo de conveniencia, un racismo sistémico que se activa y desactiva según
el marcador, lo que lo hace doblemente cínico.
Silencio cómplice
Otro mecanismo de justificación es la relativización del insulto. Es común
leer en foros de aficiones rivales que "no es para tanto" o que
"se está exagerando para beneficiar al Real Madrid". Esta
politización del racismo convierte una cuestión de dignidad humana en una
disputa de despachos. Al sugerir que las denuncias de Vinícius son una
estrategia de marketing o una búsqueda de trato de favor arbitral, los
seguidores rivales invalidan el sufrimiento real de la persona.
No existe rivalidad deportiva que justifique la quiebra de la decencia
humana. Mientras el fútbol siga permitiendo que el odio se disfrace de pasión,
seguiremos siendo testigos de la degradación de un deporte que debería unir, no
segregar.
En última instancia, el caso de Vinícius Jr. trasciende
lo deportivo. Es una lucha por la definición misma de nuestra convivencia en el
siglo XXI. La justicia para Vinícius es la justicia para cualquier
ciudadano que sufra discriminación. El fútbol no puede ser una zona franca para
el odio. Cada vez que se justifica un insulto racista porque la víctima juega
en el equipo rival, se traicionan los valores fundamentales del ser humano.
La normalización del racismo es el primer paso hacia
la desintegración de la democracia. Contra la impunidad del algoritmo y la
cobardía institucional, la única respuesta es la solidaridad incondicional con
la víctima y la persecución implacable del racista, vista él la camiseta que
vista.
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