Una avería global, la segunda caída en tres días, deja sin servicio a la red social X
La red social X ha sufrido su segunda caída
global en tres días. Millones de usuarios en todo el mundo se han quedado sin
compartir mensajes y tampoco han podido usar la aplicación de inteligencia
artificial, o sea Grok, ese instrumento digital
siniestro con el que se puede desnudar niños impunemente. No ha sido un buen
día para el magnate Elon Musk y sí
un día glorioso para los demócratas de bien.
Hay vida más allá de X, antes Twitter. Se cae la
red y la vida continúa como siempre. El sol sigue saliendo por las mañanas, la
radio y la televisión funcionan, el agua y la luz no se cortan, los
supermercados no tienen problemas de abastecimiento y el camión de la basura
sigue pasando por los barrios, puntualmente, cada noche. Hasta los repartidores
de Amazon y los sufridos riders siguen con su duro y abnegado trabajo de
cada día sin que se vean afectadas sus tareas. La sociedad no se detiene ni se
colapsa, o sea que no necesita para nada al Gran Hermano orwelliano
del nazi de la gorra de béisbol que desafía a la democracia, envía chatarra al
espacio y elige farragosas fórmulas matemáticas como nombres para sus hijos.
La caída generalizada de la red social X no ha sido ninguna tragedia para
la humanidad, demostrándose así que lo que ofrece Elon Musk no es la absoluta y
total libertad de expresión, sino un producto de entretenimiento prescindible,
un opio electrónico para el pueblo, un falso medio de comunicación generador de
bulos y burricie a mansalva para éxito del ciberfascismo. Puro humo, que es lo
que se vende en el sistema capitalista salvaje (ya no quedan fontaneros,
electricistas o carpinteros, pero creadores de contenido los hay a patadas).
Un poco de tuiteo al empezar la jornada no es pernicioso para la salud.
Incluso podría decirse que viene bien para estar conectado con la actualidad de
nuestro tiempo y no quedarse demasiado anticuado, desfasado o carca. Lo malo es
cuando se dedica más tiempo del debido a navegar por esos océanos artificiales
que al trabajo, a los libros, al buen cine, a escuchar música o a hacer
deporte. Entonces llega la adicción.
La avería o apagón de X es una pequeña victoria para esa minoría silenciosa
de irredentos a contracorriente que no lo usan nunca, que pasan mucho y que
incluso hace tiempo le hace la guerrilla digital al monstruo, al Leviatán, a ese altavoz maquiavélico del ciberfascismo.
Todos esos héroes resistentes han vivido el día del apagón con inmensa
felicidad, con un intenso placer y con una carcajada vengativa e insumisa. Como
no están enganchados al Matrix no
padecerán trastornos como ansiedad, zozobra, angustia, desazón o inquietud por
no poder publicar el mensajito de marras de cada día. Entonces, ¿quiénes
sufrirán el colapso del imperio Musk? Los que le dan al aparatito a todas
horas, los que no pueden conectarse para lanzar al mundo sus brillantes
estupideces, sus geniales bobadas, sus pretendidas ideas revolucionarias sin
las que el mundo no puede pasar. Quienes estén al borde de la adicción grave,
un drama del que no se habla pese a que en este país ya hay miles de personas
atrapadas en las redes de las redes y cuyas vidas se ven seriamente afectadas
por su poder alienante. Téngase en cuenta solo un dato demoledor: uno de cada
tres jóvenes está sufriendo ya serias deficiencias en su desarrollo cognitivo por
su enganche a las redes sociales. Se habla de enfermedades neuronales
degenerativas similares al alzhéimer provocadas por un abuso de las plataformas
digitales en paralelo al abandono de otras actividades intelectuales
fundamentales para el desarrollo de una persona como la lectura. Ansiedad,
insomnio, aislamiento, crisis emocionales y en casos extremos
hasta ataques psicóticos. Algunos no pueden estar ni diez segundos sin
consultar sus muros o sin subir una foto comiendo un plato de paella o en bañador.
Salivan y les tiembla el pulso. Hay sectas destructivas que no provocan tanto
daño en el individuo.
Si el ser humano está atravesado por el lenguaje, tal como creían Wittgenstein y Lacan, el humano
milenial, el homo tecnologicus, está empalado
por el post, el tuit, el meme y el story de Instagram. X y otras tecnologías han parido a una nueva
casta de políticos que viven por y para el cuento de las redes sociales, su
razón de vivir sin trabajar. No hacen la o con un canuto, no pegan golpe ni
chapa, no saben gestionar una emergencia ni articular un discurso lógico o
coherente más allá de los 140 caracteres o los que sean. Los sacas de la
pantallita y del plasma y se pierden. Gente como Donald Trump, que no deja de intoxicar a la humanidad
con sus delirios de grandeza; gente como Abascal, que está en
la misma onda posfascista del magnate neoyorquino; los Alvise, Vito Quiles, Ayuso, MAR y otros.
Todos ellos se han quedado huérfanos, sin saber qué hacer ni qué decir durante
la avería. Se les nubló la vista, se les apagó la bombilla, por un momento
volvieron a la cueva y al ostracismo, de donde no debieron haber salido jamás.
Les faltaba el pienso de cada día: la sandez de turno con miles de likes. Qué remanso de paz, qué felicidad sin ellos y
sus bobadas. Todo volvió a ser como antes de que llegara esta fauna.
Hoy, día para la historia, día de la liberación, el auténtico Independence Day para quienes ya estamos hartos de
telegramas rápidos y fáciles llenos de insultos, amenazas, chulerías,
bravatas y griterío, todo ese chapoteo inmundo del estercolero de odio y caos
que es X, brindemos con champán porque se le haya jodido el invento a la
oligarquía y el ruido de la antena nazi de Musk se haya apagado de
repente. Disfrutemos de esta bendición, aunque solo sea por unas horas.
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