Comentario: Lo dijo un extremeño ilustre
que los tenía bien puestos (como los tigres, juntos y pegados al culo) hace
muchos años: “Vale más honra sin barcos que barcos sin honra”. Así es el
Podemos que consiguió más de 6 millones de votos cuando nació. Y nadie lo va
cambiar por cuatro sillones sólo para vivir del cuento y pulsar siempre el
botón que le marquen los capitalistas opresores de todos conocidos en este
país. Se puede confluir con ERC, Bildu y BNG -y quizás con algunos más- pero,
no con esos traidores que salieron de Podemos cuando vieron que había que
currarse el puesto sabiendo que si eran algo era por haberse iniciado en
Podemos. Podemos es la izquierda real, la de la gente que lucha por sus derechos
sociales (IMV, SMI, PENSIONES, SALARIOS DIGNOS DE LOS TRABAJADORES,
DEPENDENCIA, JUSTICIA IGUAL PARA TODOS, SANIDAD PÚBLICA, EDUCACIÓN PÚBLICA,
VIVIENDA SIN ATROPELLOS CAPITALISTAS, Y TODAS LAS LEYES QUE LA SOCIEDAD
NECESITA PARA NO SER UN CONJUNTO DE BORREGOS AL MANDO DE CUATRO “PASTORES”
CAPITALISTAS ENRIQUECIDOS CON SUS IMPUESTOS). Las cosas, con la miserable ley
electoral que rige en España, sólo tiene un camino para parar a la despreciable
derecha extrema y la extrema derecha de los burrólogos con corbata, y se llama
reducir todo lo que se pueda la ABSTENCIÓN, sobre todo en el PSOE, porque de lo
contrario de nada servirán las “candidaturas únicas” de Rufián.
La formación morada decide no sumarse al frente de unidad que propugna Gabriel Rufián
Podemos atraviesa uno de los momentos más delicados desde su fundación. La
propuesta de unidad lanzada por Gabriel Rufián, que invita a la formación
morada a sumarse a un frente amplio junto a ERC, Bildu, BNG y
otras fuerzas soberanistas y de izquierdas, ha actuado como catalizador de
tensiones internas que venían acumulándose desde hace meses. El partido, ya
golpeado por sucesivas derrotas electorales y por la pérdida de influencia
institucional, se encuentra ahora ante una disyuntiva estratégica que amenaza
con abrir una brecha profunda entre sus principales sensibilidades.
Desde la ruptura con Sumar y la salida del Gobierno, Podemos ha
intentado reconstruir un espacio propio que recupere la identidad combativa de
sus primeros años. La dirección encabezada por Ione Belarra y Pablo Iglesias —aunque este último ya fuera de la
primera línea orgánica, pero aún con un peso simbólico evidente— ha defendido
la necesidad de volver a un proyecto autónomo, sin tutelas y sin diluirse en
alianzas que, a su juicio, han terminado por desdibujar el perfil del partido.
Sin embargo, la realidad electoral ha sido dura. Los resultados en las
europeas, autonómicas y municipales han mostrado un retroceso sostenido. En ese
contexto, la propuesta de Rufián ha sido interpretada por algunos sectores como
una oportunidad para recuperar relevancia política a través de una alianza
amplia que permita competir con mayor fuerza frente al PSOE y Sumar.
El portavoz de ERC en el Congreso planteó
públicamente la idea de un frente común de izquierdas plurinacional, una
especie de reedición del espíritu del bloque de investidura, pero trasladado al
terreno electoral. Su mensaje, dirigido explícitamente a Podemos, buscaba sumar
fuerzas en un momento en el que la fragmentación del espacio progresista
amenaza con dejar a varias formaciones fuera de las instituciones.
El partido está dividido ante el órdago de Rufián.
Para algunos dirigentes morados, esta invitación supone una
oportunidad estratégica que permitiría recuperar presencia institucional en
territorios donde Podemos ha quedado debilitado. Ofrecería un marco político
reconocible, con un discurso social y territorial que conecta con parte de su
base histórica. Y evitaría la irrelevancia electoral, especialmente en unas
generales donde la barrera del 5 por ciento puede ser letal en muchas
circunscripciones. Pero para otros sectores, especialmente los más cercanos
al núcleo duro de la dirección, la propuesta es vista como un riesgo
existencial. Temen que unirse a un frente liderado por fuerzas
soberanistas termine por diluir la identidad estatal de Podemos y lo convierta
en un actor secundario dentro de un proyecto ajeno. Esa es la encrucijada de
Podemos.
La división interna no es nueva, pero la propuesta de Rufián la ha hecho
más visible. En Podemos conviven hoy dos almas: el sector
autonomista, que apuesta por mantener la independencia estratégica y
reconstruir el partido desde la base, aun a costa de asumir un periodo de
debilidad electoral (esta facción considera que la única forma de
recuperar credibilidad es reafirmar un proyecto propio, sin alianzas que puedan
interpretarse como un síntoma de debilidad). Y el sector pragmático,
que defiende explorar alianzas amplias para evitar la marginalidad. Para estos,
la política es correlación de fuerzas, y la correlación actual exige sumar para
sobrevivir. Ambos sectores comparten el diagnóstico de que Podemos atraviesa un
momento crítico, pero discrepan profundamente en la receta para superarlo.
La tensión interna se ha trasladado a los territorios. En algunas
organizaciones autonómicas, especialmente en Cataluña, Galicia y Euskadi,
la idea de un frente plurinacional liderado por Rufián genera simpatías. En
otras, como Madrid o Castilla y León, la
propuesta se percibe con recelo. Esta disparidad territorial añade complejidad
a la toma de decisiones. La dirección estatal teme que aceptar la propuesta del
líder de Esquerra pueda provocar deserciones internas o incluso la ruptura con
algunos cuadros que consideran innegociable la autonomía del proyecto. A la
vez, rechazarla podría profundizar la sensación de aislamiento político y
alimentar la narrativa de que Podemos se encierra en sí mismo mientras el resto
de la izquierda busca fórmulas de cooperación. Esta segunda vía sería una
especie de suicidio político. El harakiri definitivo de Podemos. Un partido
autárquico, lejos de las confluencias y la gran hermandad de la izquierda, no
tendría demasiado sentido.
Los morados han jugado un papel histórico en la transformación de la
izquierda española. Su contribución al Gobierno de coalición con Sánchez es
innegable. Han sido decisivos y gracias a ellos el PSOE ha tenido que romper su
tradicional tendencia al inmovilismo conservador para avanzar hacia políticas
sociales. Ahora bien, ¿qué futuro le aguarda al partido del 15M, de los
indignados, si cada vez le queda menos respaldo popular y si además rompe el
frente común en un momento histórico, cuando lo que toca es frenar el avance de
la extrema derecha? La razón de ser de un partido es la utilidad. Si termina
como algo obsoleto, si sus votos acaban en la papelera, todo ha terminado. Eso
es lo que no comprenden los actuales dirigentes de Unidas Podemos, las Montero,
Belarra y otros, que parecen haberse quedado anclados en el pasado, en 2014. UP
ya no es esa fuerza arrolladora imprescindible para gobernar. Soplan nuevos
vientos, nuevas tendencias en la izquierda. Y la gente pide, ante todo, unidad,
fuerza, escaños, números.
Aunque ya no ocupa cargos orgánicos, Pablo Iglesias sigue siendo una
figura de referencia para una parte importante de la
militancia. Su opinión sobre la propuesta de Rufián —crítica, aunque no del
todo cerrada— ha influido en el debate interno. Iglesias teme que un frente
amplio termine por absorber a Podemos, pero también reconoce que la correlación
de fuerzas actual es desfavorable. Quizá la clave de todo radique en la
decisión última del gran líder de Podemos: si da la orden de pactar o de
seguir como hasta ahora y hasta la derrota final. Rufián ya le ha tendido la
mano diciendo que es el mejor político de su generación. Es momento del abrazo,
no de rencillas cainitas.
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